lunes, 31 de octubre de 2011

miércoles, 26 de octubre de 2011

Dos tiempos

Playa de Dona Ana, Lagos - Portugal

Yo no sé en qué momento la mañana se transformó en proceso químico, pero el caso es que el aire se fue estratificando y antes de cerrar la sombrilla ya se habían depositado sobre el horizonte varias soluciones impermeables entre sí. Una vez que estas capas lograron asentarse ocupando todos los vacíos, el proceso se estabilizó. Decir que entonces el tiempo se detuvo sería descriptivo pero inexacto. Más bien se produjo un corte y en el filo de ese corte estaban el día y la sombrilla plegada, estaban nuestros rostros y la lluvia fina, la orilla silenciosa, y estaba también el pequeño islote frente a la playa que contenía a su vez otro corte donde persistía, y supongo que aún persiste, el vestigio empeñado de las eras. La inmensidad temporal que la roca contiene, incrustada como un fragmento más en el interior de la instantánea duración de la escena, era una especie de confirmación material de esa hipótesis según la cual un segundo, cualquier segundo, es el resumen completo del pasado. Y quién sabe si también la cifra del porvenir, aunque necesitemos el porvenir entero para desentrañarla.

Pero además de lo que la roca contiene y retiene la mañana, está lo que le falta, que es precisamente aquello que la anima: sobre la mole de la piedra aparece tallada la forma misma del viento que es la vela, recogiendo empuje, aligerándose de forma imperceptible, separando el espacio donde otra vela más lejana sirve de vehículo y refugio a la pupila de un niño que desde lo alto mira y sueña una plenitud más larga que la aplazada plenitud de la piscina.

lunes, 24 de octubre de 2011

Al descubierto

Ribera del río Nansa, Cantabria


Es un lugar extraño ese cauce que le sobra al río después de la crecida, avenida del despojo donde para salvar la extremidad se amputa el cuerpo. Dame la mano, me dijiste al pasar entre las raíces desnudas, y yo dudé, con la reticencia propia del que se sabe prescindible.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Amanecer sexto

Lagos, Portugal


El primer día me despertaron los gritos con los que al amanecer toman posesión del mundo las gaviotas. Los sufrí como una intromisión, aunque en realidad el intruso era yo. Una madrugada tras otra, las gaviotas con sus puntuales disputas me fueron acostumbrando a adivinar las primeras luces sin necesidad de abrir los ojos. Al sexto amanecer bastó tan solo un aleteo para despertarme. Salí a la terraza y allí estaban, esmaltadas en el aire, las huellas inconfundibles de mi sueño.

lunes, 17 de octubre de 2011

Hoja de cardo



Ola seca que se resquebraja mientras
crece, se envuelve y se vuelve hacia su centro
y al alcanzarlo se disuelve
en nada, en transparencia ciega
pero hasta entonces engranaje, maquinaria, rueda
dentada como un guante que busca
entre tus dedos el encaje, tejido
a golpe de capricho, hilvanado de luz, otro artificio,
áurea proporción, única cordura en este verano que se alarga
sobre la estría del otoño, ola
seca que no rompe,
se resquebraja mientras.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Registro marino



Un improvisado polígrafo registra sobre la arena el pulso de las olas. El resultado no sorprende en absoluto al dueño del polígrafo: él sabe de sobra que la mar no engaña nunca, ni siquiera cuando traiciona.

lunes, 10 de octubre de 2011

Paisaje a medida


El caracol no es lento. Este es un mito que convendría desterrar cuando antes. Lo único que ocurre es que utiliza una escala diferente. Así, nuestro modesto huerto es pare él una orografía casi inabarcable, y qué decir de nuestras montañas: un incierto más allá que nadie ha visto jamás. Aparte de esto, también él se va comiendo el mundo poco a poco, mientras deja un rastro pegajoso destinado a esa eternidad que precede al próximo chaparrón. En lo que a mi respecta procuro igualmente aprender algo del caracol. De momento, cuando tengo hambre de montañas voy al huerto y me desescalo.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Contemplativa migratoria


                        Esperar
                        hasta que nadie me espere
                        y solo entonces
                        volver
                        como si fuera posible.

                        No esperar
                        sino la luz sobre las cosas
                        y mientras tanto
                        fotografiar
                        del tiempo invisible
                        cada una de sus formas.

                        Deletrear
                        trescientos sesenta y cinco
                        una vez más
                        enumerar
                        lluvia, hierba, arena
                        y tantos otros incontables.

                        Nombrar
                        con infinitivos,
                        callar
                        para escuchar
                        nada más que el contrapunto.

                        Descender
                        la curvatura del bostezo
                        y descender
                        aún
                        hasta la íntima armonía del latido.

lunes, 3 de octubre de 2011

Reiniciar ahora


De nuevo aquí, en marcha y con el mapa en blanco. Dispuesto a concederle una segunda oportunidad al Calendario, aunque le pese al refranero. Porque afuera aguardan los instantes, como balas.

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