sábado, 29 de diciembre de 2012

La presa equivocada




Inalcanzable no por veloz
ni por lejana,
sino por la terca transparencia
en que se oculta, tiembla
la presa mientras quieto el cazador
quietud aguarda,
ignorando que el segundo
final será el suyo también
y no bastará para alcanzarla.



(En ese culto a Kronos que tiene lugar el 31 de diciembre, tras ese pacto que firmamos con las copas en alto, portémonos de una vez como verdaderos conjurados, conjurados del ahora, y merezcámoslo. Un abrazo, compañeros.)

sábado, 22 de diciembre de 2012

Grandes superficies

                                                                                                    Playón de Bayas, Asturias


No se a ciencia cierta si ayer acabó el mundo porque el sueño me venció antes de que terminara el día. Así que hoy ando con la duda de si este mundo tan parecido al de ayer es el mismo o por el contrario uno nuevo capaz de reproducir al anterior hasta en sus más mínimos detalles. Dedicaré el tiempo pues a tratar de detectar alguna diferencia, algún error en la réplica, ya que como es sabido toda falsificación verdadera contiene oculta la marca orgullosa de su falsificador.
Como hoy es sábado previo a Navidad, concluyo que es una fecha propicia para las grandes superficies y hacia una de ellas me dirijo: hay que hacer la cata del nuevo mundo en su mismo centro, en su cogollo. En principio nada parece haber cambiado: casi tres kilómetros de interminables pasillos sin paredes que se pierden en la bruma y hectáreas de suelo recién pavimentado por las olas: cada doce horas se inaugura aquí un nuevo espacio nunca hollado. Por su parte la mar sigue tan inaccesible como siempre. A falta de mejores garantías, me conformo con esta apariencia unánime que tienen las grandes superficies, los espacios compartibles que nacen cuando la marea retrocede. Después de esto, más tranquilo, me voy a hacer las compras navideñas. 

martes, 18 de diciembre de 2012

La lengua del viento

 
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Playón de Bayas, Asturias


Hay una saga que habla del mar que trajo del río la noticia de un monte antiguo de entrañas de azabache. Está escrita sobre la piel de la playa y de tanto en tanto baja el viento y la descifra. Luego escribe encima, negro sobre blanco, su particular utopía, una en la que siempre acaba triunfando el reino total de la epidermis. Mientras tanto, allá en la orilla, una jerga lejana dispuesta a cambiar de nuevo todas las palabras, truena y amenaza. Pero si uno observa los signos del viento y de las olas termina por rendirse a la evidencia de que una misma lengua los anima y están por tanto condenados a entenderse si no fuera que, díscolos como son, es el hecho en sí de la condena lo que les impide alcanzar tal entendimiento. Queda la duda entonces de si acaso no será la arena, con su dilatada experiencia, la que se sirve de viento y mar para cantar lo que a ella le interesa, una cosmogonía sencilla de huellas que se van y que regresan, que se van y que regresan, mientras se deja besar obscenamente.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Logística navideña



Confirmado: este año Papá Noel vendrá en monopatín. Así lo anunciaba ayer en rueda de prensa el representante de Papá Noel en España. Por lo visto, el mantenimiento de los renos se había vuelto insostenible en los últimos tiempos y la opción del monopatín era la única viable por su bajo coste y excelente movilidad. No hay que olvidar además, continuó diciendo el comisionado, que el menor volumen de los regalos en la presente campaña hace inexcusable la optimización de su transporte. 

Para disipar las dudas suscitadas acerca de la puntualidad en la entrega de la mercancía, el alto representante ha asegurado que Papá Noel aumentará el horario de reparto hasta donde sea necesario, incluida la jornada diurna. Además, preguntado sobre la posibilidad apuntada en algunos medios relativa a una eventual privatización del reparto de juguetes en próximas campañas, ha manifestado que a nadie se le escapará el hecho de que un Papá Noel sobre monopatín es una estructura difícilmente sostenible. Por eso existen ya negociaciones con diversas compañías de transporte así como con el sindicato de camellos, a fin de poder alcanzar un acuerdo satisfactorio para todos. 

En cuanto al futuro destino de los renos, el representante de Santa Claus ha zanjado la cuestión con un escueto "no hay más preguntas". Pero sí que las había, sí.


martes, 11 de diciembre de 2012

Al vuelo

                                                                                                                                                              Embalse de Arbón, Asturias


Un ánade alza
el grito del agua
en la mañana del aire.
Mientras pasa nada existe
y después de pasar
no queda nadie.

viernes, 7 de diciembre de 2012

Remolino

                                                                                                                                                        Pozo Mouro, Villayón - Asturias


Yo no sé si es cierto todavía eso que dicen de que el roce hace el cariño, pero cuando murió el molinero y volvió a su cauce la corriente abandonando a su suerte las entrañas del molino, qué poco tardaron en quebrar sus engranajes y exiliarse cada una de sus piezas para que pudiera la piedra regresar al río y el agua bailar la danza que la forma de la piedra encierra. Desde entonces en el Pozo Mouro una humedad pulverizada cubre cada poro como el polvo de la harina bañaba las paredes del molino. Y nos preguntamos qué ignorado cereal es el que aquí y ahora se tritura y qué hacer con todo este frío en que se nos han ido convirtiendo los minutos. 

lunes, 3 de diciembre de 2012

Hojarascas

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Hojarasca es una de esas palabras que al pronunciarlas reproducen fielmente el sonido de aquello que representan. Para referirse a este fenómeno los gramáticos han inventado un término que, sin embargo, por mucho que lo repitamos nunca nos dará una idea siquiera aproximada de su significado. No ocurre lo mismo cuando dices, por ejemplo, trombón, bisturí o amanecer. Si desconoces el sonido que produce el sol al despuntar por el horizonte no te preocupes: basta que escuches el lento vocablo del  amanecer saliendo de los labios adecuados. Igual que es suficiente decir hojarasca para que se te llene la boca y una boca llena de hojarasca ya es el principio de un poema. O el resultado de un crimen. Porque cuidado, si tienes la boca rebosante de hojas muertas ya no hay modo de pronunciar hojarasca ni de escribir un solo verso y solo después de vaciarte de ellas podrás invocarla de nuevo, suponiendo, claro está, que no seas el cadáver que yace boca abajo en ese claro del bosque, esperando una explicación como todos los cadáveres que tratan de respirar por las hojas por si aún pudieran vivir a la manera de los árboles. El bisturí del forense hará su trabajo poniendo el acento en la última sílaba que dictó el cuerpo, aunque quién sabe si no habría que buscar más bien en el oído del muerto los restos del último amanecer que le fue negado por los labios que menos le convenían. Y luego está la cuestión de averiguar qué narices pinta un trombón en todo esto, salvo por aquello de ser un instrumento del viento, y seguro que acabaremos buscando a la bella trombonista hasta perdernos. Es inevitable: cuando se acerca el invierno dentro de la cabeza se acumulan sin orden las palabras unas encima de las otras. Y uno nunca sabrá si la hojarasca es un manto o una alfombra.


martes, 27 de noviembre de 2012

El tobillo de la bicicleta



Me gustan las bicicletas y las paredes desconchadas. De hecho, nada me agradaría más que desconchar paredes en bicicleta. Lo de las paredes es reciente. Pero lo de las bicicletas viene de antiguo. Recuerdo que entre ciclistas precavidos se decía aquello de que la bicicleta es como la novia: nunca se la debe dejar sola. Para mí lo era literalmente.

La primera se hizo esperar más de lo razonable: yo era un niño tan crecido que había perdido ya la habilidad que proporciona la inocencia y tal vez por eso siempre he sido un poco torpe con las bicis. Aun así las arriesgadas incursiones más allá del fondo de la calle, los primeros caballitos y sus aterrizajes, forman parte de ese fondo mítico que surte los sueños y nuestras intuiciones más certeras. Con la siguiente planeé mis primeros viajes, solos los dos, ampliando el radio de mi atrevimiento, gozando de su dulce juego de piñones y compartiendo en ocasiones el placer, amores de pandilla que servían para después disfrutar más si cabe nuestras experiencias solitarias. Años más tarde mi primer sueldo fue a parar a una nueva bicicleta: la primera paga debe dedicarse a la concupiscencia, pues es sabido que lo contrario trae cien años de mala suerte.

Ahora en cambio me resisto a cambiar de bicicleta, quizás porque sus pequeñas averías, su óxido y su robustez devenida en sobrepeso encubren mi lamentable forma física, y ambos encontramos en esa complicidad una nueva vía de acceso a la pasión. O sencillamente porque en la pura resistencia hay un triunfo inesperado, tal vez ya el único posible. Aun así no puedo evitar fijarme en cada bici que veo por la calle: el dibujo de una cubierta entrevista o el brillo fugaz de un manillar son suficientes para que la imaginación reconstruya todo su aparato y el milagro de su ligereza. Igual que no puedo evitar un estremecimiento al escuchar el mecanismo de sus dientes rasgando la piel del espacio.

Ah, y por favor, que quede claro que cuando hablo de bicicletas, hablo de bicicletas, sin dobles sentidos, que este para mí es un tema muy serio.

Lo de las paredes, si os parece, lo dejamos para otro día.

viernes, 23 de noviembre de 2012

La otra casa



Casi sin querer se convirtió en el notario minucioso de su desmoronamiento. Cada día al levantarse, en lugar de mirarse al espejo como hace todo el mundo, observaba la casa abandonada que se alzaba enfrente de la suya y expedía certificados parciales de su demolición: un boquete en el tejado, un tabique que cede o esa enredadera que toma el lugar de las flores pintadas en papel. Absorto contemplaba la deserción del alicatado y la manera decidida con que los cascotes fueron enraizando hasta que, afianzada la ruina, llegó un momento en que solo un ojo avezado, con la ayuda de un potente teleobjetivo, podía ya medir su progreso. Y así, pendiente como estaba de cada mínima grieta en el ladrillo, tardó en descubrir que otra persona, desde los vanos como cuencas vacías de la casa, también observaba la suya y constataba. Decidió entonces, por economía de medios, tapiar sus ventanas y volver a mirarse en el espejo, como hace todo el mundo.

martes, 20 de noviembre de 2012

Ciencias del mar

                                                                                                                  Candás, Asturias


La ola, matemática feroz
que se resuelve en la gramática
del muro, duro profesor
que a su pesar enseña
la zoología fantástica
de lo repentino.


sábado, 17 de noviembre de 2012

Del olvido breve

Para Bea, la del Blue


Entra sin llamar la luz al mediodía
y llena con tiento de arqueóloga
el vacío de los vasos, tan despacio
que descubre un mundo
de vestigios inmediatos,
de posos de café,
de dactilares labios,
mientras dura la tregua
que concede la mano
del olvido breve y de la otra camarera.


domingo, 11 de noviembre de 2012

El corazón del bosque

Valgrande, Pajares


No un árbol sino el ramificarse que se detiene y se reanuda y vuelve a la tierra que es un nombre del bullir que oyes incesante muy adentro del oído si tuvieras oído allí donde hay solo una corriente de aire que sin aire gira 

y el latido en el lugar que debiera ocupar el corazón.


miércoles, 7 de noviembre de 2012

07:52:28




Desde la toma de una fotografía hasta su publicación pueden pasar horas, días, semanas o meses: es el tiempo del revelado, cuya cálculo resulta ahora, en la época de la aglomeración digital,  mucho más impreciso que en la era de la química.

Para describir este proceso solía utilizar el símil de la maduración, pero, bien pensado, no se trata de que la imagen adquiera cuerpo sino todo lo contrario: que se disipe la niebla, que cesen los ruidos y que la fotografía recupere de algún modo la transparencia del negativo para que la luz la atraviese de nuevo y nos impresione. No maduración, por tanto, sino decantación.

Por eso, porque la instantánea es solo el punto de partida, sucede a veces que tomo imágenes de las cuales no soy aún capaz de dar razón apropiada, como si el autor no hubiera sido yo sino una versión futura de mi mismo, un fotógrafo del que aún nada sé ni de su mundo, pero a cuyo encuentro estoy probablemente destinado.

También hay imágenes que capturo como el que escribe una carta y la envía y espera tranquilamente la respuesta: fotos-paloma de ida y vuelta que al cabo de un tiempo nos traen noticias frescas de un pasado remoto.

Pero hay otras fotografías que permanecen mudas y atrincheradas en una quiebra del tiempo. Sospecho que su tozudez solo es comparable a mi impaciencia. Su silencio, la justa retribución a mi sordera. Ante éstas es mejor no arriesgar ni con el título.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Imagínate las olas...



...y no olvides que lo extraordinario forma parte de su rutina.


martes, 30 de octubre de 2012

Tiempo de perros




Atrás quedó la cosecha de los torpes
cuerpos brotados de la arena
y hoy vuelven a la playa las carreras
del viento y de los perros.
En los anchos estadios de la luz,
la calle móvil,
la meta amañada,
el día aprieta
las horas, tejiendo el ánimo
con un frío nuevo y sincero.
Y van ocupando las olas
el tiempo con espacio:
un instante equivale al horizonte.



jueves, 25 de octubre de 2012

Catálogo de montes (VII): la chopera



Los chopos son un pueblo humilde y bien dispuesto. Nada más despuntar el alba bajan ordenadamente al río o al aguazal más cercano y allí, uno por uno, se van sacudiendo la noche de las hojas. Este es un privilegio al que jamás renuncian, aunque luego tengan que pasar el resto del día tratando de recuperar la alineación perfecta, el lugar de cada uno en la formación que les fue dada de una vez y para siempre. Para ello disfrutan de una absoluta libertad de movimientos, a condición, eso sí, de estarse quietos.
A mediodía el sol deja caer la plomada de sus rayos y las vértebras se enderezan. Los chopos son un pueblo trabajador y paciente. Crecen con rapidez en los años buenos. En las sequías aguardan, contraen la corteza, extienden las raíces, se desprenden de alguna que otra rama.
Luego, al terminar la jornada, los haces casi planos del atardecer delimitan las calles, pasan revista y certifican el espíritu cúbico de la chopera. Es cierto que vistos de cerca no hay dos chopos iguales, que su linealidad está hecha de curvas y contracurvas, cincelada a golpes contra las paredes inquebrantables del aire y de la luz. Pero observados a la distancia recomendada los chopos son pura perspectiva, un pueblo pacífico y contable.
Al caer la noche es probable, inevitable casi, que sueñen los chopos otras geometrías, algunas imposibles, otras no tanto. Y que muchos esperen en secreto una mutación que nunca llega. Pero todo queda olvidado al despuntar el alba, cuando los chopos se ponen en pie, uno por uno, y se apresuran.

lunes, 22 de octubre de 2012

martes, 16 de octubre de 2012

Andarse por las ramas



Dicen que la gestación de un individuo reproduce las fases de su evolución como especie. Lo que no se sabe a ciencia cierta es si esa misma evolución tomada en su conjunto prefigura a su vez la gestación de un individuo por venir. Por desgracia los pensamientos simétricos son hermosos pero no necesariamente ciertos ni verificables.
Por otro lado, desplegando una nueva simetría, cabe preguntarse qué proceso reproduce entonces la disolución del organismo. Y parece que también en el camino de vuelta se cruzan los itinerarios: despojadas de aderezos, bien mondadas la mano y la aleta, el ala esquemática y la esquelética rama celebran todas su coincidencia esencial, su confusión esclarecedora de intenciones: extenderse sin fin hasta el final, todo entonces extensión y libres ya de cualquier deber de intensidad. Lo que en el fondo no es más que otra forma de nombrar eso que anuncia con cierto estrépito el otoño. 

viernes, 12 de octubre de 2012

La medida del tiempo

Mondoñedo, Lugo           


En el escaparate de la vieja tienda de la vieja plaza de la vieja ciudad, capital de una provincia que ya no existe, se reúnen diversas herramientas de la era mecánica prestigiadas por el ámbito selecto que conforma la vitrina y por la antigüedad, esa categoría que expide certificados de nostalgia: máquinas de escribir, relojes de bolsillo, cámaras de posguerra y hasta un microscopio con estuche de madera para que descanse en paz el escrutinio sin fin de la mirada. Esa confusión, esa cierta promiscuidad de los instrumentos, su diálogo callado, producen en el fotógrafo que se asoma una pequeña revelación: es posible que no hayamos sabido asignar a cada uno su auténtica función, la que les otorga sentido. Por ejemplo, quién si no el reloj para tomar las mejores instantáneas, para retratar verdaderamente al tiempo y su sustancia: intervalo, transcurso, cuerpo sin rostro, cifra, viento. En cambio si buscamos un instrumento de precisión, nada como la cámara para medir el tiempo en cada una de sus diversas magnitudes: su peso, su intensidad, su profundidad, su temperatura, su precio. Se va el fotógrafo pensando que de hecho ya hace tiempo que lleva la cámara ajustada a la muñeca. En cuanto al reloj ahora no puede evitar sentirse retratado cada vez que consulta la hora, así que decide guardarlo en un bolsillo de la mochila mientras continúa paseando por la antigua capital de una provincia inexistente. 

jueves, 4 de octubre de 2012

Viaje con nosotros a la isla de Ons


Temprano el fotógrafo prepara la mochila para ir a la isla: agua y comida para todo el día y una toalla que delata su verdadera condición de viajero con billete cerrado, con hora de regreso fijada de antemano. Durante el breve trayecto la proa chata del barco dibuja para nosotros los detalles de la isla uno a uno: la aldea, el faro, el embarcadero, algunos pinos que al principio parecen vigías y luego se van perfilando como simples pinos. También deja, como no, espacios en blanco para las playas. 
Los viajeros saltamos a la isla con una premura de parque de atracciones, pero pronto el calor y las pendientes nos devuelven la verdadera medida del tiempo. Para llegar a la playa que tenemos delante de nosotros elegimos un rodeo de cuatro kilómetros de largo por el que vamos amasando el deseo y el íntimo derecho del baño, su merecimiento. La playa ha de estar al final del relato porque toma su sal del sudor de los exploradores. 
El fotógrafo solo hace fotos de niños entrando y saliendo del agua, o reuniendo conchas. La isla, igual que todas las islas, es de los niños, aunque ésta tome a sus dueños prestados. 
Al final, como era de esperar, hay un momento de la tarde en el que nos gana la angustia del último barco, el miedo de perderlo, la duda de no saber si es mejor llegar o no llegar a tiempo. Pero el barco parte bien repleto mientras sobre el embarcadero y el pueblo cae repentinamente la sombra y yo me entretengo calculando cuántos de nosotros se imaginan todavía en tierra, oyendo alejarse los ecos de los viajeros y del motor del barco. Es entonces, en el trayecto de vuelta, cuando el fotógrafo por fin empieza a fotografiar la isla: en los rostros que se vuelven contra el sol, en la desenvoltura con que ahora muchos recorren la cubierta, en la manera fija que algunos tienen de acodarse sobre la borda, en tantas miradas perdidas y como aisladas.

lunes, 1 de octubre de 2012

El pasado anticipado



…y algunas veces la fotografía como un atajo hacia el recuerdo, pero no en el sentido de ser un instrumento con el que evocar el tiempo ido, al modo de una vieja canción o de un aroma a partir del cual podríamos reconstruir un mundo por completo, sino como el ardid que nos ahorre precisamente todo ese tiempo y olvido necesarios para que el detalle alcance su eficacia recuperadora. Es decir, no un pasaje hacia el lugar donde habita la memoria sino hacia aquel otro en el que trataremos de recuperarla. Que la fotografía me traiga la emoción de lo antiguo que se oculta en lo que acaba de suceder hace un segundo. Que me devuelva la intensidad con que no supe vivirlo. La fotografía, en fin, no como rememoración sino como anticipación de lo pasado... 



jueves, 27 de septiembre de 2012

Paisajes sin intermediario

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Costa de Bañugues, Asturias


El escenario habitual para el fotógrafo es abordar el paisaje como algo exterior, una materia prima que se le ofrece, una imagen que aún necesita ser imaginada, el reto de convertir un paisaje en su paisaje. Y en este proceso la cámara es tanto la herramienta como el obstáculo: sus limitaciones son su lenguaje, y por tanto también el nuestro. Pero en ocasiones, excepcionalmente, el paisaje es la fotografía y el fotógrafo una parte prescindible de la misma. Puede suceder, por ejemplo, en una tierra hirsuta al borde de un acantilado, donde el viento del ocaso dispone las nubes para que la luz comience el procesado y enumere uno a uno cada paso de la gama infinita de las sombras. No nos equivoquemos, no se trata de un momento sublime sino más bien todo lo contrario: la naturaleza condesciende a dar pábulo a la invención que acerca de ella acostumbramos a propagar en nuestras fotografías.
En tales circunstancias el fotógrafo dispara porque no puede hacer otra cosa pero comprueba, con admiración y no sin cierto desconsuelo, que esta vez no hay distancia alguna entre el paisaje y su retrato en la pantalla, que no es preciso medir ni componer, que todo está dado de antemano y en consecuencia él mismo está de más. Ya no se requieren sus servicios, convertido ahora en un triste intermediario sin comisión, el traductor de un texto transparente. Pese a todo sigue captando: ya hace tiempo que perdió la capacidad para percibir de otra manera, convertida la cámara en su pulmón artificial; pero también porque intuye que, aunque no está solo bajo el capricho de ese cielo, él es el único testigo de cargo de este minuto prodigioso, su apóstol y su chivato.
Y entonces de pronto empieza a refrescar la tarde, y otra vez queda afuera el paisaje.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Fiebre del oro

Mariscadoras en O Grove, Galicia.


También las almejas se siembran como el trigo, con semillas de sol que descienden hasta el frío limo de los días y germinan cada cual a su tiempo: en el lecho del río la pepita, el berberecho en el útero oscuro de la ría, esperando el gesto que comparten todos los buscadores de tesoros al hundir y alzar sus herramientas: la azada, la horquilla, el pico, la batea o el ojo sin párpado que el fotógrafo arrastra por el fango indiferente de las cosas.

jueves, 20 de septiembre de 2012

el tiempo recompuesto

Playa de Poniente, Gijón.


Resulta que llega un día en el que sales a la calle confiado en la costumbre de tu ropa clara de verano y te encuentras con un viento húmedo en la cara y en el pecho, y a la gente vestida con prendas de nuevo oscuras, a juego con el grisazul del amanecer. Y tú ahí como un cuerpo extraño, con tu indumentaria de lino y luz que de pronto te viene grande, con tu cara de jet lag, pareces recién llegado de una lejana latitud con el armario equivocado. Cuesta a veces regresar y no es una cuestión de lejanías ni de viajes, ni tampoco de síndromes ad hoc, más o menos inventados; hablo de distancias interiores para las que no existen autopistas, me refiero a que el cuerpo no llega de golpe sino que se va recomponiendo como en las traslaciones moleculares de aquellas pelis futuristas que antes de poder cumplirse ya se nos han quedado antiguas. También así dejamos atrás el futuro del verano, como una ficción que nos permitió representar un papel protagonista. De vuelta a casa busco en el fondo del ropero una imagen adecuada que ponerme, y la encuentro. No es la mejor de las fotografías pero se adapta a las circunstancias y al momento. La belleza no siempre ha de ser sinfónica, a veces se reduce a una sencilla cuestión de sintonía. Pero algo me dice que aún no debo abandonar del todo el color arena ni el alto azul del mediodía, que tal vez ahora más que nunca es preciso llevar las ropas claras y el paso cambiado.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Las dos almas



Asma, arritmia y fallos de memoria. En el fondo nada preocupante, achaques propios de los años y el desgaste. No en vano si mi ordenador fuera un perro o un gato estaríamos hablando de un anciano venerable. Y de algún modo así es: podríamos decir que está más allá de la vejez, que ha logrado superar la obsolescencia, esa etapa en la que debió ser sustituido por una computadora más acorde con los tiempos. Ahora ya es demasiado tarde para eso, deshacerse de él sería una crueldad intolerable. Así que llegaremos juntos hasta el final, sin recriminaciones, sin melodramas.
Entre tanto y para aliviar su reumatismo pongo al aire sus entrañas y le hago un poco de limpieza con aspirador, paño y bastoncillo de algodón. Es la única actualización que puede permitirse. Pero antes me quedo un rato contemplando embobado sus dos almas: la de silicio, tan prolija como hermética, y esa otra tejida de cables y ventiladores, demasiado mecánica para lo que uno esperaría del refinamiento tecnológico. No deja de ser curioso que precisamente este entramado visceral sea el encargado de enfriar los arrebatos calculadores de la máquina. Aunque el polvo cubre las dos almas por igual, las amalgama.
Enseguida vuelven a brillar las placas y las aspas. Lo reanimo y parece que su respiración se normaliza, aplazada por un tiempo la sorda vibración del estertor. De nuevo escucho apenas un débil ronroneo. 

martes, 28 de agosto de 2012

función disuasoria



Fue un día feliz aquel en que perdió sus púas la alambrada.
Hoy observo con desconcierto que allí donde antes se agarraban los tallos ahora crecen flores pautadas.


martes, 21 de agosto de 2012

el tiempo entre paréntesis

Candás, Asturias


Tú y yo conocemos el momento en que la tarde se detiene. Tampoco es ningún secreto. No hay más que esperar a que la sombra vaya ganando arena centímetro a centímetro y dejar  que abandonen sus puestos los últimos bañistas. Tú y yo sabemos que ya no falta mucho para que el sol asome de nuevo por el declive occidental del monte Fuxa y se agarre ahora a su pendiente para dejarse deslizar por el velcro gastado de su dorso. Sentados en el espigón podemos entonces entregarnos al paréntesis, o a cualquier otra ocupación como por ejemplo ver entrar las lanchas en el puerto y cambiar sus imaginarios peces por reflejos. También es importante elegir el minuto adecuado de marcharse porque la tarde se despide siempre con un escalofrío. Ya digo, no es ningún secreto este momento de la tarde; si acaso solo es secreta la razón por la que tú y yo lo conocemos.

jueves, 16 de agosto de 2012

Utópica la berza (el tiempo desdoblado)



Utópica la berza, 
berza ideal, 
pura estructura 
que efímera se esfuma, 
qué textura transparente 
de inusitado paladar, 
y qué alta sopa, 
privilegio superior 
del atmosférico gourmet 
y de los ángeles.

Pero aquí abajo yo les digo a mis berzas, coles lentas, limitadas, que no busquen en las alturas duración, que yo prefiero su dureza y conozco el tiempo de cocción y procuro no olvidar la proporción terrenal de los otros ingredientes; que ellas son modelo y cumplimiento y las demás apenas deducciones, volubles pensamientos como nubes pasajeras. 

No sé si ellas me entienden, la verdad, pero lo cierto es que siguen creciendo cuando no las miro, alimentando moscas y caracoles, mientras yo espero mi turno.

sábado, 11 de agosto de 2012

Monstruos de verano

(pincha en la imagen si te atreves a verla a mayor tamaño)


Sábado 11 de agosto. Aterrizaje sobre paisajes extravagantes, dunas multicolores, montes que se repliegan en valles, valles sin fondo y de fondo el canto monótono de las muchedumbres. El calor y la horizontalidad producen pequeños monstruos, vicios de la mente que se pregunta por ejemplo, si es casual o causal que entre lo causal y lo casual tan solo medie el baile de una letra; pensamientos ligeros de ropa, poemas tan simples como una conjugación del desprendimiento:

                                                              yo poseía
                                                              tú poseías
                                                              él poseía
                                                              ella poesía.

Y vuelve a bailar la letra, meandro de la conciencia, aguas quietas de donde nacen esos monstruos pequeños y un tanto atónitos del verano.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Disposición transitoria




Que estás más guapa 
bien lo sabes 
cuando no sabes 
que te miro. 
Son tus prendas 
olvidadas, inquietas 
herramientas 
del destino. 
Así en el rincón 
ajeno a las miradas 
acierta el azar 
que yo persigo.


miércoles, 25 de julio de 2012

Colisión de partículas (el tiempo concentrado)



Primero eligieron el lugar, un remanso en la pendiente, allí donde el arroyo amaga y luego se desboca; después fue extraer la piedra, allanar el terreno y levantar a conciencia las paredes; y en el lienzo solano imaginar una ventana, dejar en ese punto el vano necesario, fijar con arcilla el cristal a la madera y esperar a que el tiempo le entregue su pátina de polvo: hasta que un día filtre la luz y la aligere de la carga del paisaje. Mientras tanto ver nacer y morir a las generaciones en la casa hasta quedar casi deshabitada: finalmente un hombre solo que cultiva un huerto mínimo y extrae, donde antes fue la piedra, ahora las patatas. Y esperar a que ese hombre deje algunas cerca de esa ventana el tiempo necesario para que la tierra gire la fracción que permita al haz de luz encontrar la faz de la patata; y abrirle ojos que buscarán la luz cuando la noche invada la casa y la montaña, y solo el arroyo mantenga vivo el tiempo.

sábado, 21 de julio de 2012

Verano en el norte (el contratiempo)

Por  la muralla de Lugo.

El verano en el norte no es una estación,

es un estado (de ánimo)
un acto (de fe)
un desafío (a los pronósticos)
una apuesta (contra la estadística)
un logro (de la voluntad)
una alternativa (a lo obvio)
una forma de resistencia (frente a lo irremediable)
una afirmación (individual)
una negación (colectiva)
un gesto (sin contraprestación)
un brindis (en mitad de la tormenta).

El verano en el norte no es una cuestión meteorológica ni un simple tema de conversación: el verano en el norte hay que merecerlo para que no se desvanezca en nieblas.

Pero no exageremos, el verano en el norte no es heroico ni lo necesita, solo es el tiempo de sacarle al cielo y a la tierra los colores, de rascar en el gris de los días. Y aún en las nieblas, proclamarlo. 

miércoles, 18 de julio de 2012

viernes, 13 de julio de 2012

Guerras (el tiempo dilatado)

Valle de Burbia, Ancares leoneses

Igual que si se tratara de la instalación de un artista poseído por alguna amargura o por una sinrazón que no encuentra otra manera de expresarse que la torsión y la impúdica exhibición de las entrañas, una serie de castaños antiquísimos y de excéntricas formas jalonan la senda que se adentra en el corazón del valle. Como resulta que, ahora que el Arte ha muerto, la vida imita al arte, me persuado de que ha de haber para cada árbol un punto de vista particular que proporcione la clave de su gesto, y por eso me agacho, los rodeo, me incorporo, trato, en fin, de reproducir su mudo movimiento.
Cansada la vista, dolorida la espalda, recapitulo mi cuerpo y observo que he perdido las gafas de sol, caídas seguramente a la sombra de alguno de los árboles. Regreso en su busca y es entonces cuando me cruzo con un viejo que también viene caminando, envuelto en el humo tenue del cigarro. ¿Ya vuelve?, me pregunta, de lo que infiero que mi paseo no era del todo ajeno al suyo, y yo le cuento y él me guía hasta las gafas apartadas al borde del camino, camufladas ya de polvo, casi de pronto centenarias, pero aún, espero, no del todo inservibles. Le agradezco y le pregunto, si no es indiscreción, por la edad de los castaños: miles, me dice, imagino que refiriéndose a los años, y yo le doy la razón porque hay algunas clases de tiempo que no requieren cálculos más precisos. Como él me lo pide, le digo de dónde vengo y él me habla de los varios casamientos que con asturianos hubo en Burbia. Vuelve entonces el viejo la vista hacia lo alto y me informa que allá arriba, detrás de aquellas crestas, se oía cuando la guerra el ruido de las bombas. Yo no sé porqué me cuenta esto así sin más, si es lo que él cree que yo quiero oír porque tal vez otros como yo se lo han preguntado antes, o si tiene algo que ver con el tiempo dilatado de los árboles o las vicisitudes de los matrimonios. Puede ser, no sé, que para él todo el tiempo pasado sea ya una misma guerra, el miedo aquel de lo que estaba al otro lado. Yo, la verdad, solo quiero saber a dónde va ahora mismo con el hacha en la otra mano, si va a por leña o por madera, cuáles son hoy sus trabajos y sus días. Pero el viejo, con un gesto indefinido por respuesta, deja el sendero y se adentra monte arriba, en la misma dirección que aquellas bombas.
Por mi parte reanudo el paseo con una duda nueva y me pregunto cuál será mi guerra, esa de la que hablaré algún día a un hombre desconocido a la vera de un camino, qué clase de miedo será el que enviaré al otro lado de los montes. Y así voy dejando atrás los castaños, allí empeñados en retorcerle el brazo al tiempo. Mientras, encima de nuestras cabezas, el sol estalla sin ruido.

lunes, 25 de junio de 2012

Adiós a las aulas



Llueve el día de la despedida y hay una alegre confusión de lágrimas. Cuidado que no se mojen los diplomas. Los niños bajo el tejado de la cancha posan a cubierto de la venganza del tiempo: primero una de todo el curso, por favor, hacedme un resumen del mundo, esa foto en la que algún día buscarán al amigo perdido, aquel que era el mejor de todos. Después les pido que formen grupos más pequeños, los animo así a una elección tal vez  caprichosa, quizás cruel, quien sabe si profética, a veces el destino se vale de estos trucos. En los ojos de todos, en todas las sonrisas, se agolpa una nostalgia verdadera, libre del absurdo deseo de volver. Nunca hice fotos más hermosas. Al final cuesta hacerlos marchar, inventan olvidos, juegos de última hora, travesuras que ya nadie reprende ni castiga. También los padres nos movemos con torpeza, buscando una salida brillante a todo esto, algún modo de decir adios a estas aulas de emoción primaria. Por suerte afuera sigue lloviendo y al final todo se resuelve en un abrir y cerrar de los paraguas.

miércoles, 20 de junio de 2012

Escaxinando arbeyos


En la penumbra azul
de la cocina
van rezando las manos
una dulce y bendita letanía
de guisantes.

sábado, 16 de junio de 2012

Seis cortes en el monte Saperu

(Pincha sobre una imagen para verlas a mayor tamaño)
 
Monte Saperu, Tarna - Asturias

Un hombre atraviesa la espesura siguiendo los pasos invisibles de otros hombres. Su silueta lo delata: el perfil del mango sobre el hombro y el destello en el filo cuando logra alcanzarlo un haz de luz entre las hojas de las hayas. De vez en cuando se detiene y observa: algo le dice que ha de ser precisamente ahí y no un poco más allá ni un poco antes. Realiza entonces su labor: un corte apropiado, entresaca paciente y minuciosa que apenas deja marca. Necesita, eso sí, varios golpes de tanteo, algunas muescas antes de asestar el que hará caer otra lámina del monte. Con esas secciones podrá más tarde reproducir el calor, el cobijo, la belleza, casi cualquier cosa, a excepción del propio bosque. Es por esto que vuelve cada estación a recorrer el monte inabarcable: no por lo que obtiene de él ni por lo que se le resiste, sino tan solo para hacerse un lugar en su interior y ocupar también él su porción dentro del bosque.

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