jueves, 29 de diciembre de 2016

Para salir corriendo



    Dicen los telediarios que, San Silvestre mediante, cada vez más gente despide el año corriendo, hasta el punto de haberse convertido en otra tradición, quien sabe si camino de hacerse obligatoria, tanta es la prisa que tenemos por dejarlo atrás, por cruzar ese umbral que hemos ido construyendo piedra a piedra, el mismo que estamos a punto de empezar a construir de nuevo. Al que llega a la meta el primero, es decir, al que antes sale del año, creo que le dan un premio, que es casi como premiar al que sea capaz de hacer un año en menos tiempo, meritorio logro sin duda, aunque no tanto como saber qué hacer con el resto. Ah, y sin olvidar el hecho de que es otra oportunidad nada despreciable de salir en la foto. Al fin y al cabo, celebrar un nuevo año es hacerse un autorretrato con el tiempo y comprobar que, maldito sea, por él no pasan los años, está siempre como el primer día.



Un abrazo a todos y que el 2017 os sea propicio.


lunes, 19 de diciembre de 2016

Luna de diciembre



    Hace poco más de un mes los medios de comunicación quisieron lanzar la luna al estrellato: la profecía de una luna como nunca antes habíamos visto, la luna más grande jamás contada, la superluna, corrió por las redes sociales y la puso en boca de todos, tan proclives como de costumbre a considerar importante lo infrecuente.

   Como no podía ser de otro modo, el augurio se cumplió: pese a que la diferencia de tamaño con las lunas de otros años por estas mismas fechas era imperceptible para el ojo humano, todo el mundo reconoció sin dudarlo la enormidad del astro, amplificado su diámetro no tanto por la confluencia de las trayectorias cósmicas, como por la gran caja de resonancia mediática. Tal vez algunos ocultaran una secreta decepción, pero me consta que muchos veían la luna por vez primera porque era la primera vez que había que ver la luna. 

  Personalmente he de reconocer que me sentí molesto, casi indignado. Y no por la atención inusitada que se le prestó en esos días sino por la falta de atención que demostramos tener para con ella el resto de la vida. No gritar ese milagro que es la luna de diciembre cuando sale del mar amaneciendo a las seis menos cuarto de la tarde debería estar castigado con cadena perpetua de silencio.

   Hoy, pasado el boom, la luna se ha quedado trasnochada, vuelta a sus estrictos términos de poetas románticos y guiones adolescentes. La luna, ídolo de soledades. Para mí solo, de nuevo, la luna.

martes, 13 de diciembre de 2016

Alma centrífuga




    La clave del secreto del funambulista reside en haber comprendido que siempre y en todo lugar caminamos sobre un borde tan fino como el filo de una navaja. Y que ese espacio es más que suficiente en este baile de sombras.


jueves, 1 de diciembre de 2016

Contar con los dedos




    Una mañana me levanto antes que nadie y descubro el orden oculto de las cosas: resulta que todo está formado por series incompletas de elementos que para dotarse de sentido aguardan pacientemente la continuación exacta de tus dedos. Ocupo entonces mi lugar natural entre los números y esperándote reanudo el sueño.


martes, 22 de noviembre de 2016

A la puerta de la pastelería



    
     Y el oráculo dijo así: 

   Sea cual sea la ciudad de tu destino únicamente te estará permitido el acceso a la ciudad que viaja contigo, esa que hallarás siempre donde quiera que vayas. Si alguna vez pensaste en ganarte la vida como fotógrafo de viajes, pierde toda esperanza. A cambio puede que te encuentres solo pero nunca te sentirás extranjero y cuando mires a los ojos de los niños, ellos reconocerán en ti a un pariente cercano.


miércoles, 16 de noviembre de 2016

Sueño a medida



    El sueño de un futuro mejor. El sueño de todos. El de cualquiera. Un sueño que se alza como una hermosa torre protegida por cien policías en su base. Sueño hecho de distancia pues solo la distancia lo hace nuestro, solo así cabe en la palma de la mano, en el bolsillo, sueño portable, souvenir de las noches insomnes. Si te acercas demasiado el sueño se vuelve inmanejable, desborda la mirada, su complejidad nos aplasta, lo perdemos de vista. Únicamente en su lejanía se cumple el sueño aquí y ahora. 

    En lo alto del Arco del Triunfo la gente guarda cola para subirse a una pequeña plataforma desde la cual niños y mayores se hacen fotos sosteniendo una porción de aire en cuyo interior procuran encajar la torre Eiffel. Mientras, otros suben a la torre Eiffel y desde allí fotografían el Arco del Triunfo.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Estatuas de sal



    A decir verdad, salimos del museo un tanto mareados. Habíamos estado recorriendo las diferentes épocas y estilos como si se trataran de las cubiertas sucesivas de un transatlántico y pronto nos resignamos al hecho de estar ante un espacio inabarcable: no solo se expandía ramificándose en innumerables salas atestadas como camarotes, sino también a través de algunas pinturas que parecían conducir al interior de mundos abisales tan prolijos como desconocidos. Conscientes de nuestra limitación nos aplicamos a la labor de picotear pinceladas, luces, fechas, nombres, rostros, sin concedernos el menor respiro, cada vez más pesados y abotargados por una indigestión en ciernes. 

    Sin embargo, tampoco fuera del museo encontramos alivio: solo esa desorientación que se sufre a veces en los espacios abiertos, mientras buscábamos sin éxito una razón para abandonar el barco, un pretexto para arrojarnos por la borda y confraternizar con los tiburones que necesitan estar siempre en movimiento para no morir asfixiados. Todavía bajo el aturdimiento provocado por las altas dosis de arte consumido, alguien observó que allí donde pisábamos brotaba un pedestal. Fue entonces cuando comprendimos que toda la visita había sido un simulacro: que ahora y solo ahora estábamos accediendo a las verdaderas estancias del museo.


miércoles, 2 de noviembre de 2016

Regreso a la tierra




Día de difuntos. 
Regreso a la tierra 
de donde vengo, 
silencioso viajero 
de una cinta sin fin 
ni comienzo.


miércoles, 26 de octubre de 2016

Una sombrilla



    Una sombrilla, una silla plegable y una bolsa de tela de colores. En el interior de la bolsa una toalla, un libro, un teléfono móvil (silenciado), un monedero con calderilla más un billete de diez euros, una manzana, unas llaves y un pañuelo. Lo esencial reducido a unos cuantos complementos.  Sin duda ha de haber una poética oculta en todo esto. 

    Mientras me lo pregunto te levantas y te vas, haciéndote orilla con la playa, a recoger espumas tal vez, tú que siempre estás recolectando. Pronto se alarga la playa tras de ti y ya apenas te distingo de los otros espejismos El miedo se viste de duda: ¿encontrarás el camino de regreso? 

    Recuerda: la sombrilla es mi baliza. Si es necesario subiré a la silla y con el pañuelo te haré enérgicas señales. Con la toalla secaré tus pies ateridos. Tendrás hambre: compartiremos, como entonces, la manzana. Y lo demás será pasto del mar y sus mareas.


jueves, 20 de octubre de 2016

Entretiempo



    La primera lluvia del otoño siempre te pilla desprevenido: mientras ella cae con la experiencia acumulada de los siglos, tú, torpe primerizo, pugnas por abrir el mecanismo del paraguas. Y eso que en el norte el paraguas siempre va contigo, aunque solo sea como hipótesis más o menos plausible. 

   Pero es ahora que las estaciones se cruzan dentro del armario ropero cuando recuperamos de pronto la consciencia: solo en el entretiempo es posible ver al tiempo deslizarse, ocupar por capilaridad las costuras de las aceras y dibujarse en los techos otra vez los mapas que agosto no terminó de borrar completamente. 

   Porque lo cierto es que, muerto el verano, el tiempo lo va ocupando todo y tú tienes a la vez que ocupar el tiempo si no quieres acabar empapado hasta los huesos. Inventamos entonces actividades y proyectos, nos inscribimos en todos los gimnasios, en todos los cursos, en todos los clubs y ponemos calderos en todas las habitaciones donde creemos que puede haber goteras. Achicamos las horas y ese esfuerzo nos mantiene a flote, hasta el día en que el tiempo escampe y se disipe. 

   Más por compasión que por tu propia habilidad cede el paraguas finalmente y bajo su protección atraviesas ese tiempo sin paisaje que arrasa la lluvia como un pequeño anticipo del diluvio.


miércoles, 12 de octubre de 2016

En reposo


    
    Como el viajero incansable que al cabo de los años se aposenta en el sillón más mullido de la casa, no deja de ser triste y hermoso a la vez el destino de ese baúl que ha terminado reconvertido en mesa. Si te fijas bien verás que todo lo que reposa sobre él adquiere un tinte intemporal, como si en lugar de objetos reales fuera su recuerdo idealizado, y un tanto falso, el que se impone sobre la materia: souvenirs del día a día, esa época que nadie conoce nunca con exactitud. 

   Mientras, a salvo de la luz reposan en su interior las cartas de ultramar y las escrituras de la tierra: palabras contra el viento certifican nuestros anhelos y nuestras conquistas, nuestros bienes raíces, esos que se hunden en el limo oscuro que nos precede y nos aguarda. 

   Como el viajero retirado, el baúl sueña el aroma dulce de los plátanos que toma cuerpo un instante antes de disolverse lentamente en la penumbra. 

martes, 4 de octubre de 2016

El bosque de Sísifo


    
    Sobre el hombro izquierdo llevo hacha y azadón. En la otra mano la hoz y unas tijeras. Como cada mañana me dispongo a destruir el trabajo de la noche. Escalón tras escalón corto ramas, brotes, raíces, extirpo sin piedad todo rastro de vida para defender la mía. Esta tarea me ocupa toda la jornada. No imagináis la energía de estos bosques. Apenas tengo tiempo para otra cosa y en ocasiones, exhausto, he de abandonar la poda antes de alcanzar los últimos peldaños, que van quedando ocultos entre la maleza. Poco a poco se va reduciendo así la longitud de la escalera pero también, debilitado como estoy, mi capacidad para llegar a su final, de modo que nunca termino mi labor y nunca tengo un momento de descanso. 

     Últimamente observo que los días son más cortos y me resigno a desbrozar apenas unos cuantos metros. No me preocupo sin embargo, porque esto es señal de que pronto llegará el invierno con su pausa gris y su sosiego. Entonces podremos perder cuidado y dormir el día entero. Si todo transcurre como espero, la próxima primavera, con las fuerzas renovadas, recuperaré el terreno perdido y tal vez pueda salir al fin de este bosque infinito.

martes, 27 de septiembre de 2016

Marroquinería


    
      Porque me ven aferrarme a mi bolso y mi cartera creen que llevo algo valioso en su interior. Pobres ignorantes. No imaginan que es el tacto de su piel fuerte y flexible lo que excita mis sentidos. Tanto, amor, que no podía permitir que me dejaras. Ahora iremos cogidos de la mano para siempre.


martes, 20 de septiembre de 2016

El café de la estación



    Paris, Gare de Lyon, 10:54 a.m. En toda ciudad hay dos lugares que me producen una fascinación irresistible: los mercados y las estaciones. Los primeros abastecen los sentidos; las segundas, la imaginación. Acostumbran a tener en común altos techos de forja que confieren a la luz que los atraviesa una calidad intermedia entre lo interior y lo exterior, esa misma textura que puede encontrarse en los ventanales de algunas cafeterías envolviendo con mimo el contorno de las cosas. Pero esa luz no solo atraviesa los forjados: como una aguja finísima traspasa también la tela de los siglos y enhebrados en ella podemos viajar a cuando y a donde nos plazca, sin más billete que un café con una nube.

martes, 13 de septiembre de 2016

La pausa



    Apenas el tiempo de fumarse un cigarrillo, de confundir la noche con el breve fulgor de unas cenizas. Ardió el verano y sus rescoldos ya empiezan a engordar el caldo de las conversaciones del otoño. Uno debiera contestar que todo pasó sin nada especialmente reseñable, pero el turista lleva en su condición la obligación de elaborar un relato adecuado de su viaje. Y así antes de darnos cuenta ya hemos levantado un argumento más o menos plausible, olvidando que tal vez lo importante fue aquello que discurrió por cauces secundarios, fuera del encuadre. 

    Todo viaje es una tensión constante de expectativas. De aquella noche que vagamos por Montmartre llevados de la mano del jazz que salía de los cafés ¿que pesa más? ¿El puro placer del paseo o la satisfacción que proporciona el reconocimiento del mito? Siempre andamos necesitados de mitologías, especialmente de aquellas que nos remiten a una cierta bohemia y a la nostalgia de los sueños pasados. Pero puede ser que el verdadero viaje comience justamente cuando suspendemos al fin toda expectativa y todo juicio. 

   A veces la pausa termina incluso antes de que se consuma el cigarrillo. Como ese cigarro a medias que nunca retomaremos, así suelen ser las vacaciones del turista. Y nuestro propósito de volver algún día, tan firme como improbable, se convierte en el final abierto del relato.


sábado, 13 de agosto de 2016

Lost paradise



Paraíso: lugar real o imaginario que solo se encuentra cuando se pierde.


viernes, 29 de julio de 2016

Después de la batalla






(Pincha en las imágenes para verlas a mayor tamaño)
    
Hay algo solemne en ese gesto con el que cada cual se yergue y abandona los territorios ocupados del presente: se desmontan parapetos, se envainan armas, mínimos ejércitos emprenden una retirada honrosa hacia la ciudadela de la noche. Concluida la campaña, una formación de cuerpos agotados desfila ante el sol pesado y ebrio como un general que ya ha visto todas las guerras, tan indiferente ante la muerte como ante el profuso despliegue de la vida y el efecto colateral de su belleza. Siempre en fuga el verano eterno, y nosotros con él, entregados y felices sin oponer resistencia.


martes, 12 de julio de 2016

Hermanas



    Sesenta y seis años han pasado desde la última vez que estuvieron juntas. Las separó un océano que por aquel entonces era mucho más ancho y más profundo que ahora, igual que el océano de edad que separaba a la mayor de la menor de las hermanas ha terminado por evaporarse, pasajeras ya del mismo barco. Durante mi niñez esa distancia insalvable tomaba cuerpo en los rostros de exóticos generales y libertadores enmarcados en los sellos que yo coleccionaba con el afán de ver como se iba llenando una cajita. Iban y venían aquellas cartas casi transparentes, casi de aire, para que un avión pudiera transportarlas sin venirse abajo, cruzándose, quién sabe, en medio del Atlántico sin saber unas de las otras. Llevaban noticias de lo cotidiano, a veces con meses de retraso, lo que no importaba demasiado pues lo cotidiano siempre acaba de suceder. Todo estaba escrito allí con aquella caligrafía de colegio de posguerra, el mismo tono prudente y comedido para las alegrías y para las penas, la manera de ser de toda una generación. Y al final de la carta siempre faltaba espacio y se amontonaban los adioses con los besos. 

      Tal vez por eso sucedió que al reencontrarse las hermanas no tenían nada que decirse. Todo había sido dicho ya en aquellas cartas y en las conversaciones telefónicas que últimamente salían un poco más baratas. Tal vez por eso, en lugar de hablar compartían tareas de la casa, recogían juntas y en silencio los platos y las copas de brindar por el reencuentro. 

      Ahora que la visita concluyó y la hermana mayor ha partido de nuevo hacia el otro lado del Atlántico, veo a las dos en esta foto y me parece que también sus rostros tienen algo de efigie, que sus perfiles merecerían un sello tanto como aquellos valientes generales, insignes padres de la patria. Sesenta y seis años después han vuelto a despedirse las hermanas, antes de cruzar de nuevo el inabarcable océano que separa y une nuestras vidas.


sábado, 25 de junio de 2016

Estación de bombeo



    Nos dijeron que lo mejor era un corazón artificial. Que los donantes escaseaban cada vez más y la tecnología había avanzado mucho. No fue de todos modos una decisión fácil: llevar un corazón de plástico, cables que salen del ombligo, baterías que se agotan, tu vida enganchada a la red de suministro eléctrico...pero tampoco había demasiadas opciones y, al fin y al cabo, era un tipo de dependencia que no nos resultaba tan extraña. La operación fue un éxito. El bombeo es fluido y constante, eficaz como la prosa de un decreto que ordena el cuerpo hasta en sus más mínimos detalles. Emite un sordo zumbido que solo yo percibo cuando logro encontrar el silencio necesario. No tengo pulso, apenas una vibración, un temblor adentro. Estoy vivo, aunque ya no atiendo al canto de los pájaros ni sé bailar. Dicen que me falta ritmo.


miércoles, 15 de junio de 2016

Tensión superficial



Lenta tu boca cruza 

la llanura de mi espalda, 

sin duda, sin dolor, 

mide el río la montaña 

y el bisturí besa la piel.


martes, 7 de junio de 2016

Reválida del mar



    Días de junio, tiempo de inminencias. Igual que en los años escolares aún habita en mi una forma de medir que descuenta el calendario hacia el verano. Se hinchan las horas como un globo azul que no termina de estallar y se escucha desde todas las barandas la llamada del mar, la mar adolescente de estos días de junio. Aplazamos el encuentro con pequeños quehaceres e inventamos hábitos efímeros, mientras encuestamos acerca de la calidad de su frío, la altura de sus mareas, el eje exacto de su abrazo. Ella necesita muestro calor y nuestro grito ahogado para madurar en mar de julio. Pero todavía no, quién sabe si mañana. Aguardemos el momento preciso, construyamos negación a negación el lugar desde el que lanzarnos al agua. Sabes que con el primer baño habrá empezado el verano y que lo agotarás tratando inútilmente de recobrarlo.


lunes, 30 de mayo de 2016

Dos solistas y un trío




(Pincha en las imágenes para verlas a mayor tamaño)


    Si como dijo Goethe la arquitectura es música petrificada, yo solo consigo oírla cuando el ser humano la interpreta habitándola.


lunes, 23 de mayo de 2016

La vida queda



    Sábado, 21 de mayo. Mañana de luz detenida, envuelta en gasa, red finísima que no deja pasar a los insectos. Mañana de caracoles quietos, de lino crecido y expectante, de ortigas atrapadas en su propio fulgor verde. Una mañana como para ir de pesca sin anzuelo. Mañana de vida queda: hasta la ausencia encuentra en esta mañana una manera de estar presente, de acompañar, sin dolor.

   Desaparecido el horizonte entre nieblas lejanas, todo es aquí y horizontalidad. Hoy no quiero nada más, salvo andar a tu estela y dejar que se ahonde la distancia, que me aguardes al fondo, al borde de la tierra. Y descubrir que no conocíamos este lugar, a pesar de tenerlo tan cerca, tan a la mano.    

   Mañana de aire tan tenue que apenas hace falta respirar para sobrevivir. Mañana en la que sobrevivir es suficiente.


lunes, 16 de mayo de 2016

Ripley, para siempre en nosotros



    La muerte no es injusta. Simplemente hace su trabajo. Lo injusto es que después de la muerte todo siga igual: que no se alteren las rutinas, que no haya signos en el cielo, que el aire no se enrarezca hasta que cueste respirar. Porque si así fuera la gente se pararía en la calle y preguntaría qué ocurre y tú podrías contarles que se ha ido un buen tipo, una persona irrepetible y lo injusta que es la muerte.  Les dirías que Adol, o Ripley, como se hacía llamar en el mundo de los blogs, era un caballero venido de otro siglo, tan cortés y valiente como don Quijote y también tan políticamente incorrecto como él. Les dirías que solo su sentido común era equiparable a su sentido del humor y que cuando ambos sentidos confluían en cualquiera de sus inolvidables historias el resultado era una mezcla explosiva y feliz. Les dirías que Adol tenía antepasados ilustres de los que no había heredado la nobleza de los títulos pero sí la del corazón. 

    Mi blog y el suyo empezaron casi de la mano pero a él enseguida empezó a ramificársele como un árbol en busca de luz y le brotaban blogs de fotografía, de música, de literatura, de aquello y de lo otro, y más cuando apareció la enfermedad: su energía necesitaba cauces por los que desbordar y casi todos pasaban de un modo u otro por su querida ciudad. No sé si Ripley fue un héroe (no creo que a él le gustara este calificativo) pero con él aprendimos a conocer el sentido heroico de una ciudad tan poco heroica como Madrid. Igual que hay un Madrid de Galdós, hay, siempre habrá, un Madrid de Ripley: será para nosotros esa ciudad de pasos de cebra y de gente que espera en los semáforos, gente que se pierde y se ama en El Retiro, gente que alarga los cafés en las terrazas, gente que con la belleza de un gesto insospechado nos redime. 

    Ya digo que Adol era un caballero de otro siglo, seguramente del Siglo de Oro. Y como buen caballero acabó encontrando un enemigo a la altura de su espíritu: una enfermedad tan rara como devastadora, de la que se conoce todo sobre sus efectos y nada sobre sus causas ni remedios. Mal que bien Ripley fue encajando sus estocadas y logró hacer de su enfermedad, de su muerte anunciada, un motivo más para la vida, un camino para explorar las propias fuerzas, un juego en el que otro ponía las reglas pero él inventaba la manera de jugarlo. Y la manera de vencer: fue el día que decidió que la enfermedad no podía ser el centro de su vida y frente a la ruina empezó a reconstruirse a sí mismo, a recolocar las pocas piezas que le iban quedando en un equilibrio cada vez más imposible pero también más hermoso. 

   Ripley lo contaba sin lamentos innecesarios, sin buscar compasiones fáciles pero agradeciendo las palabras, tan pobres, que le hacíamos llegar. Finalmente Adol decidió dónde estaba el límite del deterioro que estaba dispuesto a admitir. La carrera estaba perdida pero él marcaría la línea de meta: cuando empezara a apagarse la luz en sus ojos, cerraría la última puerta. Así era Adol, así era Ripley, al menos una parte de él, el que yo conocí durante estos ocho años: un caballero que luchó y cayó con honor en una época en la que el honor ya no se lleva. 

    Ahora descansa, buen amigo. Y ojalá algo de ti sobreviva en nosotros.


lunes, 9 de mayo de 2016

Contemplativa ilustrada


                                                                                                                    Para Manuel Iglesias
    

    El dibujante traza dos líneas sobre la hoja en blanco: una horizontal y otra vertical. Así, sobre la nada, erige el espacio. 

   A continuación con mano firme y resuelta va esbozando volúmenes que encierran cada uno su particular principio activo y los va distribuyendo a lo largo y ancho de las coordenadas. De este modo va dando cuerpo al espacio y el espacio se convierte en lugar. De ese cuerpo del espacio nace el tiempo. 

   A partir de ahí solo tiene que dejarse llevar: los detalles que siguen son como brotes fuertes y jóvenes. Se diría que es el dibujo el que tira de la mano del dibujante y no al revés. Cuando llega el turno del color, cada tonalidad acude a un sector de la superficie con un aleteo casi audible. 

    El ilustrador prudente concluye pronto su labor, justo antes de que el plano empiece a ceder por sobrecarga. Se detiene y comprueba que cada elemento de su obra es sujeto y signo al mismo tiempo: designa lo irrepetible y sus múltiples posibilidades. Tal vez en esa tensión reside el alma del espacio. En su contemplación el tiempo desaparece.


martes, 3 de mayo de 2016

Hora del relevo



    Hay una hora en la cual la ciudad se construye pieza a pieza como un juguete de lego. Es la hora en la que despiertan los pájaros. La hora en que las patrullas hacen el relevo. La mejor hora para salir a correr y para cometer un crimen. Si accedes a la ciudad justo en ese instante encontrarás todos los semáforos abiertos y la atravesarás tan limpiamente, tan sin rastro, que cuando quieras darte cuenta ya estarás muy lejos y no podrás recordar qué o quién te llevó a la ciudad ni por qué saliste huyendo.


viernes, 22 de abril de 2016

Fotofagia



    Entre fotógrafo y fotófago hay apenas un paso, una mínima alteración genética, la evolución natural en ese eterno proceso de adaptación al medio. El fotófago busca la luz, la olfatea casi, sigue infatigablemente su rastro hasta dar con ese núcleo brillante que se manifiesta en el aire antes que en la superficie de las cosas. Entonces empieza a alimentarse, al principio con cierto atropello para después, cuando logra saciar su apetito más urgente, degustar cada hebra, mientras se produce la lenta transformación en los azúcares que le son necesarios para su supervivencia. No es raro que algunos fotófagos se sientan a gusto entre las plantas.


viernes, 15 de abril de 2016

Barrio de Belsunce



    En el barrio de Belsunce las sillas de las terrazas miran a la calle y las paredes de los bares y las tiendas están vueltas del revés. Marsella misma es una enorme caja volcada de objetos venidos de todas partes, un zoco de objetos expuestos que buscan su lugar en un trasiego de mano en mano, de boca en boca, de señas y sobreentendidos. El libre comercio tiene aquí sus propias normas. Las leyes y los tratados internacionales prefieren otra clase de paraísos. 

   El visitante entra en ese tráfago de cosas y de seres y al principio se debate entre el aturdimiento y la alerta ante la sospecha de estar siendo observado desde cada esquina. Pero enseguida se da cuenta de que en Marsella todos somos extranjeros. En una tienda de especias un chaval marroquí nos habla en perfecto castellano de su vida pasada en España. Oír nuestra lengua le trae buenos recuerdos, y una gota de nostalgia por lo que no ha de volver. Confiesa que Marsella es para él solo un sitio de paso, un puerto más desde el que partir. 

   En el barrio de Belsunce las sillas de las terrazas miran a la calle y todo lugar es un afuera y todo parece estar un poco fuera de lugar. Un café o una copa de pastís ayudan a poner cierto orden en los recuerdos y en los sueños, aunque sea ese orden efímero y perecedero de los zocos. 


sábado, 9 de abril de 2016

Cuestión de cintura



    Es hora de dormir. Me tumbo de lado y encojo las piernas, me acurruco. Sinuoso en la forma y en el fondo convoco al sueño y mientras llega me voy haciendo cauce en el lecho. Transcurro, pero menos cada vez hasta que caigo en una demora sin remedio. En lugar de avanzar me profundizo. De esta manera esquivo al tiempo, al tiempo esquivo: le rompo la cintura. Ahora caben en mi todas las eras. No me despiertes. Ven, acércate un poco más y duerme conmigo.


viernes, 1 de abril de 2016

La señal




   Justo allí, en lo alto del cerro, donde de las murallas y el castillo solo quedan el aire frío y seco, los visitantes trazan una y otra vez el camino de ronda, una vez y otra, vigilando sin saber qué, esperando una señal, un signo que desvele la amenaza, una orden que obedecer como torpes reclutas de una guerra perdida de antemano. Somos el inútil refuerzo de los fantasmas, su única esperanza y su condena. Como ellos vagamos, sin comprender, entre la belleza de las ruinas. Caen las luces de la tarde. Es el cambio de guardia.



viernes, 11 de marzo de 2016

Seré breve



    Seré breve. Y mira que tengo mucho que contarte. Pero haré un esfuerzo, me ceñiré a lo importante, a lo mínimo de mí que has de saber y nunca te dije porque siempre se nos dispersaban las conversaciones por yo no sé qué cerros. Procuraré no irme por las ramas, solo así podré llegar a la raíz, aunque las raíces, es cierto, también se ramifican y son tan hondas que tendré que remontarme un poco, lo justo, no temas, para que puedas entender por qué hice lo que hice, solo entender, perdonarme no, de qué sirve el perdón ahora que ya nada de lo que pasó tiene remedio. 

    En la papelería de la esquina he comprado unas cuartillas para no extenderme demasiado, para ajustarme al relato de los hechos y no bifurcarme más de lo estrictamente necesario, no vaya a ser que tome una vía secundaria y no me acuerde de volver a lo que de verdad nos concierne a ti y a mí, porque a veces por no querer dejar nada en el tintero se acaba uno dejando lo importante. Aunque bien mirado tal vez lo importante sea lo otro, el detalle más que el argumento, o vete tú a saber si aquello que lo convierte en importante es solo el hecho de haberse quedado sin decir. 

   Permíteme, eso sí, una pequeña introducción, porque antes de llegar al meollo del asunto debo ponerte en antecedentes y hablarte, qué se yo, de la familia de mi madre, por ejemplo, de dónde vinieron sus abuelos y de cómo llegaron aquí desde tan lejos; y de las vecinas aquellas que venían los domingos por la tarde a merendar aceitunas y olían a cerrado, las vecinas, no las aceitunas; y de un amigo que tuve en parvulitos, el primero que hice y que perdí, todo apenas en dos meses; y bueno, sabes que detesto enrollarme, pero si no conoces todas estas cosas con el detalle suficiente, dime, cómo podrás juzgarme, tú que eres tan justa, tan comedida en cada una de tus apreciaciones. Por nada del mundo, bien lo sabes, quisiera resultar pesado ni abusar de tu paciencia. Así que resumiendo: lo dicho, seré breve.


martes, 1 de marzo de 2016

Calle de la Utopía



    Hace casi ocho años, en los primeros tiempos de este calendario, fotografiaba esta misma esquina. La llamé “Esquina futura”, tal vez con el propósito inconfeso de regresar a ella algún día.  Fue la de entonces una mirada cerrada sobre las cerradas persianas de la Utopía, la vieja coctelería. Mirada bífida también porque abría en dos fotografías la doble perspectiva, sombra y luz, que el filo de la Utopía separaba.

    Hoy la Utopía sigue en el mismo sitio pero la mirada ha cambiado notablemente. Un punto de vista más retrasado permite recoger el conjunto de la calle, dando protagonismo a otros elementos: la esquina es ahora un detalle secundario y solo tras una observación atenta descubrimos el utópico cartel. Por cierto que las persianas son nuevas, lo que hace pensar que el local goza de buena salud, asentado en el ocio nocturno con sus cócteles utópicos, no tanto por su perfección como por lo mucho que se hacen esperar.

   Más detalles: la calle ha sido adoquinada, una declaración de buenas intenciones pues los vehículos siguen circulando por ella como siempre. La flanquean árboles portátiles, plantados en macetas de acero corten, árboles precarios y listos para el desalojo, ejemplo de esta especie de urbanismo deslocalizado. Después de tomar la foto, me invade la intuición de que de algún modo una utopía se está cumpliendo en este mismo instante, y el desasosiego de no saber qué clase de utopía ni de quién.

   Solo el mar sigue como entonces, al fondo contra el muro, batiendo un poco más arriba y más fuerte cada año.

martes, 23 de febrero de 2016

Paisaje sin aristas



    Heladas débiles, cielos despejados. La nieve bajo las botas es una espuma crujiente, tan débil que ni siquiera al pisar sobre otras huellas se encuentra alguna resistencia. Sin embargo,  todo el grupo sigue el rastro reciente de un desconocido, como si hubiera un escrúpulo, una piedad, una pereza o una cobardía que impidiera hollar la nieve intacta, abrir caminos nuevos.

   El que va delante se detiene y los demás lo agradecen en secreto. Con la boca entreabierta recuperan poco a poco las pulsaciones. Uno de ellos dice: curioso cómo la nieve invita al silencio. Todos levantan entonces la vista y contemplan, buscando una confirmación o un desmentido. Pero la página está en blanco. Los pensamientos resbalan en un mundo sin aristas. Y no hay modo de saber si la nieve los ha vuelto más sabios o los ha devuelto a un estado anterior a la experiencia.

   Se ponen en marcha de nuevo.  No es una decisión que alguien tome, como tampoco lo fue la de pararse. Vuelven a introducirse en la mecánica del paso, en la consciencia del músculo y la articulación, en la inercia tenaz del avance. Al cruzar un soto, las sombras azules de los árboles atraviesan la senda con una percusión muda. Cuando llegan a la braña, la pendiente construye blandos escalones. Y cuanto más suben, más se hunden.

   Así llega un momento en que la nieve lo cubre todo, también los paisajes interiores. Y su belleza inexplicable ya no deja siquiera espacio a las fotografías.


sábado, 13 de febrero de 2016

Ondas gravitacionales



    La poesía, la filosofía y hasta una porción de mística se hicieron ayer un hueco pequeñito en las portadas de todos los periódicos. Lo hicieron, eso sí, con la ayuda y complicidad de la ciencia, que es la que ahora lleva en el grupo la voz cantante: en las cabeceras de los informativos se anunció con alborozo la buena nueva de la detección de las ondas gravitacionales. 

   Dicen que estas ondas son el sonido del universo, la sinfonía de las estrellas, aunque probablemente se parezcan más al chirrido de la tiza sobre una pizarra oscura y vacía. 

   Hace 2.500 años ya los pitagóricos hablaron de la música de las esferas.  Hoy todo el mundo celebra el cumplimiento de la profecía de Einstein pero no he encontrado a nadie que haya felicitado a los soñadores griegos, pese a que no hay hipótesis sin intuición que la preceda. 

  Dicen que con esta música podremos ver lo invisible. Y esto ha terminado de convencerme del todo pues ese es justamente el poder de la música: hacernos sentir aquello que escapa a los sentidos. 

   Dicen que con esta música podremos reconstruir el tiempo, casi, casi desde el principio. Porque en el fondo es poesía le perdonamos a la ciencia esta desliz hacia el más puro romanticismo. 

   Pronto vendrá alguien, seguro, a preguntar por el autor de la partitura, para aplaudirle o para pedirle explicaciones, tanto da. Son los que nunca han asistido a la armonía improvisada de una jam session. 

   Un último detalle para la reflexión: solo somos capaces de entender la ciencia, y aún de pensarla, mediante el uso de metáforas. Y todavía hay quien niega la utilidad de las humanidades.


viernes, 5 de febrero de 2016

El mirador




    De todas las extrañas construcciones que el viajero fue descubriendo a lo largo y ancho del país, la que le dejó más perplejo fue una curiosa plataforma pensada y diseñada para practicar el ejercicio de mirar. No es que desde allí se alcanzara a ver algo diferente de lo que pudiera observarse desde cualquier otro punto de la abrupta costa. Sencillamente  la gente llegaba a aquella especie de altar, a veces desde muy lejos, se detenía y miraba. Algunos, los más hábiles o los más avezados, en ocasiones llegaban a ver algo. Pero la mayoría agotaba sus fuerzas sin haber encontrado tan siquiera un punto de vista propio. Por respeto, por temor o por discreción nadie hablaba de lo que veía o dejaba de ver. Eso sí, antes de irse por donde habían venido era usual hacerse una fotografía de grupo. Fuera de los miradores estaba mal visto el acto de mirar y eran pocos los que se aventuraban a hacerlo. Tan solo se toleraba este hábito entre los extranjeros, más que nada como un gesto de hospitalidad, y siempre que la mirada no se fijara más tiempo del necesario pues eso les ponía bastante nerviosos.


viernes, 29 de enero de 2016

Resistente




     No he podido encontrar las palabras adecuadas para acompañar a esta fotografía. Me gustaría decir algo sobre la vida que resiste, sobre cómo en Portugal uno puede tropezarse a la vuelta de cualquier esquina con la presencia viva del pasado, sin necesidad de folclores ni de saudades mal entendidas, con la naturalidad de lo que no espera ni precisa nuestro reconocimiento. Quisiera decir algo sobre todo esto, pero cada vez que lo intento la mirada del limpiabotas me devuelve a mi lugar, al silencio de la platea del tiempo, al lado oscuro del ojo de la cerradura.


viernes, 22 de enero de 2016

La espera



     Me citaste en el número siete, ¿lo recuerdas? No te impacientes si me retraso un poco, esas fueron tus palabras. Y yo te dije: pierde cuidado, amor, te esperaré el tiempo que sea necesario.


martes, 12 de enero de 2016

El método



Enhorabuena.

Has encontrado el método, por fin,

de llegar a ti,

de sonsacarte.

Después de todo un kamasutra 

sin esfuerzo das

con la necesaria inspiración, esa postura

que permite a la escultura

cincelarse, 

autora, por fin, de tu verdad,

la única importante, 

la que a nadie importa 

y a mí menos que a nadie.


lunes, 4 de enero de 2016

Los náufragos



     Horas, días, semanas, meses tal vez, vagaron por senderos y vías de servicio; cruzaron aldeas, autopistas, montes de eucaliptos; bordearon sembrados, alambradas videovigiladas y cientos de rotondas; circunvalaron, traídos y llevados por la orografía y los planeamientos urbanísticos. Apenas con lo puesto, comiendo snacks, sin mirarse el uno al otro, envejeciendo, sin la posibilidad siquiera de rendirse, aferrados a una esperanza cada vez menos ambiciosa.

         Hasta que el viento terral comenzó a soplar sobre su nuca, al principio con cierta indecisión, pero enseguida sin tregua, retroalimentándose con la misma oposición de los objetos, el terral que siguió soplando y los alzó, los zarandeó, los arrastró, el terral que incendió los montes y llenó su garganta de humo y polvo y los despojó de todo excepto de su propio sudor y terminó por arrojarlos a la orilla junto a sus escasas pertenencias, inconscientes casi, como un residuo inclasificable del destino. 

     Lentamente fueron despegando en un mismo movimiento párpados y labios, respirando por los ojos y sintiendo en los pies la mano fría del agua que los iba cubriendo, el efecto benéfico de la sal que empezaba ya a cicatrizar todas las heridas. Y alargaron primero un brazo y el otro después, agarrando el horizonte sobre el que, brazada a brazada, comenzaron a levantar un lugar en el que sobrevivir.


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