Cuando estoy triste tomo asiento y contemplo mis trofeos. Mus, fotografía, bádminton, novela corta, mejor proyecto filantrópico, parchís… Disfruto recordando la manera en que gané cada uno de ellos. Pintura rápida, fútbol-sala, ensayo, empresario del año, tres en raya… Y no sé si estoy más orgulloso de aquellos que fueron el fruto de duros años de entrenamiento o de los que gané gracias a la pura coincidencia del azar. O de aquellos otros en los que una oportuna amistad o un favor pendiente entre los miembros del jurado hizo inclinarse la balanza de mi parte. Tal vez son estos últimos los que me producen una emoción más intensa porque en ellos veo la recompensa de algo mucho más valioso que un talento inmerecido por innato, una habilidad más o menos fútil o una tenacidad cercana a la tozudez. En esos votos que se juegan su propio honor por concedérselo a mi persona hay más valor que en todos los logros basados en una competencia sin sentido. Son premios al comercio sutil de las promesas, al saber con quién y cuándo, al quid pro quo que sostiene la sociedad entera, que la cimienta más allá de bases y reglamentos. Mi mayor satisfacción es haber sido capaz de ir devolviendo una a una todas esas deferencias en cuanto he tenido la oportunidad. Por eso cuando estoy triste me siento y contemplo mis trofeos. Baile moderno, interpretación, damas chinas.
jueves, 21 de junio de 2018
miércoles, 6 de junio de 2018
La chica de los números
Hay fotografías que se imponen desde el mismo momento en que son tomadas, o incluso antes. Otras en cambio aguardan pacientemente a ser llamadas desde el banquillo de los eternos suplentes. Es el caso de esta imagen de hace casi cinco años a la que he regresado a través de la interminable sucesión de las escalas de la luz y de la sombra, del recuerdo y del olvido. Hoy la chica de los números vuelve a cruzar la calle y mi espera al fin tiene su recompensa.
sábado, 26 de mayo de 2018
Escalas de sol
Caminan sobre el teclado
tus dedos
de niña aburrida en medio de la tarde,
suben y bajan escalas
de sombra y sol
en rutinarias formas aprendidas.
Yo espero atento, paciente
el error,
no para reprenderte,
no para corregirte,
sino por encontrar la pauta
y el pie
de una nueva melodía.
jueves, 3 de mayo de 2018
Fotomatón
Atravieso, con gesto involuntariamente clandestino, esa geografía un tanto desolada de los extrarradios, con sus naves industriales, hoteles, edificios administrativos, estaciones de tren y aparcamientos semivacíos: este paisaje diseñado con volumetrías monumentales que en vano tratan de ocultar un dudoso pasado de solares recalificados. Se me ocurre que son lugares buenos para concertar puntos de entrega de mercancías ilegales o de información comprometedora. También para escuchar el sonido de los propios pasos.
Contra toda probabilidad me encuentro de pronto, como caído del cielo, un fotomatón, algo que resulta casi tan raro ya como encontrarse una cabina telefónica y tan desubicado como una máquina del tiempo abandonada por unos viajeros que hubieran decidido no regresar. Me pregunto si quedará todavía alguna pareja que quiera imprimir sus besos en el tamaño de bolsillo de una foto de carnet. ¿Saben acaso las adolescentes que su eterna amistad solo sobrevivirá en esa secuencia alocada de muecas y carantoñas que el papel satinado preservará cual papiro destinado al arqueólogo que un día seremos?
Tiene también el fotomatón, con su pesada cortina de fieltro, cierto aire de confesionario: ante el ojo implacable que hay en su interior cada uno es al mismo tiempo confesor y confesante. Siento la tentación de volver sobre mis pasos y entrar en ese reducto del aquí te pillo incrustado en la solemnidad de los grandes espacios arquitectónicos: allí, con la espalda erguida, las manos en las rodillas y los ojos bien abiertos, me absolveré de todos los pecados que aún no he cometido y será la ristra de mis rostros repetidos el rosario con el que rezar, cual penitencia, los Misterios, a un tiempo dolorosos y gozosos, de la identidad.
Contra toda probabilidad me encuentro de pronto, como caído del cielo, un fotomatón, algo que resulta casi tan raro ya como encontrarse una cabina telefónica y tan desubicado como una máquina del tiempo abandonada por unos viajeros que hubieran decidido no regresar. Me pregunto si quedará todavía alguna pareja que quiera imprimir sus besos en el tamaño de bolsillo de una foto de carnet. ¿Saben acaso las adolescentes que su eterna amistad solo sobrevivirá en esa secuencia alocada de muecas y carantoñas que el papel satinado preservará cual papiro destinado al arqueólogo que un día seremos?
Tiene también el fotomatón, con su pesada cortina de fieltro, cierto aire de confesionario: ante el ojo implacable que hay en su interior cada uno es al mismo tiempo confesor y confesante. Siento la tentación de volver sobre mis pasos y entrar en ese reducto del aquí te pillo incrustado en la solemnidad de los grandes espacios arquitectónicos: allí, con la espalda erguida, las manos en las rodillas y los ojos bien abiertos, me absolveré de todos los pecados que aún no he cometido y será la ristra de mis rostros repetidos el rosario con el que rezar, cual penitencia, los Misterios, a un tiempo dolorosos y gozosos, de la identidad.
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