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viernes, 15 de mayo de 2020

La noche




   Fíjate en toda esa noche que se agolpa al final de la barra, allí donde rompen las olas y se apuran botellines de mahou y cocacolas

   Siente cómo se ajusta la noche a la pátina del aire: es la misma precisión con qué se acoda el cebo en el anzuelo. 

   Atiende al silbido del sedal contra la sombra, mira cómo lo alza el látigo del faro, cómo rueda la ruleta del carrete. 

   Escucha cómo profundiza la plomada a través de la corriente.

   Advierte, pez, cómo llega la noche.


jueves, 17 de enero de 2019

La hora incierta



   De algún modo cada faro es el faro del fin del mundo: el último bastión de la última frontera que somos capaces de defender con cierta solvencia. Y la última instancia de los que se aventuran extramuros. Ni el GPS ni todos los satélites que orbitan sobre nosotros han conseguido apagar los faros: ondeando en la oscuridad su luz es la bandera que representa la patria común de la noche, esa en la que el sueño y el cobijo nos devuelven a una fraternidad umbilical a prueba de discursos. 

   Sin embargo, desde el faro de Camarinal esta sensación de finis terrae se diluye a medida que se encienden las luces de la costa y comienza a emerger en el horizonte otro litoral, espejo del nuestro, con sus poblaciones y sus faros y sus acantilados donde otros ojos tal vez nos imaginan: desde Ceuta hasta Tánger una línea de puntos se dibuja casi como una prolongación de la que a nuestra izquierda llega hasta Tarifa. 

   Así, en esa hora incierta en que se mezclan los últimos rescoldos del día con las primera llamas de la noche y en la que nuestros cuerpos se aligeran y se funden, el faro se convierte en umbral. Y mientras nos prometemos saltar algún día al otro lado, no podemos evitar vernos ya en sus ojos y desde sus ojos mirarnos.


viernes, 16 de marzo de 2018

Duelo al atardecer



   Se sorprende al verme. No esperaba encontrarme allí, a esa hora de luces inciertas, esa hora que es tan suya, la de ir tomando posiciones, la de ponerle cara a las sombras justo antes de que se desvanezcan. Él, que con los años ha aprendido a disolverse, a no molestar, a pegarse a las paredes, practicando desde el día en que nació hasta convertirse en maestro de la irrelevancia. 

   Comienza a caminar hacia mí con intención oblicua, abriendo un ángulo tal que al acercárseme también se aleja, siempre buscando la tangente. A mi vez voy separándome de él, hasta encontrar un rumbo de ceñida por el que aproximarme. Esa danza tiene algo de combate de púgiles sonados. Un haz de luz barre el cuadrilátero. Sin tocarnos, sin necesidad de hacerlo, nos reconocemos en nuestras disímiles soledades. Mantenemos la distancia con mimo: es el espacio necesario para vernos de cuerpo entero, tal cual somos. 

   Luego hay un punto en el que la propia deriva de nuestras órbitas nos hace perder contacto y salimos despedidos del plano en direcciones opuestas. Desciende el aire azul sobre el promontorio. Observo por el rabillo del ojo cómo guarda la cámara. Oigo cerrarse uno a uno los dientes de la cremallera.

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