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domingo, 10 de enero de 2021

Conjunto vacío

 

 

   No solo de nieve y hielo viven las imágenes del frío. Hay otros fríos que se forman, por ejemplo, en el interior de los acuarios donde un tiburón mide interminable su locura geométrica, o el frío inútil de esa fuente que ya no tiene quien la escuche en la plaza abandonada, o el frío que cuaja en la imposible intersección de las calles sin salida o el que guardan las cuentas de resultados que dictan la longitud de los tendidos, o el frío intenso de los conjuntos vacíos que ya me asaltaba en el colegio, esas multitudes de nadie que no están en ningún sitio pero respiran nuestro frío.


miércoles, 25 de noviembre de 2020

Frutos del aire



        Como una baba fría, así se nos va pegando a la piel el fermento de la niebla en este crudo amanecer, mientras alzamos el rostro en busca de algún atisbo de azul. Con cadencia casi militar los preparativos se suceden: extender la tela, tensar los cables, comprobar los mosquetones, encender el quemador. Con las primeras llamaradas un perro ladra dos veces y calla, olfateante. Nosotros, primerizos, damos vueltas en torno al artilugio sin encontrar la distancia adecuada entre el anhelo y la prudencia. 

        A un gesto del piloto nos apretujamos en el interior de la cesta. Soltamos amarras. Un mundo plano de piscinas y tejados rojos se despliega. El perro ladra de nuevo, como un recuerdo que se desvanece. La niebla nos pone entonces un pañuelo de seda delante de los ojos y antes de que podamos llevarnos las manos a la cara, lo vuelve a retirar: emergemos empapados de luz y de horizontes. Abajo queda el biombo del ilusionista. Arriba, esta burbuja de quietud en la que comprimimos el aliento. Como si ese manto de nubes fuera un humus germinal, todo parece estar naciendo en este instante de sierras y valles que se abren en todas direcciones. Aferrados al tallo de las habichuelas mágicas, somos parte del sueño de un gigante dormido. 

        Entre tantos rumbos posibles, pregunto cómo podemos dirigir el artefacto hacia algún destino en particular. No podemos, contesta el piloto, mientras comprueba la presión del propano en las botellas. Solo subir o bajar en busca de alguna corriente, aclara. Por eso uno sabe de dónde despega pero nunca dónde aterrizará. Lo que no parece preocuparle en absoluto. Mientras podamos mantener la diferencia térmica, continúa, seguiremos volando. Después trataremos de encontrar un claro que nos acoja. No hacemos más preguntas. Se abren las primeras grietas en la superficie del frío. El gigante se despereza. A nuestros pies buscamos algún atisbo de verde o de ocre. Un perro vuelve a ladrar, al otro lado de las nubes.

jueves, 2 de abril de 2020

Leyenda urbana



   Cuentan que cuando al cabo de los meses los gobiernos decidieron levantar la orden de confinamiento, muchas personas optaron por continuar en sus casas. Es posible que el miedo, infundado según las autoridades pero alentado por toda clase de rumores, tuviera algo que ver, pero para muchos lo decisivo fue el descubrimiento de un nuevo modo de vida. Y es que, paradójicamente, la reclusión supuso también una suerte de liberación: adiós a los horarios, al tráfico imposible, al aire envenenado, a los éxodos en vacaciones, al tedio infinito de los centros comerciales... Frente a una aparente movilidad en circuito cerrado, el espacio de la casa resultó ser un reducto de verdadera autonomía. 

   Cuentan que, pocos años después, cuando la interconexión digital alcanzó un desarrollo tal que era capaz de adelantarse a las más ínfimas necesidades de los ciudadanos, los aislados formaban ya una comunidad de millones de miembros repartidos por todo el mundo, cuyo poder, influencia y atractivo crecían de día en día. Antes de que los sociólogos pudieran dar cuenta del fenómeno, las calles ya no eran otra cosa que canales de transporte donde vehículos sin conductor repartían sus mercancías en eléctrico silencio. Y los edificios sin ventanas ni balcones, cada vez más eficientes, se convertían en modelos de sostenibilidad. Revertir el cambio climático dejó de ser una utopía. 

  Cuentan que algunos individuos, nostálgicos, rebeldes, locos, aún se aventuraban a explorar la inhóspita soledad de las ciudades. Hubo incluso quien apostó por una vida de nómada sin techo. 

   Cuentan que aún hoy seres ambulantes vagan por el submundo exterior, que duermen al raso, que se alimentan de restos. Nadie los ha visto. Son solo leyendas urbanas que, tras las fachadas ciegas, animan nuestras noches sin fin.


martes, 10 de diciembre de 2019

Maquillaje




   Aprovechando las últimas candilejas de la tarde, con la mano temblona pero voluntariosa, sujeta el perfilador entre el índice y el pulgar y repasa primero la amplia curva de las cejas, luego delinea la mirada hacia las sienes, con el pincel acomoda sobre los párpados la sombra y finalmente aplica el rímel que cae como una helada negra sobre las últimas pestañas que resisten al otoño. Ajena a los estragos, a las especulaciones, a los proyectos sucesivos y a sus sucesivos abandonos, abre y cierra los ojos con pesadez de membrana, evalúa el efecto un tanto teatral sobre su pálida piel coloreada, y ahora sí, sola y dignísima, aguarda la visita de los gatos, el paso apresurado de los runners y la ronda infinita del vigilante sobre la antigua ciudad de vacaciones, encargado de preservar el lento desmoronarse de un escenario donde, trece años después de su cierre provisional, los actores siguen repasando los papeles a la espera del reestreno de una obra que hace tiempo se cayó de todos los carteles. El productor financia ahora otro tipo de espectáculos.



viernes, 29 de noviembre de 2019

Encuentro en la sierra




   Sin otra referencia que el frío que cubre la mañana como una lona bien ajustada, se ha dejado llevar por las pistas ganaderas que recorren los pastizales de la sierra. Sin más señal que la voz cascada de los cuervos y el perfil uniforme de los montes que parecen haber tocado techo, abandona el viejo land rover y echa a andar sobre la hondura que la nieve tejió. Y sin otro indicador que el aire envuelto en una luz huérfana, vestigio de un sol venido a menos, termina por encontrarse con él, frente a frente, como en un western de serie b, y no sabe si ese tipo allí plantado es el último de un ejército en retirada o la avanzadilla de otro que ya viene tomando posiciones, si su desafío es fruto de la confianza o de la desesperación. 

  Recuerda entonces y comprende aquel juego de la infancia: el primero que se mueva pierde, el primero en cerrar los ojos paga. Así que contiene la respiración, conjura el frío, presiente los síntomas irreprimibles del estornudo.



viernes, 4 de octubre de 2019

Transitiva



   Franqueo con limpieza el arco de metales, me giro y me despido de mí, al otro lado, con un gesto apenas perceptible de la mano y de las cejas. Los dos sabemos que jamás volveremos a vernos, pero disimulamos. 

  Pronto las islas, los olivares, los puertos, las ciudades devienen mapa, una superficie desvaída de verde, ocre y azul punteada por las nubes. 

  Más allá de la tarde y de la cinta de equipajes me aguardo. Entre la riada de viajeros que llegan busco mi rostro hasta reconocerme. Cortésmente me ofrezco a llevarme la maleta. Accedo y con las manos vacías contemplo cómo me alejo por los pulidos bulevares de la terminal.


miércoles, 31 de julio de 2019

La fisura



   Y vio Dios cuanto había hecho y no estaba tan mal para ser la primera vez, es más, estaba muy bien, así que dio por concluida su labor y bendijo Dios el séptimo día y lo santificó. 

   Al no tener nada mejor que hacer, dedicó Dios este día a contemplar su obra en toda su extensión y magnificencia, hasta que halló un pequeño descosido en una de las costuras que permitía vislumbrar al otro lado lo confuso, lo innombrado. 

   Y ya no hizo Dios otra cosa que observar aquella fisura por la que lentamente se iba vertiendo el desorden en el interior del mundo recién creado. Y entonces vio Dios que también aquello estaba bien y lo bendijo. Después creó el fútbol y se le pasó en un pispás el resto del domingo.


domingo, 21 de julio de 2019

Luna roja



   En cierto lugar del Egeo hay una isla de mármol. Las láminas de sus acantilados se confunden con la espuma de las olas y el fulgor lechoso que despide hace que el navegante la tome en ocasiones por una inconcreción de la calima. Baldosas de sutiles vetas rosadas y azules pavimentan las calles de sus aldeas. En el interior de sus capillas los exvotos resplandecen bajo la luz que atraviesa las tejas traslúcidas. Con el mármol más puro se tallan los altares y los cálices: el vino tiene allí un sabor mineral y dicen que aclara la voz y las ideas. 

   No resulta fácil encontrarse con alguno de sus discretos habitantes. En cambio, las más exquisitas estatuas se nos aparecen en cada esquina como si acabaran de salir del cincel de un artista incansable. Con los ojos en blanco algunas parecen alegrarse de vernos. Otras por el contrario se dirían ciegas a causa de tanta luz multiplicada y esbozan un tímido gesto de súplica. Sorprende la ausencia de lápidas en los cementerios: apenas unas pobres cruces de madera de ciprés que han de importar de islas vecinas. 

   Después de ponerse el sol, el mármol pierde el calor con rapidez: arropados bajo el níveo frescor que se apodera de la isla, sus habitantes duermen como niños. Ya nadie queda en vela cuando aparece la luna roja sobre el horizonte, roca tosca que acoge en sí todo el dolor, todos los llantos, todos los odios, todas las culpas.


martes, 9 de abril de 2019

Neumática contenida



   Hawai, California,  Australia, Nazaré... Decenas de veces me he soñado sobre una tabla, piernas ligeramente flexionadas, brazos extendidos y acariciando con la punta de los dedos la pared marina que se va cerrando sobre mi cabeza, mientras el tiempo es una madeja de energía que se devana y me envuelve en el interior de un capullo que se adensa hasta romperse en una eclosión de espuma, agua y sal de la que emerjo y despierto con el pelo empapado, recién nacido.


miércoles, 6 de febrero de 2019

Durmiente



   Primero le tomé el pulso y comprobé la presión arterial. Después su ritmo cardiaco y los ecos apenas perceptibles que resonaban en sus cavidades más profundas. Finalmente iluminé sus pupilas y me vi temblando en el fondo de sus ojos. Guardé en mi maletín el tensiómetro, el estetoscopio y la linterna. Todo era normal. Comuniqué a sus familiares que no había cambios en su estado. Seguía sumida en un sueño profundo y apacible. Me despedí hasta mi próxima visita y empecé a contar los días que faltaban como un niño. Ella estaba cada vez más hermosa y se diría que solo en apariencia dormía, que solo en apariencia respiraba. Impartí las instrucciones necesarias para preservar su descanso de inoportunos visitantes. Yo era el médico paciente y amable que mantenía viva la esperanza de que no despertara jamás.


miércoles, 9 de enero de 2019

Orilla del Majaceite



   También allí, bajo el denso dosel vegetal, llegaba el calor que supuraba de mi frente en gruesas gotas, morosas como las horas de aquel tórrido mediodía de finales del verano. En vano seguí el curso del cordón de mis zapatillas a través de ojales, bucles y lazadas con la intención de adivinar de cuál de sus extremos había de tirar si quería entregar mis pies al frescor que el río prometía. Mis manos sudorosas sostenían los cabos del diabólico artefacto en que se había convertido la mañana: solo uno de ellos liberaba el nudo, el otro lo estrangulaba. Artificiero del instante, cerré los ojos, contuve la respiración y, sin cuenta atrás, me encomendé al dios de los esclavos a los que no les queda otra que jugársela.


jueves, 22 de noviembre de 2018

Yedra


   
  … ¿y aún me dices que no te escucho cuando hablas? Sabes que podría pasar horas oyendo el impetuoso torrente de tus palabras, que de hecho no hago otra cosa, prendado como estoy de tu verbo ágil, seguro, imperecedero. Y que hago cuanto puedo por desentrañar el significado que sin duda se oculta bajo el continuo de tu conversación, ese idioma tan tuyo como el color irrepetible de tus ojos. Porque más que lo que cuentas importa el sonido de tu voz impregnando el aire y colmando hasta el último resquicio donde pudiera habitar mi pensamiento. Y así como otros leen entre líneas, yo escucho entre frases buscando la emoción que las anima: eres la diva que interpreta un aria que no cesa y hace tiempo que decidí prescindir del libreto y hasta de subtítulos. Aun así, creo que he aprendido en estos años a darte, casi siempre, la réplica adecuada, el pie oportuno pero discreto que a ti no te haga olvidar por dónde ibas y a mí me permita seguir hundido en los vericuetos de tus subordinadas infinitas, descubriendo la raíz y el sentido de esta trama y este enredo con el que tratamos de llenar nuestro vacío. Así que, fíjate si eres injusta cuando me reprochas mi falta de atención por la única razón de que no sé lo que me dices. Tampoco tú sabes, ni falta que te hace, descifrar la variedad de mi silencio, este arrobado silencio mío desde el que procuro no perder el hilo de tu laberinto.


jueves, 21 de junio de 2018

Salón de trofeos




   Cuando estoy triste tomo asiento y contemplo mis trofeos. Mus, fotografía, bádminton, novela corta, mejor proyecto filantrópico, parchís… Disfruto recordando la manera en que gané cada uno de ellos. Pintura rápida, fútbol-sala, ensayo, empresario del año, tres en raya… Y no sé si estoy más orgulloso de aquellos que fueron el fruto de duros años de entrenamiento o de los que gané gracias a la pura coincidencia del azar. O de aquellos otros en los que una oportuna amistad o un favor pendiente entre los miembros del jurado hizo inclinarse la balanza de mi parte. Tal vez son estos últimos los que me producen una emoción más intensa porque en ellos veo la recompensa de algo mucho más valioso que un talento inmerecido por innato, una habilidad más o menos fútil o una tenacidad cercana a la tozudez. En esos votos que se juegan su propio honor por concedérselo a mi persona hay más valor que en todos los logros basados en una competencia sin sentido. Son premios al comercio sutil de las promesas, al saber con quién y cuándo, al quid pro quo que sostiene la sociedad entera, que la cimienta más allá de bases y reglamentos. Mi mayor satisfacción es haber sido capaz de ir devolviendo una a una todas esas deferencias en cuanto he tenido la oportunidad. Por eso cuando estoy triste me siento y contemplo mis trofeos. Baile moderno, interpretación, damas chinas.


martes, 10 de abril de 2018

Todo el silencio



   Mientras camina por esa penumbra de cuarto oscuro que envuelve el amanecer de la ciudad, al fotógrafo se le va revelando la verdad de su búsqueda y cae en la cuenta de que para él la fotografía es ya el único reducto de silencio: la fotografía nace del silencio y en el silencio persiste como en una solución pura y transparente. 

   Descubre que la ciudad y sus habitantes librados al silencio de las fotografías quedan en suspensión igual que partículas detenidas en una atmósfera sin gravedad, sin tiempo. 

   Comprende que el ruido es una de las formas en las que el tiempo se materializa y que, aunque no es posible detener el tiempo, sí lo es insonorizar algunas habitaciones. 

   Observa que en el silencio cada elemento encuentra su sitio: entre la piel del guante y la piel de la mano está el silencio. Como una fina película adhesiva. Una película muda de un solo e infinito fotograma. 

  Comprueba que todas las fotografías juntas, todos los silencios amontonados, forman un ruido ensordecedor: el ruido total equivale a la suma de todos los silencios. Pero tomadas de una en una, cada fotografía encierra el silencio entero. 

  Aprende, en fin, que las fotografías son contenedores de silencio que esperan dentro de las cámaras, acorazadas y a temperatura constante, a ser transportados hasta nosotros. Solo entonces los contenedores son abiertos y el silencio se va arrellanando en nuestro interior, colmando poco a poco el laberinto.



jueves, 11 de enero de 2018

Aniversario



   Hoy hace diez años que llegué a esta isla. Cada mañana desde entonces, bien temprano, recojo mis cosas y hago la maleta. Me gusta tenerlo todo preparado por si fuera ésta la fecha, al fin, de mi partida. Entretengo las horas viendo pasar los barcos. Desde la orilla escudriño sus nombres de mujer, sus banderas de conveniencia. Su número va disminuyendo de forma apenas perceptible pero cierta. Puede que prefieran otras rutas. O tal vez es mi vista la que se va debilitando. Al caer la tarde regreso al viejo hotel destartalado que a estas alturas es ya como mi casa. En mi habitación aguardo el amanecer del día en que una embarcación volverá a recalar en la ensenada de esta isla olvidada ya hasta por los náufragos. No quiero ni pensar en cuánto habrá subido mi factura.


domingo, 7 de enero de 2018

Cuerpos extraños




A veces cuando miro noto un cuerpo extraño. 

En un abrir y cerrar de ojos me lo extraigo. 

Ante mí lo expongo, lo analizo, lo interrogo 

a conciencia, lo abandono en su hermetismo. 

Al cabo de un tiempo me hago a su silencio 

y aquel que preguntaba entonces 

me resulta tan extraño como otro cuerpo.


viernes, 8 de diciembre de 2017

Fruto de temporada



   En esta tarde de diciembre una vibración de bronce resuena en las pupilas del fotógrafo como una llamada. Echa a andar y al borde del acantilado descubre a un pescador que con las cañas bien dispuestas confía a la espera toda su esperanza. Muy cerca un recolector de setas peina la hierba húmeda y da forma concreta al afán y a la búsqueda. Cada uno a su modo recoge los frutos del azar y escucha el silencioso crujir de la maquinaria del tiempo. Poco después todo se disuelve y ya solo queda el momento triste del recuento.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Al caer la noche



    Al caer la noche los fantasmas salen a pasear. Ya no arrastran cadenas. Ni siquiera llevan ropa pasada de moda. No pretenden revivir ningún pasado traumático, ninguna infancia angustiosa. Al contrario, visten según los usos del momento y cuando toca acuden con entusiasmo a las rebajas, lo revuelven todo y ocupan esos probadores que tienen las cortinas siempre echadas. 

   En el presente se encuentran como en casa. Disfrutan realizando todo tipo de transacciones comerciales sin necesidad de dinero, sin necesidad de mercancías, sin necesidad. No viven, pero se actualizan. 

   En lugar de sábanas, tejen telarañas de palabras en las que se envuelven y que hacen desaparecer con un gesto de su dedo índice. De vez en cuando se reúnen para ver quién es capaz de lanzar una opinión más lejos. Con los resultados confeccionan estadísticas. 

   Cuando se aburren, algunos proclaman repúblicas, otros las niegan y todos toman sin cesar fotos de si mismos sin lograrlo nunca. No son discretos pero su ruido es un ruido de fondo que hace más liviano nuestro silencio. Esto es de agradecer. 

   Lo cierto es que andan tan atareados que han perdido el interés por nosotros. En ocasiones nos asustan con los cuentos de siempre, pero se les nota la desgana y pronto vuelven a lo suyo. En los parques, cines y trenes ocupan esos asientos en los que nunca se sienta nadie. A veces son vagones enteros. 

   Al caer la noche los fantasmas salen a pasear y mientras pasean se atraviesan sin tocarse.


martes, 18 de abril de 2017

En la nube




-Desde que te conocí vivo en una nube -dijo una gota a otra, acercándose hasta tocarla.

-¿No crees que nos estamos precipitando? -le contestó aquella mientras caían.


sábado, 25 de marzo de 2017

Piezas de museo



    Nuestro hombre en su afán de no repetirse y también, de paso, reconocer el valor único de cada palabra, su condición de obra de arte indiscutible, se propuso no reutilizar ninguna. Cada vez que pronunciara un determinado vocablo sería la última. 

   Su discurso se volvió entonces mucho más preciso pero al mismo tiempo carente de fluidez: tan pronto hablaba casi en aforismos, con frases cortas y esenciales, como recurría a interminables rodeos y perífrasis hasta para pedir una cerveza con tal de no utilizar el término en cuestión. Oírlo hablar era como contemplar al escalador trepando una pared vertical sin sujeciones, localizando cada próximo asidero antes de mover un dedo. 

   Poco a poco fue agotando su vocabulario, que tampoco era tan extenso como creía. Tras una fase de metáforas audaces sus mensajes empezaron a resultar tan arcanos que muchos llegaron a tomarlo por el profeta de alguna olvidada religión. Cuando al fin acabó con todas sus palabras, primero emitió un profundo suspiro y después comenzó a dar saltos entre sonoras risotadas. Y esta vez todo el mundo lo entendió sin necesidad de decir nada. 

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