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Llevaba tiempo dándole vueltas al asunto. No convenía precipitarse, mejor esperar, tenerlo todo a punto. Al principio, cuando retiró el precinto y extrajo uno, dos, tres de aquellos comprimidos -había que asegurar el resultado- un regusto entre ácido y dulzón le llegó hasta la garganta. Tragó saliva, aguantó el tipo y mientras rumiaba las últimas dudas, los últimos recelos, sintió que los engranajes de la voluntad empezaban a ponerse en movimiento. Cada uno de sus músculos recordó qué hacer y cómo hacerlo. El viento y el mar quedaron en silencio: parecían querer propiciar con su pausa el desenlace. Fue entonces cuando se detuvieron las mandíbulas y la lengua colocó la masa viscosa entre los dientes, se entreabrieron los labios como si fueran a recibir un primer beso, o el postrero, y fue insuflando tiernamente su aliento sobre aquella membrana que como una segunda piel rosada y traslúcida comenzó a salir de su boca y a hincharse y a expandirse hasta que su circunferencia sobrepasó los límites del rostro y ya nada ni nadie pudo impedir lo inevitable: el chicle le reventó en la cara, sudario de fresa, súbita mortaja.