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jueves, 17 de diciembre de 2020

Los días felices


 

   Qué lejos queda el estallido de la candela a principios del verano llenando sotos y caminos de melenas rebeldes. Tras una primavera resignada de sillas y balcones, nos parecían aquellas flores, con su promesa de abundancia en el otoño, una justa compensación. Vivimos un estío amable y benigno como pocos, abrimos las ventanas, sacamos pecho, cayó la flor en los caminos. Pero a la postre no ha sido este un año de castañas en los montes del Cantábrico: incrédulos recogimos en octubre un puñado de frutos arruinados y volvimos a casa sin una mala explicación que llevarnos a la boca. Y aunque hemos comprado un par de kilos en el súper no logramos reconocernos en el sabor de otras latitudes. Ahora nos acercamos al invierno con la despensa corta y el pensamiento recogido. Hemos perdido la fe en la exuberancia. Ya no creemos en los fulgores que estos días cuelgan de los árboles.


domingo, 24 de mayo de 2020

Nubes y claros




   En un mismo parpadeo se disipan las brumas del sueño y de la aurora. He debido de quedarme dormido unos segundos pero la vieja avioneta planea sustentada sobre columnas invisibles y parece conocer el rumbo mejor que yo mismo. Entre las nubes se insinúa por fin el contorno recortado de la isla. A seis mil pies ya comienzo a distinguir la fina hilatura de los ríos. Bífidas lenguas de mar se adentran en las gargantas de sus acantilados. A medida que desciendo reconozco las columnas de ganado en busca de la frescura de los pastos, la geometría familiar de los primeros tejados. Juraría que el aroma amable del café asciende ya hasta el interior de la cabina. Llega el momento de tocar tierra, de sentir toda la contundencia del mundo que me espera concentrada en esa firme sacudida que ya debería haberse producido y, sin embargo, no llega, y en ese intervalo que se alarga más allá de la exigua longitud del descampado, tengo tiempo para distinguir entre el plumón de los vilanos, el troquel palmeado de la hoja y sus arterias, las hacendosas hormigas, el brillo de una esquirla de metal y de nuevo el aroma penetrante del café certificando que con total seguridad he tomado tierra.


miércoles, 8 de abril de 2020

Los huertos salvajes



   En un rincón de la sala, donde la cristalera recoge la mejor luz y el calor de los últimos rayos de la tarde, hemos hecho un semillero. Antes fuimos guardando los vasitos del yogur, como cuando éramos niños, y una caja de poliespán que nos dieron en la pescadería. Cuando todos los augures fueron favorables, hundimos ligeramente en el manto oscuro las semillas: guisantes, tomates, calabacines, lechugas y un par de jalapeños. Con un pulverizador dejamos caer una niebla fina y provisora. Por un instante fuimos nube. Volvimos entonces la mirada hacia la tierra. Y esperamos.

   El día que asomó la primera brizna verde contuvimos a duras pena la alegría, no fuera a malograrse el pequeño milagro de la vida. Con inseguridad de primerizos dudamos acerca del grado apropiado de humedad, de la temperatura justa. Nos la jugamos, confiamos en el impulso germinal, qué otra cosa podíamos hacer. 

  Al poco comenzaron a desperezarse los cotiledones. Sin disimular nuestro orgullo sacamos los recipientes a la intemperie de la terraza. Solo un rato, con tiento y un ojo puesto en los vaivenes del nordeste sobre los débiles tallos. Resistieron. Semana tras semana siguieron creciendo de acuerdo a su destino. 

  Ahora conforman una selva incipiente donde se impone la ley del más fuerte. Una selva que empieza a presentar algún desmayo, algún verde no tan verde, leves síntomas de agotamiento. Callamos pero sabemos que esta tierra entre paredes se nos está quedando corta. 

  Afuera, sin azadas ni cuidados, crecen los huertos incultos, bárbaros y abandonados a su propia belleza. Sin censor ya no hay buenas ni malas hierbas. Y las berzas han dejado de guardar las formas para darle forma a nuestras pesadillas. Es tiempo de temores antiguos: de nuevo clamamos a los héroes, maldecimos al monstruo, hacemos votos y promesas. Los vates de turno ya componen cantares de gesta adaptados a los gustos de la época. Pero ¿qué será de todos estos brotes? ¿tendrán tiempo y lugar para el arraigo? Vuelvo la mirada hacia la tierra.


miércoles, 12 de febrero de 2020

Incrustada



   Subexpuesta, ligeramente desenfocada. El fotógrafo no es consciente de haber tomado esa foto. Bosque caducifolio, invierno, tal vez cerca de un río. Ni siquiera recuerda haberse aventurado aquel día más allá de los pasillos del supermercado. Un viento feroz parece inferirse de la forzada curvatura de los troncos. En esa fecha, comprueba, solo soplaron ligeras brisas del norte. Se adivina tras la celosía leñosa el perfil de un monte. Sin embargo, para el que no las frecuenta, todas las montañas se parecen como se parecen entre si los rostros de una raza diferente a la nuestra. Las imágenes anteriores y posteriores carecen de cualquier relación con ella, incrustada como una gema o como una bala.

    Ahora el resto de fotografías de ese mes, de ese año, le importan poco. Esta es la única que salva. Cree encontrar en ella alguna clase de fuerza primigenia. O tal vez algo del impulso libre y creador que se imagina haber tenido en el pasado. También percibe en esta toma la perentoriedad de lo que clama: en su intrincada trama ¿no contendrá una prueba? ¿una pista? ¿Conduce a un crimen olvidado? ¿O el crimen es el olvido mismo? 

    Decide, no podía ser de otro modo, salir en busca de la concreta localización de esta fotografía. No sabe por dónde empezar, cualquier camino, cualquier dirección puede conducirlo a su objetivo o a un extravío definitivo. La imprime para poder mostrarla a los últimos habitantes de las últimas aldeas antes de que unos y otras desaparezcan. Alguien sabrá darle razón de su desmemoria. No se ha preguntado qué hará cuando encuentre el enigmático emplazamiento. Sabe que todo pasado es mítico y todo lugar un pasadizo.



viernes, 22 de noviembre de 2019

La estancia



   Talar, desbrozar, arrancar. Una vida en guerra contra la jungla sempiterna, manteniendo a raya a todo ese regimiento de raíces, brotes y malas hierbas que cercaban la parcela ganada al bosque y acechaban la casa que primero fue de tablones y más tarde del mejor granito traído de las tierras altas. Toda una vida convertida en azote de la exuberancia, una existencia de machete y herbicida, una estancia levantada y defendida con la fibra de sus brazos, con sus manos nudosas bajo la áspera corteza de una piel madurada en la estación seca, macerada en la lluviosa, fermentada en esa sopa frondosa de aullidos y mosquitos que es la noche. Y todo ese empeño y esa gesta laureada al final de sus días con el triunfo del césped y un patio interior donde ahora cultiva con esmero las variedades botánicas más hermosas de la selva. 


viernes, 15 de noviembre de 2019

Como pez en el agua




          Errado el augurio 

          de un día radiante,

          sobre el templo de Delfos

          el aguacero descarga:

          los turistas huyen 

          hacia los autobuses, 

          canta la lluvia

          con ecos antiguos,
          
          de la tierra fluye 

          la dormida simiente, 

          una cigarra tiembla

          bajo la encina callada,

          entre las ruinas espero 

          como pez en el agua.



miércoles, 9 de enero de 2019

Orilla del Majaceite



   También allí, bajo el denso dosel vegetal, llegaba el calor que supuraba de mi frente en gruesas gotas, morosas como las horas de aquel tórrido mediodía de finales del verano. En vano seguí el curso del cordón de mis zapatillas a través de ojales, bucles y lazadas con la intención de adivinar de cuál de sus extremos había de tirar si quería entregar mis pies al frescor que el río prometía. Mis manos sudorosas sostenían los cabos del diabólico artefacto en que se había convertido la mañana: solo uno de ellos liberaba el nudo, el otro lo estrangulaba. Artificiero del instante, cerré los ojos, contuve la respiración y, sin cuenta atrás, me encomendé al dios de los esclavos a los que no les queda otra que jugársela.


jueves, 22 de noviembre de 2018

Yedra


   
  … ¿y aún me dices que no te escucho cuando hablas? Sabes que podría pasar horas oyendo el impetuoso torrente de tus palabras, que de hecho no hago otra cosa, prendado como estoy de tu verbo ágil, seguro, imperecedero. Y que hago cuanto puedo por desentrañar el significado que sin duda se oculta bajo el continuo de tu conversación, ese idioma tan tuyo como el color irrepetible de tus ojos. Porque más que lo que cuentas importa el sonido de tu voz impregnando el aire y colmando hasta el último resquicio donde pudiera habitar mi pensamiento. Y así como otros leen entre líneas, yo escucho entre frases buscando la emoción que las anima: eres la diva que interpreta un aria que no cesa y hace tiempo que decidí prescindir del libreto y hasta de subtítulos. Aun así, creo que he aprendido en estos años a darte, casi siempre, la réplica adecuada, el pie oportuno pero discreto que a ti no te haga olvidar por dónde ibas y a mí me permita seguir hundido en los vericuetos de tus subordinadas infinitas, descubriendo la raíz y el sentido de esta trama y este enredo con el que tratamos de llenar nuestro vacío. Así que, fíjate si eres injusta cuando me reprochas mi falta de atención por la única razón de que no sé lo que me dices. Tampoco tú sabes, ni falta que te hace, descifrar la variedad de mi silencio, este arrobado silencio mío desde el que procuro no perder el hilo de tu laberinto.


sábado, 24 de marzo de 2018

Gestante




Entre la nieve 

vuelvo a nacer 

con luz ungido, 

pálpito leve 

antes de ser 

carne de olvido.


viernes, 22 de diciembre de 2017

Solsticio de invierno




Ahora que la geometría cóncava del tiempo 

apura el eco de los días. 

Ahora que se aproxima la caducidad

de los deseos y las fechas 

aconsejan su consumo preferente.

Ahora que las tardes son tan cortas

y cotiza al alza el precio de la luz

fundida en élitros dorados.

Ahora que se abre paso una grieta de tristeza

por donde respira la alegría.

Ahora abro mi casa para que el ruido encubra

nuestra compartida soledad

y la conserve.


miércoles, 7 de junio de 2017

Amarga margarita




Amarga ruleta 

de margarita rusa, 

con amor desbocado 

te deshojo a mordiscos. 

Aplaza tu respuesta 

y permite que viva 

en la dulce demora 

de un pétalo más.


viernes, 31 de marzo de 2017

Maniobra de acercamiento



    Me dices, muy seria, que las ortigas no pican si al tocarlas contienes la respiración. Menuda tontería, te digo, de dónde lo has sacado. Que lo has oído desde niña, me contestas, que por fuerza tiene que ser cierto. Si tan segura estás, por qué no haces la prueba, te reto señalando un mato que crece al borde del camino. Dudas un instante, acercas la mano, te detienes, tomas aire y sin más agarras un buen manojo...un grito agudo como una aguja traspasa el aire al tiempo que sueltas las ortigas y las miras incrédula, dolida, avergonzada. Yo evito cualquier comentario y soplo suavemente la palma de tu mano. En el fondo sé que esta victoria no se la debo a la razón sino a mi cobardía.


martes, 7 de febrero de 2017

Romper el hielo




    El aliento moldea el vidrio creando el espacio de dentro a fuera con su soplo. Las manos moldean el barro creando el espacio de fuera a dentro con su caricia. Pero ¿desde dónde empieza a fraguarse el hielo, qué aliento, qué manos lo avivan? ¿Y en qué momento deja de fluir su espacio y se escenifica? 

    El fotógrafo dispara quieto y académico, con los brazos pegados al cuerpo, no por buscar la nitidez sino por miedo a romper algo y que una vida de trabajo no alcance para pagar los desperfectos. Y mientras dispara empieza a sentir el frío sobre sí como un envoltorio silencioso, ese frío que tiene la calidad de la seda.


miércoles, 2 de noviembre de 2016

Regreso a la tierra




Día de difuntos. 
Regreso a la tierra 
de donde vengo, 
silencioso viajero 
de una cinta sin fin 
ni comienzo.


viernes, 22 de abril de 2016

Fotofagia



    Entre fotógrafo y fotófago hay apenas un paso, una mínima alteración genética, la evolución natural en ese eterno proceso de adaptación al medio. El fotófago busca la luz, la olfatea casi, sigue infatigablemente su rastro hasta dar con ese núcleo brillante que se manifiesta en el aire antes que en la superficie de las cosas. Entonces empieza a alimentarse, al principio con cierto atropello para después, cuando logra saciar su apetito más urgente, degustar cada hebra, mientras se produce la lenta transformación en los azúcares que le son necesarios para su supervivencia. No es raro que algunos fotófagos se sientan a gusto entre las plantas.


jueves, 10 de diciembre de 2015

Los extremos se tocan




Y allí donde se tocan, trocan y sin quererlo alcanzan un principio de equidistancia.



lunes, 30 de noviembre de 2015

El recodo



     En general no me gusta el pictorialismo en fotografía. Creo que la fotografía debe ocupar un espacio propio sin necesidad de recurrir a prestigios prestados. Reconozco sin embargo que a veces cuesta decir que no, la tentación es fuerte, y tampoco hay por qué caer en la tentación contraria, la de negarse a caer en aquella. Pero nada de eso ocurre en esta foto: era la escena real la que copiaba a su representación pictórica. Era la luz la que pintaba en mi retina.


viernes, 18 de julio de 2014

De algún lugar que ya no existe



     De algún lugar que ya no existe (¿de un tiempo mejor, tal vez más propio?) ha de proceder el deseo absurdo de buscar en las carreteras secundarias una cuneta en la que detenerse para abordar ese pensamiento compacto que es un campo de trigo, con la intención a medias confesada de averiguar la trama, desentrañar la pincelada, tocar el tapiz, acariciar, en fin, el lomo levemente erizado de la tierra. Y descubrir cómo esa tostada uniformidad que la lejanía nos propone la trilla ahora la mirada en espigas díscolas, grávidas espigas que fijan como sales de plata la fotografía del paso de un viento sin nombre. Ese deseo absurdo que en parte sacia y en parte aviva la amapola procaz, capaz de convertirlo todo en su pretexto.


lunes, 1 de julio de 2013

Fibra melodramática




     No nos engañemos: si llegaron a conocerse tan bien no fue gracias a su vecindad ni a sus raíces comunes. Tampoco tuvieron nada que ver sus interminables sobreentendidos a la luz perezosa de la tarde y menos aún todos aquellos proyectos que soñaron y nunca cumplieron, supongo que por falta de arranque. Tal grado de complicidad no brota ni siquiera del miedo, que lo hubo, a ser pisoteadas, devoradas, abrasadas por cualquiera de las inesperadas formas del tiempo. No, una intimidad como la suya solo puede ser el fruto de todos los desplantes que a lo largo de la vida se fueron perdonando. Y de tanta despedida que amagaron con cada ventolera.

viernes, 7 de junio de 2013

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