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martes, 2 de junio de 2020

Luzimiento


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   Primero realiza aquí y allá algunas incisiones. Después, con la delicadeza de quien ama lo que hace y con la determinación del que conoce bien su oficio, introduce los dedos y profundiza en las oquedades hasta alcanzar el último de los intersticios. El saúco, el mirlo, la zarza, el avellano, el rosal, la tórtola, la piedra en la corriente, la rama quebrada, la tela de araña, la araña, el cadáver de la mosca, cada gota que el rocío dejó sobre las afiladas hojas de los lirios. Una a una las extrae y las dispone limpia y separadamente sobre la mesa de disección, donde por un instante lucen como objetos en venta o como palabras en un diccionario, para después volver a introducirlas y encajarlas con un leve giro de muñeca. El fotógrafo se limita a seguir sus indicaciones. Tráeme aquello, sujétame esto. Obedece ciegamente. En realidad no lo necesita, pero se ha acostumbrado a él. De vez en cuando le arroja algún despojo: el fotógrafo lo atrapa de un salto y echa a correr. Resulta tan gracioso. A solas continúa su labor. Trabaja de sol a sol. Tiene todo el día por delante.


jueves, 19 de marzo de 2020

Ventanas abiertas



   En el tercero izquierda de un bloque en el barrio de mi infancia hay una mujer perenne asomada a una ventana. La mujer, de piernas supuestas, presunta espalda, observa sobre el alfeizar combado de su brazos al viejo que vuelve de la compra, la visita del hijo, las comuniones en mayo, los repartidores de cartas, ofertas, esquelas, el beso furtivo en el portal, las bombonas de butano, los niños que se hacen hombres y mujeres, el bar que de nuevo se traspasa. Sus ojos son registro vivo de la vida. Y nunca se le quemaba la comida. Hoy, diecinueve de marzo de 2020, hoy que todos habitamos una película de Hitchcock y como James Stewart no alcanzamos a aliviar el picor indefinible que produce la escayola, me encomiendo a aquella mujer que vivía en la ventana y que, suspendida la función, podrá al fin tomarse sus primeras vacaciones.


lunes, 2 de marzo de 2020

Onda expansiva




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   Llevaba tiempo dándole vueltas al asunto. No convenía precipitarse, mejor esperar, tenerlo todo a punto. Al principio, cuando retiró el precinto y extrajo uno, dos, tres de aquellos comprimidos -había que asegurar el resultado- un regusto entre ácido y dulzón le llegó hasta la garganta. Tragó saliva, aguantó el tipo y mientras rumiaba las últimas dudas, los últimos recelos, sintió que los engranajes de la voluntad empezaban a ponerse en movimiento. Cada uno de sus músculos recordó qué hacer y cómo hacerlo. El viento y el mar quedaron en silencio: parecían querer propiciar con su pausa el desenlace. Fue entonces cuando se detuvieron las mandíbulas y la lengua colocó la masa viscosa entre los dientes, se entreabrieron los labios como si fueran a recibir un primer beso, o el postrero, y fue insuflando tiernamente su aliento sobre aquella membrana que como una segunda piel rosada y traslúcida comenzó a salir de su boca y a hincharse y a expandirse hasta que su circunferencia sobrepasó los límites del rostro y ya nada ni nadie pudo impedir lo inevitable: el chicle le reventó en la cara, sudario de fresa, súbita mortaja.


domingo, 17 de marzo de 2019

Fantasías animadas



   Como en mitad de un bosque: así se siente el fotógrafo entre los cascotes y grafitis de la vieja nave pues tienen la consistencia de lo natural, de lo que crece y se reproduce según sus propias leyes. Estudia el lugar a conciencia mientras con la cámara va tomando apuntes: sus dimensiones, la dirección de la luz, la geometría de las sombras, las paredes que servirán de fondo… Imagina enseguida dónde habrán de situarse los protagonistas de la sesión y mentalmente los agrupa, los distribuye. Así, esta construcción abandonada, cuya ruina va desnudando su estructura íntima en un proceso inverso al de su edificación, pero igualmente admirable, no menos metódico y mucho más inexorable, se va poblando de presencias que llegan de un porvenir cercano que el fotógrafo convoca. 

   De su primer uso industrial tan solo le quedan al edificio esos espacios grandilocuentes que con el paso de los años habrían de ser divididos en pequeños habitáculos por moradores que dejaron tras de si una galaxia desvencijada de muelles y listones. Siguiendo ese mismo curso temporal la mirada del fotógrafo va descendiendo poco a poco del continente a la minucia. Encuentra entonces calcetines desparejados, facturas que ya nunca llegarán a ser pagadas y juguetes que no hallaron un resquicio en el atestado maletero. Dentro del cascarón de cemento estos objetos chisporrotean como la memoria de una civilización lanzada al espacio. El fotógrafo se pregunta si habrá alguna manera de utilizar esta galería de recuerdos en su próximo proyecto. Si los fantasmas del pasado y del futuro serán capaces de entenderse.


miércoles, 6 de febrero de 2019

Durmiente



   Primero le tomé el pulso y comprobé la presión arterial. Después su ritmo cardiaco y los ecos apenas perceptibles que resonaban en sus cavidades más profundas. Finalmente iluminé sus pupilas y me vi temblando en el fondo de sus ojos. Guardé en mi maletín el tensiómetro, el estetoscopio y la linterna. Todo era normal. Comuniqué a sus familiares que no había cambios en su estado. Seguía sumida en un sueño profundo y apacible. Me despedí hasta mi próxima visita y empecé a contar los días que faltaban como un niño. Ella estaba cada vez más hermosa y se diría que solo en apariencia dormía, que solo en apariencia respiraba. Impartí las instrucciones necesarias para preservar su descanso de inoportunos visitantes. Yo era el médico paciente y amable que mantenía viva la esperanza de que no despertara jamás.


jueves, 24 de enero de 2019

Fragmentación y recombinación




   El fotógrafo ya ha estado aquí en otras ocasiones. Tal vez por eso hoy puede entregarse a la tarea de fotografiar sin que la novedad del lugar le distraiga y sin que la necesidad de representarlo le condicione. 

   Se aplica pues a una disección selectiva del espacio que le rodea y obtiene algunas muestras, no demasiadas ni demasiado interesantes, pero suficientes para apartar de su mente cierta revelación que se le impone con la insolencia de lo evidente cuando, en un momento de desdoblamiento, se ve a si mismo recortando la realidad en pedacitos rectangulares, descuartizándola, llevado por la ingenua convicción de que algunas de esas partes tendrán un valor no originado en el todo al que pertenecen sino producto de su propia destreza para identificar determinadas combinaciones de elementos que, de acuerdo a un código compartido, podrían considerarse válidas o incluso valiosas. Esta idea, claro está, no aparece verbalizada en su cabeza de este modo, sino bajo la forma de un agudo sentimiento de ridículo que le resulta imposible soslayar durante los interminables segundos que dura la angustia del conocimiento. 

    Sin embargo, cuando más tarde el fotógrafo extiende los recortes en la pantalla del ordenador y comprueba que algunos sobresalen por encima del resto, observa cómo comienzan a establecerse inesperados nexos entre ellos, recombinándose hasta dar lugar a una nueva continuidad que deja en evidencia la falacia de la fragmentación que el fotógrafo descuartizador trataba de imponer. Esto le alivia sobremanera pues comprende que su absurda labor es al menos perfectamente inocua. Tampoco su ignorancia acerca de las leyes que rigen esta nueva articulación de lo real le incomoda en exceso. Por el contrario, se congratula de que para la interpretación de estos fenómenos ya estén lo gurús del arte y los analistas políticos.


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