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miércoles, 7 de abril de 2021

Globos de colores

 

   No es la primera vez que siento el espacio como una red de hilos que tejen las miradas. Igual que las autopistas del cielo o las derrotas de la navegación, así las pupilas trazan con imágenes su curso y como las estelas de los barcos y los reactores, desaparecen también en el magma del tiempo. En ocasiones, de ese manojo tenso como tela de araña, obtenemos de una mano desconocida la gracia de una fotografía atada a nuestro índice, y la vemos alzarse y flotar, unida a nosotros e inalcanzable.

martes, 23 de marzo de 2021

Sin escrúpulos

 

   Con la naturalidad de un gesto involuntario, se llevó una vez más la cámara a la cara, el visor a la pupila y apoyó el índice sobre el disparador. Pero cuando estaba a punto de ejecutar la sutil presión adicional que permitiría a la luz alcanzar la superficie del sensor, acudió a su mente cierta idea, cierto escrúpulo con el que no había contado hasta entonces. Comprendió de pronto el verdadero significado y por tanto la abrumadora responsabilidad que implicaba el acto aparentemente nimio de tomar una fotografía: indultar la fracción del mundo que deberá resistir a la destrucción incesante del tiempo, elegir la pieza que construirá nuestra memoria y la narración no de lo que somos sino de lo que seremos, mientras condenamos a todo lo demás al vertedero donde se hunde lo que no vimos, lo que no quisimos ver o lo que vimos y despreciamos. En ese dedo que desciende reconoció al pulgar del césar: solo esto merece vivir, perezca el resto. Oyó entonces el ruido ensordecedor de los miles de clics que caían como hachazos en aquel mismo instante y se horrorizó al pensar en todas las fotos que con el correr de los años solo mostrarían nuestra ceguera. Estuve allí ¿y esto fue todo? este fragmento de horizonte, estos rostros que ya no reconozco, estas líneas cuya armonía forcé. Dónde el temblor, dónde el latido, dónde lo otro, la materia de la que está hecha la vida. Todavía con el índice en el obturador, una nube enturbió apenas la intensidad de la luz que inundaba la escena. El fotógrafo lo supo por una leve variación en la saturación del azul y en la profundidad de las sombras. Supo también que tendría que disparar antes de que fuera demasiado tarde y que probablemente no bastaría con una toma, ni con dos ni con tres, y que agotaría la tarjeta si fuera necesario.


martes, 22 de diciembre de 2020

La culpa es de Robert Frank

 








        El fotógrafo ha visto un documental sobre Robert Frank. Y ahora no puede quitarse de la cabeza los pelos de loco de Robert Frank, su sonrisa hosca de niño travieso, su buen humor, su mal humor. La manera que tuvo de hacer lo que le dio la gana. Sus fotos, que le dieron la fama. Sus películas, que nadie vio. Sus hijos muertos. Su mujer en el taller con la ropa manchada de pintura. Su casa destartalada y fatalmente hermosa. Después de esto el fotógrafo, naturalmente, querrá ser como Robert Frank. Proyectará un viaje a lo largo y ancho de la tarde. Saldrá a la calle y hará solo fotos en blanco y negro. No tratará de agradar. Ni siquiera a sí mismo. No tratará de entender. No tratará de imitar. Solo querrá ser como Robert Frank.

miércoles, 2 de diciembre de 2020

Los zapatos del fotógrafo

 

   Cuántas veces dentro de los zapatos del fotógrafo hay un pintor que está deseando descalzarse y desplegar el caballete. 

    Si fuera posible pintar sin dejar de caminar yo sería ese pintor y mandaría la cámara a hacer puñetas para siempre.

miércoles, 15 de abril de 2020

La cueva



   Como una estrategia más ante el encierro, el fotógrafo decide salir a pasear por el pasado. Para hacerse con el salvoconducto pertinente no le queda otra que recurrir a la mediación del fotógrafo que fue. Se cita con él en la esquina de 2012 con 2013: no tan lejos como para no reconocerse, ni tan cerca como para confundirse uno con el otro. Miran a izquierda y a derecha. Con afecto contenido se dan la mano. 

   Deciden recorrer los lugares de siempre: las calles del barrio, los horizontes marinos, los senderos, las competiciones del hijo, la nieve. Todo aparece tocado de un cierto afán de exploración, era una cámara distinta, otras las distancias focales, buscaba la abstracción en los callejones de Cimadevilla, quería penetrar en el interior de las gotas de lluvia. Le emociona esa ingenuidad, ese impulso. Transitan también por los consabidos cumpleaños familiares, bosques de velas antes de la invención de los números. 

  Se detienen ante un desfile de charangas: ahí el fotógrafo comprende de pronto que es imposible viajar al pasado, no por ninguna prohibición, sino porque sencillamente no existe: en su lugar hay una serie trastocable de presentes, como una colección de diapositivas cuya única condición es la de no tocarse nunca. Ahora, después, entonces, no son adverbios sino topónimos más o menos útiles, igual que las horas del día obedecen únicamente a la necesidad de organizarnos. El fotógrafo sigue al fotógrafo a través de las fechas que son plazas, hayedos, fiestas de disfraces y sustituye esas fechas en las carpetas por referencias a lugares como haría un bibliotecario que ensaya un sistema de notación plausible. 

  Así, de archivo en archivo, los fotógrafos llegan a las inmediaciones de una cueva: el fotógrafo de entonces-aquí sonríe ante el gesto de sorpresa del fotógrafo de allí-ahora. Ambos se adentran en lo oscuro: aleteo de alas membranosas y agua hasta los tobillos, como en las viejas historias de Los Cinco. La foto toma cuerpo, es decir, cobra sentido. Al fondo de la cueva está su mesa de luz, su escritorio. Sobre la pared se agitan las sombras, ya lo dijo el filósofo. Se da la vuelta y detrás-antes no hay nadie. Cerca-todavía, vosotros.


miércoles, 12 de febrero de 2020

Incrustada



   Subexpuesta, ligeramente desenfocada. El fotógrafo no es consciente de haber tomado esa foto. Bosque caducifolio, invierno, tal vez cerca de un río. Ni siquiera recuerda haberse aventurado aquel día más allá de los pasillos del supermercado. Un viento feroz parece inferirse de la forzada curvatura de los troncos. En esa fecha, comprueba, solo soplaron ligeras brisas del norte. Se adivina tras la celosía leñosa el perfil de un monte. Sin embargo, para el que no las frecuenta, todas las montañas se parecen como se parecen entre si los rostros de una raza diferente a la nuestra. Las imágenes anteriores y posteriores carecen de cualquier relación con ella, incrustada como una gema o como una bala.

    Ahora el resto de fotografías de ese mes, de ese año, le importan poco. Esta es la única que salva. Cree encontrar en ella alguna clase de fuerza primigenia. O tal vez algo del impulso libre y creador que se imagina haber tenido en el pasado. También percibe en esta toma la perentoriedad de lo que clama: en su intrincada trama ¿no contendrá una prueba? ¿una pista? ¿Conduce a un crimen olvidado? ¿O el crimen es el olvido mismo? 

    Decide, no podía ser de otro modo, salir en busca de la concreta localización de esta fotografía. No sabe por dónde empezar, cualquier camino, cualquier dirección puede conducirlo a su objetivo o a un extravío definitivo. La imprime para poder mostrarla a los últimos habitantes de las últimas aldeas antes de que unos y otras desaparezcan. Alguien sabrá darle razón de su desmemoria. No se ha preguntado qué hará cuando encuentre el enigmático emplazamiento. Sabe que todo pasado es mítico y todo lugar un pasadizo.



miércoles, 8 de mayo de 2019

Cartografía




   En otro tiempo el fotógrafo echaba a andar y de vez en cuando se detenía y tomaba una foto. Él se creía un incansable rastreador de la belleza y tal consideración le satisfacía porque de algún modo le proporcionaba un parentesco, aunque fuera lejano, con la prestigiosa estirpe del artista. Pero si nos atenemos a los hechos, su condición era y es más bien la de un cartógrafo cuya tarea consiste en levantar el mapa no de un espacio físico sino de un espacio de la experiencia: la experiencia tan simple como extraordinaria de echar a andar y tomar una foto de vez en cuando. Solo a partir de ese mapa el fotógrafo sabe dónde se encuentra y qué lugar ocupa. La belleza no es más que un accidente del terreno.


miércoles, 24 de abril de 2019

Retrospección



   Pudo haberse debido a un deja vu que le enfrentó a la eterna repetición del tiempo y sus trabajos, o a un desfallecimiento momentáneo por haber dormido mal y comido a salto de mata, o al hecho accidental de haberse llenado la memoria. El caso es que llegado a cierto punto el fotógrafo consideró que ya había hecho suficientes fotos. Y no solo por aquel día sino también para el resto de su vida. 

    Porque lo cierto es que, teniendo en cuenta los miles y miles de imágenes que guardaba en sus cajas, álbumes, archivadores, deuvedés y discos duros, probablemente ya no le alcanzaran los años para revisar, ordenar, clasificar, procesar y positivar aquel ingente material en el que, de mejor o peor manera, ya estaba todo dicho. 

   Además, bien pensado, la decisión de no tomar más fotografías no dejaba de ser también un acto de afirmación artística: la voluntad de negar la foto implicaba una rebeldía frente al automatismo, la proliferación sin tasa y la devaluación masiva del arte contemporáneo. 

   Y todo ello sin olvidar que la abstinencia le permitiría contemplar el mundo con ojos nuevos y desinteresados: del mismo modo que el exfumador recupera el sabor y el aroma de sus platos más queridos, quién sabe si no descubriría él también nuevas facetas suyas y se atrevería a experimentar con otras formas de plasmar e interpretar la realidad. 

   Se convertiría en historiador de sí mismo, exégeta de su propia obra, cuyos significados permanecían ocultos bajo el aluvión informe de los años: convertiría sus sucesivas preferencias temáticas y formales en etapas, y sus caprichos en hitos. Era sin duda el momento de las retrospectivas. 

   Este trabajo desbordante sería el mejor antídoto contra la tentación de volver a tomar fotos. Ya se veía retratado por algún compañero de profesión, absorto entre sus archivos y pruebas de impresión como un orfebre entregado en cuerpo y alma a su tarea, en la penumbra del taller donde una lámpara iluminaría con precisión sus manos en el centro de la imagen sosteniendo unos viejos negativos, mientras una pantalla reflectora permitiría adivinar al fondo la amorosa textura del polvo sobre una cámara presta a gozar ya del prestigio irrebatible del pasado.

domingo, 17 de marzo de 2019

Fantasías animadas



   Como en mitad de un bosque: así se siente el fotógrafo entre los cascotes y grafitis de la vieja nave pues tienen la consistencia de lo natural, de lo que crece y se reproduce según sus propias leyes. Estudia el lugar a conciencia mientras con la cámara va tomando apuntes: sus dimensiones, la dirección de la luz, la geometría de las sombras, las paredes que servirán de fondo… Imagina enseguida dónde habrán de situarse los protagonistas de la sesión y mentalmente los agrupa, los distribuye. Así, esta construcción abandonada, cuya ruina va desnudando su estructura íntima en un proceso inverso al de su edificación, pero igualmente admirable, no menos metódico y mucho más inexorable, se va poblando de presencias que llegan de un porvenir cercano que el fotógrafo convoca. 

   De su primer uso industrial tan solo le quedan al edificio esos espacios grandilocuentes que con el paso de los años habrían de ser divididos en pequeños habitáculos por moradores que dejaron tras de si una galaxia desvencijada de muelles y listones. Siguiendo ese mismo curso temporal la mirada del fotógrafo va descendiendo poco a poco del continente a la minucia. Encuentra entonces calcetines desparejados, facturas que ya nunca llegarán a ser pagadas y juguetes que no hallaron un resquicio en el atestado maletero. Dentro del cascarón de cemento estos objetos chisporrotean como la memoria de una civilización lanzada al espacio. El fotógrafo se pregunta si habrá alguna manera de utilizar esta galería de recuerdos en su próximo proyecto. Si los fantasmas del pasado y del futuro serán capaces de entenderse.


jueves, 31 de enero de 2019

Agudeza visual



   Desde niño soy corto de vista. Mal que bien, pasé por el estigma de las gafas, un torpe injerto de lentillas y la ansiada cirugía milagrosa. Pero, para qué engañarme, sigo siendo corto de vista. 

  Con los años he terminado por asumir mi condición y he logrado acostumbrarme a un mundo inacabado, sin aristas, y a un cierto grado de inconcreción en todas las cosas. 

  Condenado a vivir en permanente lejanía, he aprendido a reconocer a mis amigos y vecinos por su forma de caminar, mucho más fiable que los rasgos indefinidos y cambiantes de su rostro. 

  Cuando cae la luz enmudecen para mí los carteles publicitarios y se funden farolas con semáforos. Sustituyo entonces las certezas por indicios. Y si he de conducir procuro hacerlo por lugares familiares en los que dejo que la memoria del día me guíe por los caminos borrados de la noche. 

  Fotografío siempre por aproximación y solo cuando veo las fotos en la pantalla de la cámara o del ordenador descubro la multitud de los detalles que convierten al mundo que me rodea en un lugar tan prolijo como inabarcable, pero no más bello. 

  En el fondo de mí albergo el miedo inconfesado a quedarme ciego algún día. Por eso a veces, como el que anticipa y acepta su destino, cierro los ojos y sigo disparando.


miércoles, 14 de noviembre de 2018

Un paso por detrás



   El fotógrafo sabe, no es nada nuevo, que para atrapar el instante es preciso anticiparlo. Cálculo, apuesta, intuición, son los instrumentos con los que intenta manejar una sustancia tan volátil. Esto convierte al fotógrafo en una especie de adivino de cortos vuelos, un profeta de lo inmediato. Podría pensarse que al reducirse el margen temporal se reduce también el margen de error, pero nada más falso. Solo la experiencia, que viene a ser poco más que el resultado de nuestras estadísticas privadas, le permiten afinar un tanto en las predicciones, igual que les ocurre, dicho sea de paso, a los adivinos de mayor alcance. 

  Sin embargo, no se trata tanto de adelantarse a los acontecimientos como de tener una perspectiva lo suficientemente amplia que permita multiplicar el número de opciones para tener así alguna posibilidad de éxito. Por eso al fotógrafo -a este fotógrafo- le gusta ir siempre un paso por detrás, para darle espacio al tiempo, hacerle sitio. Practica así el arte de la mínima desincronización: es impuntual pero con estudiada exactitud. Acostumbra a dejar que otros tomen la primera foto y, como el viejo jugador de bolsa o el buen bebedor, procura hacer siempre la penúltima. Es así como ha aprendido que la luz más pura y los colores más intensos y las sombras más sólidas acontecen justo antes de perder toda esperanza.


miércoles, 6 de junio de 2018

La chica de los números



   Hay fotografías que se imponen desde el mismo momento en que son tomadas, o incluso antes. Otras en cambio aguardan pacientemente a ser llamadas desde el banquillo de los eternos suplentes. Es el caso de esta imagen de hace casi cinco años a la que he regresado a través de la interminable sucesión de las escalas de la luz y de la sombra, del recuerdo y del olvido. Hoy la chica de los números vuelve a cruzar la calle y mi espera al fin tiene su recompensa.


martes, 10 de abril de 2018

Todo el silencio



   Mientras camina por esa penumbra de cuarto oscuro que envuelve el amanecer de la ciudad, al fotógrafo se le va revelando la verdad de su búsqueda y cae en la cuenta de que para él la fotografía es ya el único reducto de silencio: la fotografía nace del silencio y en el silencio persiste como en una solución pura y transparente. 

   Descubre que la ciudad y sus habitantes librados al silencio de las fotografías quedan en suspensión igual que partículas detenidas en una atmósfera sin gravedad, sin tiempo. 

   Comprende que el ruido es una de las formas en las que el tiempo se materializa y que, aunque no es posible detener el tiempo, sí lo es insonorizar algunas habitaciones. 

   Observa que en el silencio cada elemento encuentra su sitio: entre la piel del guante y la piel de la mano está el silencio. Como una fina película adhesiva. Una película muda de un solo e infinito fotograma. 

  Comprueba que todas las fotografías juntas, todos los silencios amontonados, forman un ruido ensordecedor: el ruido total equivale a la suma de todos los silencios. Pero tomadas de una en una, cada fotografía encierra el silencio entero. 

  Aprende, en fin, que las fotografías son contenedores de silencio que esperan dentro de las cámaras, acorazadas y a temperatura constante, a ser transportados hasta nosotros. Solo entonces los contenedores son abiertos y el silencio se va arrellanando en nuestro interior, colmando poco a poco el laberinto.



viernes, 16 de marzo de 2018

Duelo al atardecer



   Se sorprende al verme. No esperaba encontrarme allí, a esa hora de luces inciertas, esa hora que es tan suya, la de ir tomando posiciones, la de ponerle cara a las sombras justo antes de que se desvanezcan. Él, que con los años ha aprendido a disolverse, a no molestar, a pegarse a las paredes, practicando desde el día en que nació hasta convertirse en maestro de la irrelevancia. 

   Comienza a caminar hacia mí con intención oblicua, abriendo un ángulo tal que al acercárseme también se aleja, siempre buscando la tangente. A mi vez voy separándome de él, hasta encontrar un rumbo de ceñida por el que aproximarme. Esa danza tiene algo de combate de púgiles sonados. Un haz de luz barre el cuadrilátero. Sin tocarnos, sin necesidad de hacerlo, nos reconocemos en nuestras disímiles soledades. Mantenemos la distancia con mimo: es el espacio necesario para vernos de cuerpo entero, tal cual somos. 

   Luego hay un punto en el que la propia deriva de nuestras órbitas nos hace perder contacto y salimos despedidos del plano en direcciones opuestas. Desciende el aire azul sobre el promontorio. Observo por el rabillo del ojo cómo guarda la cámara. Oigo cerrarse uno a uno los dientes de la cremallera.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Fruto de temporada



   En esta tarde de diciembre una vibración de bronce resuena en las pupilas del fotógrafo como una llamada. Echa a andar y al borde del acantilado descubre a un pescador que con las cañas bien dispuestas confía a la espera toda su esperanza. Muy cerca un recolector de setas peina la hierba húmeda y da forma concreta al afán y a la búsqueda. Cada uno a su modo recoge los frutos del azar y escucha el silencioso crujir de la maquinaria del tiempo. Poco después todo se disuelve y ya solo queda el momento triste del recuento.

lunes, 24 de julio de 2017

Mira por donde



    Poco después de tomar esta foto, anduve un rato sin rumbo por las callejuelas de Arnedo hasta que me detuve en una esquina tratando de ubicarme de nuevo y avistar a mis compañeros de viaje. Me abordó entonces una mujer ya de cierta edad y me pidió un número para el sorteo del día. Lo hizo con tal seguridad que tardé unos segundos en reaccionar: creo que se confunde, le dije, ay, perdone, y sin más se fue, con el mismo paso resuelto con el que había llegado. Supongo que la señora iría pensando en sus cosas y de pronto mi cámara al cuello y mi mirada un tanto perdida le recordó la estampa del vendedor de cupones callejero con su familiar ristra de la suerte. La anécdota sirvió para unas risas y fue engullida inmediatamente por el tráfago propio de los viajes de fin de semana. Pero no deja de tener su miga que aquella buena señora confundiera a un fotógrafo con un ciego. Me da por pensar que, a lo mejor, es más lo que nos une que lo que nos diferencia: una misma alerta y esa necesidad de extraer de la confusión intrínseca del mundo las señales con las que orientarnos. Vete tú a saber, tal vez el ejercicio de tomar fotografías es solo un remedio parcial contra algún tipo de ceguera mal estudiada. Por lo demás, aunque me alegro de poder ver, me hubiera gustado dar a aquella mujer desconocida el trocito de suerte que me pedía.


viernes, 22 de abril de 2016

Fotofagia



    Entre fotógrafo y fotófago hay apenas un paso, una mínima alteración genética, la evolución natural en ese eterno proceso de adaptación al medio. El fotófago busca la luz, la olfatea casi, sigue infatigablemente su rastro hasta dar con ese núcleo brillante que se manifiesta en el aire antes que en la superficie de las cosas. Entonces empieza a alimentarse, al principio con cierto atropello para después, cuando logra saciar su apetito más urgente, degustar cada hebra, mientras se produce la lenta transformación en los azúcares que le son necesarios para su supervivencia. No es raro que algunos fotófagos se sientan a gusto entre las plantas.


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