martes, 2 de junio de 2020

Luzimiento


(Pincha en la imagen para verla a mayor tamaño)

   Primero realiza aquí y allá algunas incisiones. Después, con la delicadeza de quien ama lo que hace y con la determinación del que conoce bien su oficio, introduce los dedos y profundiza en las oquedades hasta alcanzar el último de los intersticios. El saúco, el mirlo, la zarza, el avellano, el rosal, la tórtola, la piedra en la corriente, la rama quebrada, la tela de araña, la araña, el cadáver de la mosca, cada gota que el rocío dejó sobre las afiladas hojas de los lirios. Una a una las extrae y las dispone limpia y separadamente sobre la mesa de disección, donde por un instante lucen como objetos en venta o como palabras en un diccionario, para después volver a introducirlas y encajarlas con un leve giro de muñeca. El fotógrafo se limita a seguir sus indicaciones. Tráeme aquello, sujétame esto. Obedece ciegamente. En realidad no lo necesita, pero se ha acostumbrado a él. De vez en cuando le arroja algún despojo: el fotógrafo lo atrapa de un salto y echa a correr. Resulta tan gracioso. A solas continúa su labor. Trabaja de sol a sol. Tiene todo el día por delante.


domingo, 24 de mayo de 2020

Nubes y claros




   En un mismo parpadeo se disipan las brumas del sueño y de la aurora. He debido de quedarme dormido unos segundos pero la vieja avioneta planea sustentada sobre columnas invisibles y parece conocer el rumbo mejor que yo mismo. Entre las nubes se insinúa por fin el contorno recortado de la isla. A seis mil pies ya comienzo a distinguir la fina hilatura de los ríos. Bífidas lenguas de mar se adentran en las gargantas de sus acantilados. A medida que desciendo reconozco las columnas de ganado en busca de la frescura de los pastos, la geometría familiar de los primeros tejados. Juraría que el aroma amable del café asciende ya hasta el interior de la cabina. Llega el momento de tocar tierra, de sentir toda la contundencia del mundo que me espera concentrada en esa firme sacudida que ya debería haberse producido y, sin embargo, no llega, y en ese intervalo que se alarga más allá de la exigua longitud del descampado, tengo tiempo para distinguir entre el plumón de los vilanos, el troquel palmeado de la hoja y sus arterias, las hacendosas hormigas, el brillo de una esquirla de metal y de nuevo el aroma penetrante del café certificando que con total seguridad he tomado tierra.


viernes, 15 de mayo de 2020

La noche




   Fíjate en toda esa noche que se agolpa al final de la barra, allí donde rompen las olas y se apuran botellines de mahou y cocacolas

   Siente cómo se ajusta la noche a la pátina del aire: es la misma precisión con qué se acoda el cebo en el anzuelo. 

   Atiende al silbido del sedal contra la sombra, mira cómo lo alza el látigo del faro, cómo rueda la ruleta del carrete. 

   Escucha cómo profundiza la plomada a través de la corriente.

   Advierte, pez, cómo llega la noche.


viernes, 8 de mayo de 2020

Nota al margen



Frente a tanto bolo dando bola 

a los que tienen bula para tirar con bala 

cargada de bulos,  

levemos velas, que vuele el velo 

y dejemos a los viles 

en vilo.

Vale.


miércoles, 29 de abril de 2020

Terra incognita



   Podría ser un espejo o el andén 9 y 3/4 de King's Cross Station. Pero esta vez se trata de un árbol, un humilde espécimen urbano afincado en una acera poco transitada. El hombre, que mientras pasea va pensando en sus cosas, se despista un segundo y atraviesa el tronco del árbol limpiamente. Se detiene, se palpa la frente, el pecho, se mira las palmas de las manos: incólumes (bueno, tal vez las uñas necesitaran un repaso). Se vuelve y la corteza firme del árbol le devuelve una única certeza: ahora está del otro lado. 

  Este lado otro se caracteriza por ser un lugar inexplorado. Pero en apariencia no se distingue del mundo que acaba de dejar: también hay una calle con árboles simétricos que parece una prolongación de la anterior. A primera vista es una copia fidedigna, demasiado fidedigna. La sospecha pone a trabajar a todos sus sentidos: en busca de algún desliz rastrea el olor a yodo del cercano malecón o la correspondencia entre la matrícula y el  modelo de los coches. Cree medir un exceso de retardo en el sonido de un avión que surca el cielo. 

  Tanto superávit de atención lo agota pronto. Se da por vencido: la réplica es perfecta y no hay show ni Truman que valgan. Se siente estafado. Para una vez que se tropieza con un portal interdimensional, acaba en una realidad idéntica a la suya donde la única falla parece ser él mismo. Arde de indignación y busca en la mirada de los otros una pizca de solidaridad. Parecen no verle, aunque lo esquivan con absoluta precisión. Hasta en esto ambos mundos se repiten. 

  Justo entonces, en lo más hondo de su abatimiento, comprende que esa es precisamente la singularidad de este universo paralelo: de entre todos posibles ha accedido al único isócrono e isométrico respecto al suyo. Tan extraordinaria coincidencia le hace sentirse casi un elegido y llevado del entusiasmo ensaya unos pasos de baile alternados con alguna tímida cabriola, que sin apenas darse cuenta le devuelven al árbol del que partió. 

  Lo examina ahora con pasión de entomólogo. Con pericia de desvalijador lo ausculta. Pero no tratará de encontrar quicio ni resquicio en la madera, pues al no haber diferencia entre ambos territorios tampoco tiene objeto volver a atravesarla. El concepto mismo de volver carece de sentido y como no encuentra otro que aquel que el árbol señala, a su alrededor el hombre se ensortija, trepa y ramifica: fibra a fibra, como el amante ciego, va levantando el mapa de una nación inabarcable. En lo alto de la copa, el hombre al fin se planta, se embosca. Allí no quedan lados sino alados horizontes, luz y contorno.


jueves, 23 de abril de 2020

Esencial



   Esencial: dícese de aquello que se encuentra al final de algo, siendo lo mismo que había al principio.


miércoles, 15 de abril de 2020

La cueva



   Como una estrategia más ante el encierro, el fotógrafo decide salir a pasear por el pasado. Para hacerse con el salvoconducto pertinente no le queda otra que recurrir a la mediación del fotógrafo que fue. Se cita con él en la esquina de 2012 con 2013: no tan lejos como para no reconocerse, ni tan cerca como para confundirse uno con el otro. Miran a izquierda y a derecha. Con afecto contenido se dan la mano. 

   Deciden recorrer los lugares de siempre: las calles del barrio, los horizontes marinos, los senderos, las competiciones del hijo, la nieve. Todo aparece tocado de un cierto afán de exploración, era una cámara distinta, otras las distancias focales, buscaba la abstracción en los callejones de Cimadevilla, quería penetrar en el interior de las gotas de lluvia. Le emociona esa ingenuidad, ese impulso. Transitan también por los consabidos cumpleaños familiares, bosques de velas antes de la invención de los números. 

  Se detienen ante un desfile de charangas: ahí el fotógrafo comprende de pronto que es imposible viajar al pasado, no por ninguna prohibición, sino porque sencillamente no existe: en su lugar hay una serie trastocable de presentes, como una colección de diapositivas cuya única condición es la de no tocarse nunca. Ahora, después, entonces, no son adverbios sino topónimos más o menos útiles, igual que las horas del día obedecen únicamente a la necesidad de organizarnos. El fotógrafo sigue al fotógrafo a través de las fechas que son plazas, hayedos, fiestas de disfraces y sustituye esas fechas en las carpetas por referencias a lugares como haría un bibliotecario que ensaya un sistema de notación plausible. 

  Así, de archivo en archivo, los fotógrafos llegan a las inmediaciones de una cueva: el fotógrafo de entonces-aquí sonríe ante el gesto de sorpresa del fotógrafo de allí-ahora. Ambos se adentran en lo oscuro: aleteo de alas membranosas y agua hasta los tobillos, como en las viejas historias de Los Cinco. La foto toma cuerpo, es decir, cobra sentido. Al fondo de la cueva está su mesa de luz, su escritorio. Sobre la pared se agitan las sombras, ya lo dijo el filósofo. Se da la vuelta y detrás-antes no hay nadie. Cerca-todavía, vosotros.


miércoles, 8 de abril de 2020

Los huertos salvajes



   En un rincón de la sala, donde la cristalera recoge la mejor luz y el calor de los últimos rayos de la tarde, hemos hecho un semillero. Antes fuimos guardando los vasitos del yogur, como cuando éramos niños, y una caja de poliespán que nos dieron en la pescadería. Cuando todos los augures fueron favorables, hundimos ligeramente en el manto oscuro las semillas: guisantes, tomates, calabacines, lechugas y un par de jalapeños. Con un pulverizador dejamos caer una niebla fina y provisora. Por un instante fuimos nube. Volvimos entonces la mirada hacia la tierra. Y esperamos.

   El día que asomó la primera brizna verde contuvimos a duras pena la alegría, no fuera a malograrse el pequeño milagro de la vida. Con inseguridad de primerizos dudamos acerca del grado apropiado de humedad, de la temperatura justa. Nos la jugamos, confiamos en el impulso germinal, qué otra cosa podíamos hacer. 

  Al poco comenzaron a desperezarse los cotiledones. Sin disimular nuestro orgullo sacamos los recipientes a la intemperie de la terraza. Solo un rato, con tiento y un ojo puesto en los vaivenes del nordeste sobre los débiles tallos. Resistieron. Semana tras semana siguieron creciendo de acuerdo a su destino. 

  Ahora conforman una selva incipiente donde se impone la ley del más fuerte. Una selva que empieza a presentar algún desmayo, algún verde no tan verde, leves síntomas de agotamiento. Callamos pero sabemos que esta tierra entre paredes se nos está quedando corta. 

  Afuera, sin azadas ni cuidados, crecen los huertos incultos, bárbaros y abandonados a su propia belleza. Sin censor ya no hay buenas ni malas hierbas. Y las berzas han dejado de guardar las formas para darle forma a nuestras pesadillas. Es tiempo de temores antiguos: de nuevo clamamos a los héroes, maldecimos al monstruo, hacemos votos y promesas. Los vates de turno ya componen cantares de gesta adaptados a los gustos de la época. Pero ¿qué será de todos estos brotes? ¿tendrán tiempo y lugar para el arraigo? Vuelvo la mirada hacia la tierra.


jueves, 2 de abril de 2020

Leyenda urbana



   Cuentan que cuando al cabo de los meses los gobiernos decidieron levantar la orden de confinamiento, muchas personas optaron por continuar en sus casas. Es posible que el miedo, infundado según las autoridades pero alentado por toda clase de rumores, tuviera algo que ver, pero para muchos lo decisivo fue el descubrimiento de un nuevo modo de vida. Y es que, paradójicamente, la reclusión supuso también una suerte de liberación: adiós a los horarios, al tráfico imposible, al aire envenenado, a los éxodos en vacaciones, al tedio infinito de los centros comerciales... Frente a una aparente movilidad en circuito cerrado, el espacio de la casa resultó ser un reducto de verdadera autonomía. 

   Cuentan que, pocos años después, cuando la interconexión digital alcanzó un desarrollo tal que era capaz de adelantarse a las más ínfimas necesidades de los ciudadanos, los aislados formaban ya una comunidad de millones de miembros repartidos por todo el mundo, cuyo poder, influencia y atractivo crecían de día en día. Antes de que los sociólogos pudieran dar cuenta del fenómeno, las calles ya no eran otra cosa que canales de transporte donde vehículos sin conductor repartían sus mercancías en eléctrico silencio. Y los edificios sin ventanas ni balcones, cada vez más eficientes, se convertían en modelos de sostenibilidad. Revertir el cambio climático dejó de ser una utopía. 

  Cuentan que algunos individuos, nostálgicos, rebeldes, locos, aún se aventuraban a explorar la inhóspita soledad de las ciudades. Hubo incluso quien apostó por una vida de nómada sin techo. 

   Cuentan que aún hoy seres ambulantes vagan por el submundo exterior, que duermen al raso, que se alimentan de restos. Nadie los ha visto. Son solo leyendas urbanas que, tras las fachadas ciegas, animan nuestras noches sin fin.


jueves, 26 de marzo de 2020

Mientras




   Como un tardío parte de estragos de una guerra librada en ultramar, así solemos tener noticia del vuelo del tiempo, al cabo de los años. Pero en ocasiones lo inesperado irrumpe, deja en espera los quehaceres y de pronto comenzamos a experimentar el tiempo en tiempo real: atónitos observamos lo nunca visto: el paso de las nubes, el declinar de la luz y sus matices, el borde estricto de los cuerpos, incluidos los nuestros. Rebosantes de horas, librados de urgencias, pretendemos entonces ocupar el tiempo sin darnos cuenta de que es el tiempo el que ahora nos ocupa. Ya no hay un mientras que oculte la sustancia de la vida. Y reconozcámoslo, tampoco estábamos preparados para esto.


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