Desbrozar los caminos del aire,
hacerlo transitable.
Coserle a la noche un ámbito de
transparencias, revelar su piel.
Construir un palacio de la ópera
para los grillos que nunca duermen. O una catedral temblorosa, con los nervios
de punta.
Cuando llueva, deslindar la
lluvia.
Tender una red para trapecistas
que no pidieron ser salvados, y menos de esta forma.
Montar un resorte sin
engranajes, un engranaje sin dientes, una boca sin labios.
Labrar el vacío para acoger la
semilla de la desesperanza.
Con estas cosas y otras
parecidas entretiene la araña sus horas más largas y de paso amplía su
destreza.






