domingo 5 de julio de 2009

Reiniciando

Amanecer en la escalera O - Gijón

lunes 8 de junio de 2009

Componiendo amanecer


Este blog se va a tomar un pequeño descanso. Y yo con él, espero. Me gustaría que fuera un tiempo de reconstrucción de la mirada, un tiempo para decidir si es mejor sellar las fisuras que van apareciendo o agrandarlas. Un intervalo sin más obligación que la de la pura expectativa, y sin más meta que la de recuperar de nuevo el placer antiguo de la incertidumbre. Prometo que la pausa durará solo hasta que acabe. Mientras tanto nos cruzaremos visitando otros blogs menos perezosos.

jueves 4 de junio de 2009

Entrada promocional


Desde el pasado lunes tengo unas fotos aparcelando las paredes de un café de Gijón. Confieso que cada vez que me acerco al lugar en cuestión siento un pequeño cosquilleo en esa parte del estómago donde confluyen las terminaciones nerviosas de la incertidumbre. Y es que la gente no lo sabe, pero cada marco contiene en realidad un cultivo que he querido exponer a toda clase de elementos externos. En esos cultivos crecen las malas hierbas de mi ego, pero junto a ellas lo hacen también otras plantas que pueden servir de alimento a las miradas curiosas, a las miradas casuales, a las benévolas y a las indiferentes. Cuando entro en la cafetería la incertidumbre se calma desde el momento en que compruebo que todo está en su sitio. La mente científica requiere antes que nada orden y método. A continuación indago acerca de los efectos que ha podido producir su ingesta en los visitantes: mareos, somnolencia, vértigo, apatía, confusión mental, euforia, estreñimiento… En casos aislados fotosensibilidad y visión borrosa. Pero he de decir que hasta el momento la mayor parte de los efectos adversos han sido leves y reversibles. De todos modos se recomienda evitar una exposición prolongada a la mencionada exposición temporal. Interacciones no se han descrito, pero en ello estamos.
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(Ah, por cierto, podéis seguir llamándome Xuan, por favor)

lunes 1 de junio de 2009

Apuntes


Aún no tengo claro si en los bolos asturianos es más importante tener buena mano o tener buen ojo. No solo puntúan los bolos que se derriban sino también el lugar donde cae la bola después de derribarlos. O sea, que además de saber tirar hay que saber caer. Pero en la manera de apuntar no hay reglas y ahí es dónde cada uno inventa el juego. Se puede atinar incluso a ojos cerrados. Yo procuro tenerlos bien abiertos y aun así, o tal vez por eso, las más de las veces tiro donde no es y caigo donde no debo. Habrá que probar otra forma de coger la cámara para que sea más certero su vuelo. O cerrar los ojos y apuntar menos.

jueves 28 de mayo de 2009

Otra de ventanas


Con la ventaja de que, si logras abrirla, puedes arrojarte por ella sin peligro.

lunes 25 de mayo de 2009

Cuarto de cebolla


De pequeño me enseñaron que el orden de los factores no altera el producto. Pero todo el mundo sabe que la cocina es algo más que pura matemática. Por ejemplo, si tenemos una cebolla, una mano y un cuchillo, dependiendo de cuál sea el orden en el que se superpongan estos elementos, obtendremos finalmente un revuelto, una ensalada o una carnicería. En cualquiera de los tres casos, eso sí, terminaremos llorando. Vaya, ¿será precisamente éste el sentido último de aquel principio que me enseñaron de pequeño?

jueves 21 de mayo de 2009

Cáscara y corteza


Es curioso.
El eucalipto, sedentario por naturaleza, anda siempre de mudanza,
quiero decir,
mudando de corteza.
En cambio, el caracol, nómada incansable de las microdistancias,
no se muda jamás,
y termina sus andanzas cuando su cáscara creciente
alcanza la necesidad de los cimientos.
Uno no está del todo quieto. El otro no es del todo libre.
Los dos entrecruzan sus sueños. Tal vez se mienten.
Y a su manera,
son felices.

lunes 18 de mayo de 2009

Contemplativa intrépida

Embalse de Arbón-Boal (Asturias)
Hay instantes que son apenas nada: el temblor de un trampolín bajo el peso de un cuerpo. Por el resquicio que queda entre la piedra y el musgo, viaja instantáneo ese temblor y llega hasta ti, de pie sobre la orilla callada. También él, por primera vez en todo el día está en silencio. Tú estás a punto de decirle que tenga cuidado, que no se acerque mucho al borde. Pero prefieres guardarte tu temblor, prefieres dejar que él sienta el suyo sin tus interferencias. Entonces llevas la cámara a los ojos y, como acostumbras, aprietas el botón. Dotada de un potente sistema antitrepidación, la máquina recoge fielmente la escena en toda su quietud. Y todo lo demás se olvida, como el registro de un seísmo sin daños.

jueves 14 de mayo de 2009

Paravuelo


Estaba firmemente convencido de que volar era solo una cuestión de convencimiento. Y desde luego, nunca consideró que carecer de alas fuera un inconveniente, sino más bien todo lo contrario: un acicate. Por eso, aquella tarde en la que logró elevarse del suelo de una forma duradera, no experimentó sorpresa sino satisfacción, además de un ligero cosquilleo en cada uno de los remaches de sus ballenas de fibra reforzada. En seguida ganó altura y cuando quiso darse cuenta ya estaba dejando atrás bosques y praderas. A las dos horas de travesía sintió una ligera indisposición: necesitaba plegarse para desentumecerse un poco. Pero al parecer, dejar de volar requería dosis aún mayores de convencimiento. Tras cuatro días reforzando su autoestima lo logró y empezó a descender justo en el momento en que amainó el viento del oeste, lo que consideró una feliz coincidencia, además de un excelente augurio.

lunes 11 de mayo de 2009

La escalera indiscreta


Este instante sucedió hace ya algo más de un año. Debido, supongo, a la superposición de otros instantes, la imagen quedó sumida en el archivo, pero permaneció en una especie de limbo de la memoria. Hoy, buscando otra foto en el baúl del disco duro, apareció ésta de nuevo, con el mismo aire casual de la primera toma. Y volvió a asomar la chica su rostro, o tal vez, quien sabe, lleva todo este tiempo en esa incómoda postura, interrogándose acerca de las intenciones de mi mirada indiscreta. Ya va siendo hora, pues, de darle la oportunidad de obtener una respuesta. Yo, como acusado, me acojo a la quinta enmienda, y callo. Prefiero que hablen los demás, aunque lo hagan en mi contra. Por ejemplo, Alfred Hitchcock, que de miradas sabía un rato, dijo a propósito de su obra preferida, “La ventana indiscreta”, que: “Quien ve en este filme solo una diversión, se parece mucho a su protagonista, que se contenta con observar la vida de los demás, desde lejos, para evitar examinar la suya propia”.

jueves 7 de mayo de 2009

Contemplativa bucólica


Tal vez porque en tiempos remotos y felices fui pastor interino, a tiempo parcial y cubrebajas, es por lo que aún veo en el prao lentamente pacido por las vacas una tierna prefiguración del paraíso. No debo ser el único, pues a menudo esa escena se utiliza como icono de una pureza y una pereza imposibles que, pese a todo, podemos adquirir higiénicamente envasadas en los mejores supermercados y agencias de viajes. Lo curioso es que a medida que la presencia del icono se ha ido haciendo más frecuente, cada vez se ha puesto más difícil ver unas vacas haciéndole al pasto los honores con su sencilla parsimonia. Alguna queda en algún risco subvencionado, pero las más permanecen estabuladas día y noche como ponedoras obedientes. Sin embargo, la estampa sigue funcionando. Podríamos prescindir sin mayor problema de la leche, mas no de su publicidad, nunca de su promesa seductora. Ni de la ilusión de que aún es posible sentarse a contemplar como engorda la vaquina y a pastorear las moscas que enciende el sol del mediodía.

lunes 4 de mayo de 2009

Posos


La playa amaneció cubierta del limo oscuro de nuestras bodegas, el desecho inservible de nuestros trabajos, una vez reducidas a polvo las entrañas de la tierra. Era el poso de todos los cafés tomados a cientos de millas mar adentro, el poso en el que podía leerse completo mi pasado, incluido el de los próximos veinte años. El cielo en cambio parecía traer la promesa de un lavado de cara, una lluvia futura en avanzado estado de gestación. Como estaba de permiso me quedé a observar la evolución de la mañana. Los volúmenes de las nubes fueron ganando solidez, más firme cada vez el trazo de sus contornos, más profunda y cierta su promesa. Por su parte los restos del carbón con la marea creciente perdieron pronto toda consistencia, y se fueron diluyendo en una nebulosa incomprensible. No sé en qué momento se produjo el intercambio. Solo sé que aquel día no llovió y que la marea cubrió la arena por completo.

jueves 30 de abril de 2009

Foto finish


La verdad es que ni siquiera debí haber tomado la salida. Si Aquiles, atleta de reconocida fama y prestigio, todavía hoy sigue tratando de dar alcance a la exasperante tortuga, ¿cómo pude pensar yo en vencer a un perro joven y animoso como Rex? Nada más arrancar ya supe que tenía la carrera perdida. Entre las zancadas quinta y sexta logré recortar un poco las diferencias, circunstancia que aproveché para el disparo, pero antes de los 50 metros ya me sacaba varios cuerpos de ventaja. Y cuando digo varios quiero decir demasiados para ser contados. Una vez en casa, recuperado el resuello, que no el orgullo, analicé la imagen para ver si me era posible descubrir en ella algún indicio de la causa del desastre. Fue en una de las versiones en blanco y negro donde di con la radiografía perfecta. El perro no corre, se desliza con el “prao”, llevado en volandas por la hierba, igual que un delfín sobre la superficie del océano. Yo en cambio hice mi carrera por el camino de grava y tierra apisonada que discurría paralelo, más o menos con la misma gracilidad de un escalador pertrechado de mosquetones y arneses contra la pared de una montaña horizontal. No fue una competición justa, pero el no tuvo la culpa. Simplemente jugamos en ligas diferentes. Por eso aprecio aún más la paciencia que muestra conmigo. Solo una vez estuvo inquieto esa tarde: cuando me tumbé para aprovechar mejor un rayo de sol entre las nubes. Antes de cinco minutos caía el chaparrón, inesperado solo para mí.


lunes 27 de abril de 2009

Ventanas en Cimadevilla



Si quieres acercarte para imaginar mejor, para adivinar lo que hay al otro lado, detrás de las ventanas, llama con un clic, pero no esperes que se abra. Como si fuera un juego, o un concurso de participa y gana, dime cuál prefieres: la ventana en el suelo, la ventana sellada, la ventana de sombra y sol, o la ventana abarrotada de esperanza inesperada. Elige mientras aún es de día, y regresa cuando caiga la noche. Sierra entonces los barrotes, retira la tabla, levanta la trampilla o practica, si fuera necesario, un boquete en la fachada. Después entra, estás en tu casa. Pero antes detente un instante, el preciso para que salgan los fantasmas. Y escucha sus historias, si tienen a bien contarlas, de legiones romanas, pestes medievales, móviles murallas, pesadillas de corsarios, aceite de ballenas, artillerías heróicas y algaradas alcohólicas de fines de semana. Escucha y no olvides que son los fantasmas grandes inventores de lamentos. Cuando hayan terminado, entra al fin, y para no tropezar acuérdate de levantar el largo faldón de tu hábito de sábanas.
(Cimadevilla es el barrio antiguo de Gijón, laberíntico y húmedo como deben ser los barrios antiguos)

jueves 23 de abril de 2009

Bosquejo

La Biescona, Colunga (Asturias)

Hoy, día del libro, me apetece hablar del bosque. Es un bosque que desciende por un valle estrechísimo, tapizando un cauce por el que solo en raras ocasiones asoma un hilo de agua huido de la corriente subterránea. Al principio, en su parte alta, el bosque se aparece bajo la forma del hayedo, desnudo todavía y perezoso bajo el embozo del musgo. Delfino, el maestro de mi hijo, ha querido que le acompañemos en el paseo (o ha querido acompañarnos, que no lo tengo claro) y aprovecha para enseñarnos a leer, apenas las primeras letras: empezamos por distinguir en cada tallo incipiente el árbol con nombre y apellidos que aspira a ser un día, y después aprendemos a entender el ansia de luz del haya centenaria y su explosión de ramas, también a poner fecha a los cadáveres caídos en medio del camino a manos de los sucesivos temporales, a elegir la piedra que hay que levantar para sorprender a la incauta salamandra, o a descubrir dónde holla el gamo y dónde hoza el jabalí. En seguida, a fuerza de observar no podemos evitar el sentirnos observados. Y ya no estamos solos. Todo son señales, todo inminencias sutiles. Detrás de un farallón calcáreo, el hayedo se transforma en bosque de ribera: olmos, arces y avellanos con sus verdes chillones de raitanes y mirlos y un camino de agua que corre y de barro que detiene, nos llevan a divisar allá a lo lejos, y a la vez tan cerca, el mar, una pizarra vacía para la clase de mañana. Me habría gustado traer imágenes de todo esto, un cuaderno de campo con anotaciones en los márgenes, prueba de que soy alumno aplicado y de que hoy es el día del libro. Pero la cámara anduvo algo despistada. Ella habla otro lenguaje, no atiende bien a los detalles y siempre el bosque termina por quedársele en bosquejo.