La intimidad del cuerpo no reside ahí donde nos han contado con interesada insistencia desde siempre. No, la intimidad del cuerpo habita en ese impreciso enclave anatómico al que tu mano no da alcance, esa parcela inabordable para el jabón, la misma en la que anida otras veces un picor y se hace fuerte. Justo ahí, en esa franja que solo conoces por referencia de personas interpuestas a través de los espejos, encuentra el cuerpo su horizonte. Y a medida que el cuerpo avanza a lo largo y ancho de los años, aumenta sin descanso lo recóndito. Lleva tiempo descubrir que lo más íntimo, lo más propio del cuerpo propio es aquel desconocido lugar al que solo llega la mano del otro.
Calendario de instantes
2ª temporada
jueves, 16 de mayo de 2013
viernes, 10 de mayo de 2013
Mirar a tientas
“Mirar a
tientas”, dijo el fotógrafo ciego con renovada determinación; y de la espesura
tomó cuerpo el rumor de un aleteo.
martes, 30 de abril de 2013
Fotografiar la Alhambra (y IV)
Hay que tener mucho ojo con los miradores: son lugares
desde los que mirar pero también, a poco que te descuides, lugares que miran
por uno. Así ocurre por ejemplo en la plaza de San Nicolás, ese balcón del
barrio del Albaicín convertido ya en una prolongación de la Alhambra gracias al
puente sobre el Darro que a diario tienden miles de miradas. Desde allí se nos
ofrece una vista manufacturada y unívoca de la ciudad-fortaleza, su versión
oficial. Casi diríamos que más que la Alhambra, lo que vemos desde esta atalaya
es su maqueta: los muñequitos que pululan por sus murallas confirman esta
impresión. Eso no impide que el deslumbramiento se produzca igualmente y que
las cámaras se disparen de inmediato como movidas por un resorte. En realidad más que una
foto lo que obtiene el visitante es una acreditación y tal vez por eso reina en
este lugar un bullicio tranquilo y ordenado, como de negociado eficiente, pero
también, por qué no, de miniatura urbana, con su policía omnipresente, su
vendedor de azares, sus niños ruidosos, sus músicos de calle, el fotógrafo
ambulante ofertando inmortalidades a tres euros, sus bares y sus microbuses,
sus jóvenes, sus viejos, el descuidero de mochilas, los vagabundos con sus perros
y todos los extranjeros que una ciudad necesita para serlo. Esa ciudad que un
día fue la Alhambra y que hace tanto tiempo abandonó el interior de sus
murallas a despecho de todos los miradores que la asedian.
jueves, 25 de abril de 2013
Fotografiar la Alhambra (III)
Patio de Lindaraja
Tras dejar atrás el Patio con sus leones y sus salones
imposibles, justo antes de abandonar el conjunto de los palacios nazaríes se
atraviesa otro patio, este casi desnudo e iluminado de forma desigual, con un
sabor a renacentismo avejentado, venido a menos, dejado a su suerte un poco
como ese cuarto trasero al que van ganando las humedades, y en él que permanece
apostado un naranjo del que más que hojas brotan dudas. Si hacemos caso a la
historia y a la pragmática voluntad de Carlos V se trataría de un mirador
convertido en claustro, que viene a ser lo mismo pero al revés. Hoy funciona
este espacio como una cabina de descompresión para los sentidos y al cruzarlo
uno se siente inconfesablemente aliviado, absuelto al fin de la obligación de
maravillarse. Cierto que ya no es más que un lugar de paso en el trasiego
constante de turistas, pero aún así se produce en el visitante una cierta
resistencia a abandonarlo, tal vez porque en el fondo sabe que éste es el único
lugar habitable del palacio.
lunes, 22 de abril de 2013
Fotografiar la Alhambra (II)
A ciencia cierta, de la Alhambra solo conocemos su
presente, ese que incluye al visitante imaginándole un pasado al compás de la
fábula que aventura la audioguía, mientras ignoramos ese otro en el que un
mirlo indica el lugar donde la lluvia esculpe estucados en los charcos que
podrían no ser pero son también la Alhambra.
jueves, 18 de abril de 2013
Fotografiar la Alhambra (I)
Hay muchas maneras de fotografiar los palacios de la
Alhambra. Una de ellas consiste en tratar de capturar el soberbio esfuerzo que
sus filigranas tratan de hacer pasar por delicadeza, o la fantasía matemática
que multiplica sus espacios, o las eternas disputas del agua y de la luz
persiguiéndose por los patios y las estancias sucesivas. Esta sería una manera
moderna de mirar La Alhambra, pero hay otras: el fotógrafo también puede
adentrarse en lo que pudo ser el alma originaria del palacio y ver únicamente
lo que tiene de escenario, de decorado, de puro marco y fotografiarte a ti, una
y otra vez, en todas las posturas, en todos los lugares, siempre tú rostro en
el centro del encuadre, y encontrar entonces de verdad la Alhambra y no acabar
nunca de fotografiarla.
miércoles, 27 de marzo de 2013
Hablar del tiempo
Corias, Belmonte - Asturias
Durante años pensé que hablar del tiempo era un relleno vergonzante del silencio, la antonomasia del hablar por hablar y en cualquier caso algo muy poco intelectual. Sin embargo, ahora reconozco que nada menos banal que hablar del tiempo, lugar común en el que encontramos el espacio compartido de nuestras pequeñas esperanzas o de nuestro hartazgo, la ocasión para declarar nuestro diferente modo de encarar las inclemencias, la posibilidad de sorprendernos ante lo que eternamente retorna. Porque no hace falta saber de isobaras ni de presiones atmosféricas, porque todos somos parientes de las nubes aunque no conozcamos sus nombres.
De qué puede hablar si no esa mujer que se asoma cuando el fotógrafo se detiene sin razón aparente delante de su puerta, cómo ignorar la estación pasada que se alarga o ésta que no acaba de comenzar y que con tanta humedad no hay modo de sembrar las patatas en su tiempo que es ahora, aunque tampoco hacen falta ya tantas patatas como antes, que los hijos viven fuera y para cuatro días que vienen en el año casi mejor comprarlas en el supermercado y eso que no hay patatas como éstas ni tierra que se le iguale pero hace falta un poco de calor y que se vayan secando los caminos para cuando vengan los nietos algún fin de semana.
Salir al camino igual que yo mismo me asomo a esta ventana por delante de la cual estás pasando en este mismo instante, para hablar del tiempo, de qué si no, de nuestro tiempo.
Pillarno, Castrillón - Asturias
sábado, 23 de marzo de 2013
Primavera en el norte
De las muchas suposiciones erróneas en las que se
sustentan nuestra vida y costumbres, una de las más absurdas es aquella según
la cual todos los años, entre el veinte y el veintiuno de marzo ha de
comparecer la primavera, otorgando al calendario poco menos que la fuerza
coercitiva de un exhorto judicial. Yo no sé cómo será en otros lugares, pero
aquí en el norte, así como el verano es una cuestión de fe, la primavera es
principalmente un acto de rebeldía y el invierno no termina hasta que no
adoptamos la firme decisión de abolir de una vez por todas ese insidioso
mandamiento del paraguas y desafiamos al cielo a cabeza descubierta, porque
esta es la estación de los herejes o no será la primavera.
martes, 19 de marzo de 2013
Amanecer en poniente
No es frecuente, desde luego, pero tampoco es un fenómeno tan raro. Un día llega y resulta que amanece por poniente. No quiero decir que el sol comience a salir por el oeste, no es eso, tan solo sucede que allí donde aún debiera estar la noche resplandecen las nubes con una intensa luz de cobre, mientras el sol permanece oculto todavía por el este, igual que si sus rayos, en lugar de viajar en línea recta, se transmitieran por vasodilatación hasta el horizonte opuesto para concentrarse allí con un temblor apenas perceptible. Pienso en aquella potencia desigual que tenían las bombillas cuanto estaban a punto de fundirse, pero no es exacto.
Vosotros lo comprenderéis: cuando amanece por poniente uno no puede bajar del tren, salir de la estación y dirigirse a la oficina como si tal cosa. Lo lógico es cambiar de dirección y dejarse bañar por esa especie de zumo de naranja, con la cámara en la mano disparando bajo una inercia alucinada entre gente que pasea ¿más despacio que otros días?, gente que corre ¿más deprisa?, perros recortados de sombras y un hombre joven que se acerca y me pide con acento magrebí el favor de hacerle una foto con su móvil: para mi sorpresa mientras me lo tiende no se coloca delante de ese fondo febrilmente iluminado, sino que elige la línea del mar a sus espaldas, mar al norte, ajeno por completo al espectáculo del alba, con su perfil frío todavía y el trazo grueso del espigón junto a la silueta de algunos edificios. Estoy a punto de preguntarle si no preferiría tal vez un cambio de escenario, moverse a su derecha apenas unos metros, pero no lo hago, su sonrisa aguarda en la pantalla, y mientras la foto se registra comprendo que en realidad el color del amanecer tampoco es para tanto, y el por dónde lo de menos. Hecho el favor, le devuelvo el móvil y nos damos las gracias mutuamente.
Playa de Poniente, Gijón
jueves, 14 de marzo de 2013
Llegar a los postres
Llegar a los postres, sí, pero llegar, se entiende, después
de haber pasado por un primer plato y un segundo
convenientemente aderezados y de haber ido vaciando
con aprecio y con gusto la botella, compartida, claro.
Llegar y estar llegando todavía -mejor no haber llegado nunca del todo
a ningún sitio- y tener que aprender, todavía aprender,
a gestionar cada bocado, a renunciar quizás tan solo a cambio
de seguir renunciando, a postergar precisamente ahora
que ya vienen retirando los platos y casi todos los cubiertos.
Llegar a los postres, en fin, y agradecer los detalles
de haber pasado por un primer plato y un segundo
convenientemente aderezados y de haber ido vaciando
con aprecio y con gusto la botella, compartida, claro.
Llegar y estar llegando todavía -mejor no haber llegado nunca del todo
a ningún sitio- y tener que aprender, todavía aprender,
a gestionar cada bocado, a renunciar quizás tan solo a cambio
de seguir renunciando, a postergar precisamente ahora
que ya vienen retirando los platos y casi todos los cubiertos.
Llegar a los postres, en fin, y agradecer los detalles
del licor y del café, dulceamargo anuncio
del final de las comidas y la ocasión de brindar
una oportunidad de volver otra vez
a los que por una u otra razón
ya se levantaron de la mesa.
Llegar a los postres y ser capaz
de apurar sin prisa,
nada más.
del final de las comidas y la ocasión de brindar
una oportunidad de volver otra vez
a los que por una u otra razón
ya se levantaron de la mesa.
Llegar a los postres y ser capaz
de apurar sin prisa,
nada más.
domingo, 10 de marzo de 2013
Doble vida
Como es bien sabido, todos tenemos un doble en las antípodas. Esto no
es solo un hecho cierto sino además necesario: si existe la noche y con ella
acude el sueño y yo a su encuentro es porque al otro lado del mundo amanece y
él (o ella) se despierta; solo si allí es verano y ella (o él) sale a la calle
en manga corta puedo yo aquí ver la lluvia en zapatillas y decidir ponerme una
chaqueta.
Y así más o menos el resto de las cosas: cuando yo recuerdo, él
proyecta; cuando yo imagino, ella actúa, aunque ignoro en qué medida es capaz
de cumplir mis sueños y si yo estoy a la altura de los suyos.
Hasta tal punto nos tomamos en serio a nuestro doble que hay quien que
no ríe nunca con tal de no hacerle llorar, y personas que por esa misma razón sólo
son felices cuando sufren.
Por lo demás, hay asuntos obvios en los que es mejor no reparar
demasiado: por ejemplo, a qué tarea se entrega él (o ella) mientras yo ingiero
alimentos. Pero en cambio no puedo evitar que me atraviese un escalofrío cuando
pienso qué estaría haciendo ella (o él) en el preciso instante en que yo
concebía un hijo.
Huelga decir que nunca podremos conocer a nuestro doble ya que en
cuanto partamos en su busca él (o ella) vendrá en la nuestra y entre los dos
trazaremos la curvatura completa de la tierra.
miércoles, 6 de marzo de 2013
Búscame entre los eucaliptos
(Pincha una imagen para verlas a mayor tamaño)
Uno tiene la disculpable debilidad de regresar a los lugares en los que fue feliz. Aunque se trate apenas de esa felicidad inexplicable que proporciona cierta luz invernal sobre la corteza de unos eucaliptos en la soledad terminal de un domingo por la tarde. Vuelvo un año después a aquella plantación que quise soñar bosque y hoy solo encuentro los muñones asomando entre la tierra con el serrín fresco todavía. Y es que en las plantaciones de eucaliptos la vida y la muerte adoptan dimensiones animales: a un hombre le caben varias cortas de eucaliptos en su vida igual que puede ir teniendo perros o amores sucesivos. Otros árboles en cambio nos superan en edad y solo por esa razón los reverenciamos. Hay también eucaliptos centenarios, desde luego, pero estos pocos suelen ser el producto del abandono, casi nunca del indulto, y lo cierto es que frente al prestigio de la duración que se impone y sobrecoge en el bosque de robles o en los hayedos antiguos, en el eucaliptal una impresión de eterno retorno induce a pensamientos huidizos, a tópicos de tanatorio.
Pero por suerte o por desgracia aquí en Asturias no es difícil reemplazar el espacio arrasado de esta parcela de recuerdos: basta saltar a la otra orilla del camino y trazar con el compás de la mirada un círculo cualquiera para que reaparezca la monótona profusión de esta vida bastarda que llevan en multitud los eucaliptos y con ella una convicción: la de que por muchos años que tuvieran por delante el fotógrafo y su bosque nunca lograría agotar aquel todas las imágenes que caben en un área del tamaño de una sala de estar. Es entonces cuando, sugestionado tal vez por esta idea, el fotógrafo se sienta y descansa. Hasta que el sol desciende un poco más y vuelve aquella luz invernal y con ella lo inexplicable de la felicidad y lo improbable de su eterno retorno.
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