lunes, 30 de mayo de 2016

Dos solistas y un trío




(Pincha en las imágenes para verlas a mayor tamaño)


    Si como dijo Goethe la arquitectura es música petrificada, yo solo consigo oírla cuando el ser humano la interpreta habitándola.


lunes, 23 de mayo de 2016

La vida queda



    Sábado, 21 de mayo. Mañana de luz detenida, envuelta en gasa, red finísima que no deja pasar a los insectos. Mañana de caracoles quietos, de lino crecido y expectante, de ortigas atrapadas en su propio fulgor verde. Una mañana como para ir de pesca sin anzuelo. Mañana de vida queda: hasta la ausencia encuentra en esta mañana una manera de estar presente, de acompañar, sin dolor.

   Desaparecido el horizonte entre nieblas lejanas, todo es aquí y horizontalidad. Hoy no quiero nada más, salvo andar a tu estela y dejar que se ahonde la distancia, que me aguardes al fondo, al borde de la tierra. Y descubrir que no conocíamos este lugar, a pesar de tenerlo tan cerca, tan a la mano.    

   Mañana de aire tan tenue que apenas hace falta respirar para sobrevivir. Mañana en la que sobrevivir es suficiente.


lunes, 16 de mayo de 2016

Ripley, para siempre en nosotros



    La muerte no es injusta. Simplemente hace su trabajo. Lo injusto es que después de la muerte todo siga igual: que no se alteren las rutinas, que no haya signos en el cielo, que el aire no se enrarezca hasta que cueste respirar. Porque si así fuera la gente se pararía en la calle y preguntaría qué ocurre y tú podrías contarles que se ha ido un buen tipo, una persona irrepetible y lo injusta que es la muerte.  Les dirías que Adol, o Ripley, como se hacía llamar en el mundo de los blogs, era un caballero venido de otro siglo, tan cortés y valiente como don Quijote y también tan políticamente incorrecto como él. Les dirías que solo su sentido común era equiparable a su sentido del humor y que cuando ambos sentidos confluían en cualquiera de sus inolvidables historias el resultado era una mezcla explosiva y feliz. Les dirías que Adol tenía antepasados ilustres de los que no había heredado la nobleza de los títulos pero sí la del corazón. 

    Mi blog y el suyo empezaron casi de la mano pero a él enseguida empezó a ramificársele como un árbol en busca de luz y le brotaban blogs de fotografía, de música, de literatura, de aquello y de lo otro, y más cuando apareció la enfermedad: su energía necesitaba cauces por los que desbordar y casi todos pasaban de un modo u otro por su querida ciudad. No sé si Ripley fue un héroe (no creo que a él le gustara este calificativo) pero con él aprendimos a conocer el sentido heroico de una ciudad tan poco heroica como Madrid. Igual que hay un Madrid de Galdós, hay, siempre habrá, un Madrid de Ripley: será para nosotros esa ciudad de pasos de cebra y de gente que espera en los semáforos, gente que se pierde y se ama en El Retiro, gente que alarga los cafés en las terrazas, gente que con la belleza de un gesto insospechado nos redime. 

    Ya digo que Adol era un caballero de otro siglo, seguramente del Siglo de Oro. Y como buen caballero acabó encontrando un enemigo a la altura de su espíritu: una enfermedad tan rara como devastadora, de la que se conoce todo sobre sus efectos y nada sobre sus causas ni remedios. Mal que bien Ripley fue encajando sus estocadas y logró hacer de su enfermedad, de su muerte anunciada, un motivo más para la vida, un camino para explorar las propias fuerzas, un juego en el que otro ponía las reglas pero él inventaba la manera de jugarlo. Y la manera de vencer: fue el día que decidió que la enfermedad no podía ser el centro de su vida y frente a la ruina empezó a reconstruirse a sí mismo, a recolocar las pocas piezas que le iban quedando en un equilibrio cada vez más imposible pero también más hermoso. 

   Ripley lo contaba sin lamentos innecesarios, sin buscar compasiones fáciles pero agradeciendo las palabras, tan pobres, que le hacíamos llegar. Finalmente Adol decidió dónde estaba el límite del deterioro que estaba dispuesto a admitir. La carrera estaba perdida pero él marcaría la línea de meta: cuando empezara a apagarse la luz en sus ojos, cerraría la última puerta. Así era Adol, así era Ripley, al menos una parte de él, el que yo conocí durante estos ocho años: un caballero que luchó y cayó con honor en una época en la que el honor ya no se lleva. 

    Ahora descansa, buen amigo. Y ojalá algo de ti sobreviva en nosotros.


lunes, 9 de mayo de 2016

Contemplativa ilustrada


                                                                                                                    Para Manuel Iglesias
    

    El dibujante traza dos líneas sobre la hoja en blanco: una horizontal y otra vertical. Así, sobre la nada, erige el espacio. 

   A continuación con mano firme y resuelta va esbozando volúmenes que encierran cada uno su particular principio activo y los va distribuyendo a lo largo y ancho de las coordenadas. De este modo va dando cuerpo al espacio y el espacio se convierte en lugar. De ese cuerpo del espacio nace el tiempo. 

   A partir de ahí solo tiene que dejarse llevar: los detalles que siguen son como brotes fuertes y jóvenes. Se diría que es el dibujo el que tira de la mano del dibujante y no al revés. Cuando llega el turno del color, cada tonalidad acude a un sector de la superficie con un aleteo casi audible. 

    El ilustrador prudente concluye pronto su labor, justo antes de que el plano empiece a ceder por sobrecarga. Se detiene y comprueba que cada elemento de su obra es sujeto y signo al mismo tiempo: designa lo irrepetible y sus múltiples posibilidades. Tal vez en esa tensión reside el alma del espacio. En su contemplación el tiempo desaparece.


martes, 3 de mayo de 2016

Hora del relevo



    Hay una hora en la cual la ciudad se construye pieza a pieza como un juguete de lego. Es la hora en la que despiertan los pájaros. La hora en que las patrullas hacen el relevo. La mejor hora para salir a correr y para cometer un crimen. Si accedes a la ciudad justo en ese instante encontrarás todos los semáforos abiertos y la atravesarás tan limpiamente, tan sin rastro, que cuando quieras darte cuenta ya estarás muy lejos y no podrás recordar qué o quién te llevó a la ciudad ni por qué saliste huyendo.


viernes, 22 de abril de 2016

Fotofagia



    Entre fotógrafo y fotófago hay apenas un paso, una mínima alteración genética, la evolución natural en ese eterno proceso de adaptación al medio. El fotófago busca la luz, la olfatea casi, sigue infatigablemente su rastro hasta dar con ese núcleo brillante que se manifiesta en el aire antes que en la superficie de las cosas. Entonces empieza a alimentarse, al principio con cierto atropello para después, cuando logra saciar su apetito más urgente, degustar cada hebra, mientras se produce la lenta transformación en los azúcares que le son necesarios para su supervivencia. No es raro que algunos fotófagos se sientan a gusto entre las plantas.


viernes, 15 de abril de 2016

Barrio de Belsunce



    En el barrio de Belsunce las sillas de las terrazas miran a la calle y las paredes de los bares y las tiendas están vueltas del revés. Marsella misma es una enorme caja volcada de objetos venidos de todas partes, un zoco de objetos expuestos que buscan su lugar en un trasiego de mano en mano, de boca en boca, de señas y sobreentendidos. El libre comercio tiene aquí sus propias normas. Las leyes y los tratados internacionales prefieren otra clase de paraísos. 

   El visitante entra en ese tráfago de cosas y de seres y al principio se debate entre el aturdimiento y la alerta ante la sospecha de estar siendo observado desde cada esquina. Pero enseguida se da cuenta de que en Marsella todos somos extranjeros. En una tienda de especias un chaval marroquí nos habla en perfecto castellano de su vida pasada en España. Oír nuestra lengua le trae buenos recuerdos, y una gota de nostalgia por lo que no ha de volver. Confiesa que Marsella es para él solo un sitio de paso, un puerto más desde el que partir. 

   En el barrio de Belsunce las sillas de las terrazas miran a la calle y todo lugar es un afuera y todo parece estar un poco fuera de lugar. Un café o una copa de pastís ayudan a poner cierto orden en los recuerdos y en los sueños, aunque sea ese orden efímero y perecedero de los zocos. 


sábado, 9 de abril de 2016

Cuestión de cintura



    Es hora de dormir. Me tumbo de lado y encojo las piernas, me acurruco. Sinuoso en la forma y en el fondo convoco al sueño y mientras llega me voy haciendo cauce en el lecho. Transcurro, pero menos cada vez hasta que caigo en una demora sin remedio. En lugar de avanzar me profundizo. De esta manera esquivo al tiempo, al tiempo esquivo: le rompo la cintura. Ahora caben en mi todas las eras. No me despiertes. Ven, acércate un poco más y duerme conmigo.


viernes, 1 de abril de 2016

La señal




   Justo allí, en lo alto del cerro, donde de las murallas y el castillo solo quedan el aire frío y seco, los visitantes trazan una y otra vez el camino de ronda, una vez y otra, vigilando sin saber qué, esperando una señal, un signo que desvele la amenaza, una orden que obedecer como torpes reclutas de una guerra perdida de antemano. Somos el inútil refuerzo de los fantasmas, su única esperanza y su condena. Como ellos vagamos, sin comprender, entre la belleza de las ruinas. Caen las luces de la tarde. Es el cambio de guardia.



viernes, 11 de marzo de 2016

Seré breve



    Seré breve. Y mira que tengo mucho que contarte. Pero haré un esfuerzo, me ceñiré a lo importante, a lo mínimo de mí que has de saber y nunca te dije porque siempre se nos dispersaban las conversaciones por yo no sé qué cerros. Procuraré no irme por las ramas, solo así podré llegar a la raíz, aunque las raíces, es cierto, también se ramifican y son tan hondas que tendré que remontarme un poco, lo justo, no temas, para que puedas entender por qué hice lo que hice, solo entender, perdonarme no, de qué sirve el perdón ahora que ya nada de lo que pasó tiene remedio. 

    En la papelería de la esquina he comprado unas cuartillas para no extenderme demasiado, para ajustarme al relato de los hechos y no bifurcarme más de lo estrictamente necesario, no vaya a ser que tome una vía secundaria y no me acuerde de volver a lo que de verdad nos concierne a ti y a mí, porque a veces por no querer dejar nada en el tintero se acaba uno dejando lo importante. Aunque bien mirado tal vez lo importante sea lo otro, el detalle más que el argumento, o vete tú a saber si aquello que lo convierte en importante es solo el hecho de haberse quedado sin decir. 

   Permíteme, eso sí, una pequeña introducción, porque antes de llegar al meollo del asunto debo ponerte en antecedentes y hablarte, qué se yo, de la familia de mi madre, por ejemplo, de dónde vinieron sus abuelos y de cómo llegaron aquí desde tan lejos; y de las vecinas aquellas que venían los domingos por la tarde a merendar aceitunas y olían a cerrado, las vecinas, no las aceitunas; y de un amigo que tuve en parvulitos, el primero que hice y que perdí, todo apenas en dos meses; y bueno, sabes que detesto enrollarme, pero si no conoces todas estas cosas con el detalle suficiente, dime, cómo podrás juzgarme, tú que eres tan justa, tan comedida en cada una de tus apreciaciones. Por nada del mundo, bien lo sabes, quisiera resultar pesado ni abusar de tu paciencia. Así que resumiendo: lo dicho, seré breve.


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