martes, 31 de enero de 2012

Rombos

                                                                                                                                                                                Candás, Asturias

Por aquel entonces dos rombos eran el signo visible de la visión prohibida, de aquello que debía ser apartado de los ojos del niño para no perturbar su inocencia. Sin embargo, nada más perturbador para un niño que obligarlo a imaginar lo prohibido, a intuirlo oscuramente a través de sus signos. Qué insuperables entrenadores para el pecado han sido siempre aquellos que más procuraron evitárnoslo. Con todo, lo peor llegará años más tarde, cuando el niño que ya dejó de serlo tras haber desvelado los misterios, busque obsesivamente la doble figura de los rombos, puertas del deseo gravadas en sus ojos como estigmas.  

viernes, 27 de enero de 2012

Arte en vivo

          
    Continúa su obra el cincel del invierno, devolviendo a la piedra la escultura, a la madera la talla, los colores a la tierra.

lunes, 23 de enero de 2012

Catálogo de montes (V): bosque de ribera

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Río Uncín, Cudillero - Asturias

Con el bosque de ribera ha de tenerse la máxima precaución: en él es más fácil salirse que adentrarse. Por eso una opción es bordearlo y aprovechando su vocación de galería admirar cada obra, cada estilo y detectar por ejemplo la firme impronta del aliso, o esa cierta afectación que sufre el sauce, el gesto del álamo, un tanto tembloroso, la estampa del olmo, como ausente, y el numeroso ímpetu del fresno. Dentro del catálogo de montes, este bosque es un catálogo en si mismo. Pero si llevados por el arrebato estético nos acercamos más allá de lo prudente podemos terminar asomando la nariz al otro lado y atravesar esa cuarta pared que oculta el taller que nunca duerme: allí el río discurre, imagina las múltiples formas de los árboles, y se escucha el rumor de los trazos sobre el agua. Admirado por la gracia del proceso uno puede incluso llegar a olvidarse de los árboles, lo cual sería tremendamente injusto pues en realidad es el bosque el que da sentido al río y al camino, que no son más que riberas suyas, pues todo es centro y orilla al mismo tiempo, pura contigüidad como el tiempo mismo.

jueves, 19 de enero de 2012

Hoja de contacto



No es la huella que tu beso deja en mí, sino lo que de mí preserva el abrigo de tus labios. Igual que aquella hoja de contactos, fruto en el cuarto oscuro del abrazo entre unos negativos recién revelados y la piel virgen del papel, allí donde la sombra de la plata defendía de la luz la promesa de luz que la hoja contenía, también así cuando tus labios se posan en mí soy yo la fotografía de tus labios allí donde su contorno sella el del presente, mientras todo lo demás queda expuesto a la luz y al deterioro.

lunes, 16 de enero de 2012

El ojo voraz


    Alto secreto,
    veloz el ojo tritura el paisaje,
    topo incansable,
    traidor y ciego,
    tras él virutas y humus
    donde germina el tiempo.

jueves, 12 de enero de 2012

Por algo se empieza



En el interior de un cubo de cristal dentro de otro cubo de cristal, un hombre se afloja el nudo de la corbata y media humanidad respira de nuevo. Si ese mismo hombre se quita la chaqueta, cientos de miles de personas se desprenden de cargas que jamás habrían podido saldar. En el caso de que ese hombre abriera una ventana, multitudes enteras encontrarían la tierra necesaria para dejar de serlo. Cuando ese hombre se asome a la calle por la ventana abierta, una muchedumbre atónita verá de nuevo el rostro de su vecino y el hombre se preguntará cuál fue la razón que le llevó a habitar un cubo de cristal dentro de otro cubo.  

lunes, 9 de enero de 2012

Entramada

Gijón, Asturias.


Trazan la trama en las ramas,
alzan sus alas azules,
zurzen el cielo en su vuelo,
siembran el suelo de sombras.
Fuera de campo
quiebran la quietud los pájaros.

miércoles, 4 de enero de 2012

Catálogo de montes (IV): bosque de castaños.

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Traspasas el umbral del bosque de castaños con el paso quedo y la mirada a un tiempo escrutadora y panorámica. No en vano estás en la casa de tus antepasados, esa casa a la que el paso de los años ha ido vaciando hasta convertirla en caserón. Entras y te quedas mirando los armarios un poco desvencijados como viejos troncos huecos. Sin duda ocultan recuerdos de familia y a uno le entran ganas de acurrucarse en su interior como la castaña en el erizo y leer cartas amarillas que nos hablen de lo pasado cotidiano, tan exótico, y viajar por ese túnel al otro lado del invierno. Pero también quieres revolver, como el que aparta ramas secas, en los cajones de las cómodas, registrar las húmedas alacenas, trepar hasta el desván por ver si tal vez es allí donde se oculta el objeto que te espera: un reloj, una llave, un espejo roto que mira al cielo. Al cabo de un tiempo deambulando por sus estancias empiezas a reparar en algunos retratos dispuestos encima del aparador o colgando de las paredes de la sala: buscas en sus perfiles alguna filiación y encuentras que entre ellos y tú hay un indudable aire de familia. No es extraño, pues los castaños son árboles domésticos y como tales han ido adoptando el rostro de sus amos, y viceversa. Si lo piensas bien, en el castañar todos los árboles son genealógicos. Pero, ¿vendrá alguien después de ti a reconocerse en tu retrato, a descubrir la verdadera estirpe del color de sus ojos? Eso piensas mientras cierras la puerta con cuidado y retomas el camino.

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