Hay fotografías que se imponen desde el mismo momento en que son tomadas, o incluso antes. Otras en cambio aguardan pacientemente a ser llamadas desde el banquillo de los eternos suplentes. Es el caso de esta imagen de hace casi cinco años a la que he regresado a través de la interminable sucesión de las escalas de la luz y de la sombra, del recuerdo y del olvido. Hoy la chica de los números vuelve a cruzar la calle y mi espera al fin tiene su recompensa.
miércoles, 6 de junio de 2018
sábado, 26 de mayo de 2018
Escalas de sol
Caminan sobre el teclado
tus dedos
de niña aburrida en medio de la tarde,
suben y bajan escalas
de sombra y sol
en rutinarias formas aprendidas.
Yo espero atento, paciente
el error,
no para reprenderte,
no para corregirte,
sino por encontrar la pauta
y el pie
de una nueva melodía.
jueves, 3 de mayo de 2018
Fotomatón
Atravieso, con gesto involuntariamente clandestino, esa geografía un tanto desolada de los extrarradios, con sus naves industriales, hoteles, edificios administrativos, estaciones de tren y aparcamientos semivacíos: este paisaje diseñado con volumetrías monumentales que en vano tratan de ocultar un dudoso pasado de solares recalificados. Se me ocurre que son lugares buenos para concertar puntos de entrega de mercancías ilegales o de información comprometedora. También para escuchar el sonido de los propios pasos.
Contra toda probabilidad me encuentro de pronto, como caído del cielo, un fotomatón, algo que resulta casi tan raro ya como encontrarse una cabina telefónica y tan desubicado como una máquina del tiempo abandonada por unos viajeros que hubieran decidido no regresar. Me pregunto si quedará todavía alguna pareja que quiera imprimir sus besos en el tamaño de bolsillo de una foto de carnet. ¿Saben acaso las adolescentes que su eterna amistad solo sobrevivirá en esa secuencia alocada de muecas y carantoñas que el papel satinado preservará cual papiro destinado al arqueólogo que un día seremos?
Tiene también el fotomatón, con su pesada cortina de fieltro, cierto aire de confesionario: ante el ojo implacable que hay en su interior cada uno es al mismo tiempo confesor y confesante. Siento la tentación de volver sobre mis pasos y entrar en ese reducto del aquí te pillo incrustado en la solemnidad de los grandes espacios arquitectónicos: allí, con la espalda erguida, las manos en las rodillas y los ojos bien abiertos, me absolveré de todos los pecados que aún no he cometido y será la ristra de mis rostros repetidos el rosario con el que rezar, cual penitencia, los Misterios, a un tiempo dolorosos y gozosos, de la identidad.
Contra toda probabilidad me encuentro de pronto, como caído del cielo, un fotomatón, algo que resulta casi tan raro ya como encontrarse una cabina telefónica y tan desubicado como una máquina del tiempo abandonada por unos viajeros que hubieran decidido no regresar. Me pregunto si quedará todavía alguna pareja que quiera imprimir sus besos en el tamaño de bolsillo de una foto de carnet. ¿Saben acaso las adolescentes que su eterna amistad solo sobrevivirá en esa secuencia alocada de muecas y carantoñas que el papel satinado preservará cual papiro destinado al arqueólogo que un día seremos?
Tiene también el fotomatón, con su pesada cortina de fieltro, cierto aire de confesionario: ante el ojo implacable que hay en su interior cada uno es al mismo tiempo confesor y confesante. Siento la tentación de volver sobre mis pasos y entrar en ese reducto del aquí te pillo incrustado en la solemnidad de los grandes espacios arquitectónicos: allí, con la espalda erguida, las manos en las rodillas y los ojos bien abiertos, me absolveré de todos los pecados que aún no he cometido y será la ristra de mis rostros repetidos el rosario con el que rezar, cual penitencia, los Misterios, a un tiempo dolorosos y gozosos, de la identidad.
martes, 10 de abril de 2018
Todo el silencio
Mientras camina por esa penumbra de cuarto oscuro que envuelve el amanecer de la ciudad, al fotógrafo se le va revelando la verdad de su búsqueda y cae en la cuenta de que para él la fotografía es ya el único reducto de silencio: la fotografía nace del silencio y en el silencio persiste como en una solución pura y transparente.
Descubre que la ciudad y sus habitantes librados al silencio de las fotografías quedan en suspensión igual que partículas detenidas en una atmósfera sin gravedad, sin tiempo.
Comprende que el ruido es una de las formas en las que el tiempo se materializa y que, aunque no es posible detener el tiempo, sí lo es insonorizar algunas habitaciones.
Observa que en el silencio cada elemento encuentra su sitio: entre la piel del guante y la piel de la mano está el silencio. Como una fina película adhesiva. Una película muda de un solo e infinito fotograma.
Comprueba que todas las fotografías juntas, todos los silencios amontonados, forman un ruido ensordecedor: el ruido total equivale a la suma de todos los silencios. Pero tomadas de una en una, cada fotografía encierra el silencio entero.
Aprende, en fin, que las fotografías son contenedores de silencio que esperan dentro de las cámaras, acorazadas y a temperatura constante, a ser transportados hasta nosotros. Solo entonces los contenedores son abiertos y el silencio se va arrellanando en nuestro interior, colmando poco a poco el laberinto.
Descubre que la ciudad y sus habitantes librados al silencio de las fotografías quedan en suspensión igual que partículas detenidas en una atmósfera sin gravedad, sin tiempo.
Comprende que el ruido es una de las formas en las que el tiempo se materializa y que, aunque no es posible detener el tiempo, sí lo es insonorizar algunas habitaciones.
Observa que en el silencio cada elemento encuentra su sitio: entre la piel del guante y la piel de la mano está el silencio. Como una fina película adhesiva. Una película muda de un solo e infinito fotograma.
Comprueba que todas las fotografías juntas, todos los silencios amontonados, forman un ruido ensordecedor: el ruido total equivale a la suma de todos los silencios. Pero tomadas de una en una, cada fotografía encierra el silencio entero.
Aprende, en fin, que las fotografías son contenedores de silencio que esperan dentro de las cámaras, acorazadas y a temperatura constante, a ser transportados hasta nosotros. Solo entonces los contenedores son abiertos y el silencio se va arrellanando en nuestro interior, colmando poco a poco el laberinto.
Ubicación:
Gijón, Asturias, España
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