
Es curioso.
El eucalipto, sedentario por naturaleza, anda siempre de mudanza,
quiero decir,
mudando de corteza.
En cambio, el caracol, nómada incansable de las microdistancias,
no se muda jamás,
y termina sus andanzas cuando su cáscara creciente
alcanza la necesidad de los cimientos.
Uno no está del todo quieto. El otro no es del todo libre.
Los dos entrecruzan sus sueños. Tal vez se mienten.
Y a su manera,
son felices.