
El sol brillaba en lo alto y la diagonal lucía despejada por delante del Alfil. Oculto a la sombra de mi Torre y flanqueado por dos de mis más fieles peones, apenas miré a la Dama, ella supo que éste era el momento de lanzar el ataque que habría de decidir el futuro de mi reino. La vi alejarse hacia el centro del tablero con la altivez propia de quien conoce bien el destino para el que ha nacido. Pero he aquí que, según me informan desde el puesto adelantado de la Torre, Dama blanca y Dama negra permanecen en casillas adyacentes sin causarse daño alguno. Incluso, me dicen, han llegado a intercambiarse los zapatos. Envío mi Caballo más veloz hacia el Rey blanco con la esperanza de obtener una respuesta a tan extraño comportamiento. Pero la valiente montura equivoca el movimiento y se despeña por el borde del tablero. El rumbo de la partida se ha vuelto impredecible. Los sillares de la Torre pierden consistencia y ahora que se deshacen en arena alcanzo a ver como una hueste completa de peones enemigos se acerca a coronar sin respetar los turnos preceptivos. Pero, ¿qué es lo que pretenden? ¿acaso puede alguien en su sano juicio imaginar una batalla compuesta de Damas solamente? ¿qué persona seria tomaría parte en semejante juego sin jerarquías? Es del todo absurdo. Daré un paso al frente y todos recuperarán la posición que les corresponde.
Y mientras se agacha para recoger con una mano el faldón de sus reales vestiduras, a la vez que con la otra se sujeta la corona, desciende silbando la cuchilla.
Y mientras se agacha para recoger con una mano el faldón de sus reales vestiduras, a la vez que con la otra se sujeta la corona, desciende silbando la cuchilla.


