viernes, 10 de octubre de 2008

Escalas y pentagramas

Hotel Meliá Ría - Aveiro

Se llama pentagrama a esa estrella de cinco puntas que aparece inscrita en el interior de un pentágono cuando unimos con diagonales todos los vértices de éste. Los segmentos resultantes de las intersecciones de esas diagonales se relacionan entre sí mediante un número entre mágico y divino: la famosa proporción áurea, que desde la Antigüedad hace las delicias de los matemáticos y aficionados a la misteriología. En el hotel, a través de ese pentagrama imaginario que nace de un pentágono surgido de un reflejo, veo pasar las notas que el pianista va desgranando cada noche cuando dan las diez, a partir de otro pentagrama también imaginario, porque hace tiempo que toca sin mirar la partitura, siempre los mismos temas, en el mismo orden, con la misma cadencia. Y con la misma decadencia. La armonía de sus notas es fruto también de una escala matemática y por ella ascienden viejos boleros las sucesivas plantas del hotel y penetran las estancias tapizadas de moqueta. El pianista piensa en sus cosas mientras toca “Bésame mucho” versioneado al estilo de Duke Ellington. Yo mientras escucho, pienso en todas estas curiosas simetrías. Pero tal vez en ese mismo instante en alguna habitación alguien, aprovechando la coyuntura musical, acerca sus labios a otros labios. Y tal vez estos otros labios se apartan heridos, hartos o displicentes, quebrando al fin tanta absurda simetría, tanto estéril equilibrio. Recordemos que, según los premios Nobel de la Física, el universo surgió de la ruptura de una simetría gracias a un leve exceso de materia.

martes, 7 de octubre de 2008

Octubre

Gijón

Llega un día en que la lluvia te sorprende con zapatos de verano. Tú evitas los charcos, procuras prestar toda la atención y no pisar allí donde las luces de los coches y los edificios se reflejan. Pero no sabes, o no recuerdas, que la suela de tus zapatos está surcada por una costura que recorre su contorno. A través de las mínimas puntadas de esa costura la humedad va penetrando en el interior desde el asfalto y las aceras. Traspasada la piel de nylon del calcetín, tus pies no tardan en convertirse en esponjas y los dedos, como si ya no fueran del todo tuyos, se retuercen, se separan y se encogen con una vida propia, recién descubierta. La humedad ya es una marea que trepa la piel clara de tus mocasines en forma de mancha que empieza en la puntera y va invadiendo el empeine cuando tú no miras. Aunque sabes que nadie te ve, porque van demasiado ocupados tratando de convencer a sus paraguas para que se abran o se cierren según la coyuntura, no te atreves a sacarte los zapatos. Observas preocupado cómo el fondo de los pantalones se oscurece, cómo adquiere la misma densidad de las nubes que acuden desde el oeste y se acomodan sobre el tétrix del horizonte. Pronto sientes una mano líquida que no se conforma con tomarle la medida a los tobillos. Piensas entonces que, a pesar de la que está cayendo, lo único que ocurre hoy es que está lloviendo al revés. Y con ese pensamiento cierras, por inútil, el paraguas, y con ambas manos liberadas abres la cremallera de la bolsa y extraes la cámara.

(Nota técnica: La foto no es un HDR, aunque para el caso...)

sábado, 4 de octubre de 2008

Cuestión de coordinación

Aveiro

Para el tenis, para el baloncesto, para la natación, y no digamos para cualquier modalidad de la gimnasia, una buena coordinación de pies y manos es fundamental. Lo que uno no sabía es que también para acciones tan poco olímpicas como ponerse un pendiente se requiere componer una figura tan cercana a la armonía. No sé si hacerme escultor o colocarme unas aretas.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Retrofoto

Nazaré

Al atardecer desciendo la calle leve y apacible y oigo de pronto a mis espaldas voces que encuentran la respuesta de unas risas y el eco de saltos y carreras. Un chaval viene trazando un zigzag que le lleva alternativamente del suelo a las fachadas y de las fachadas al suelo. Es como si toda superficie se volviera elástica bajo sus pies. Dos niñas que quieren dejar de serlo le festejan tales exhibiciones acrobáticas. Una especie de big bang hormonal sacude la tarde antes de que se desvanezca.
Sin dejar de caminar en la dirección que llevo, mirando hacia delante y sabiendo que el animado trío se me acerca por la espalda, sostengo la cámara vuelta hacia atrás a la altura de la parte interior de mi muslo derecho, y aprieto el obturador a la buena de dios, con la misma fe del que dispara en el tiro de feria con una escopeta trucada. Igual que aparecieron, callan las voces de repente. Tomaron, creo, la dirección de otro callejón que se pierde a la derecha.
Me doy cuenta de que mi cámara y yo a menudo miramos en direcciones opuestas: yo hacia delante, más que nada para evitar el tropezón, mientras que ella se empeña en escudriñar hacia el pasado como un telescopio que observa las estrellas de hace un millón de años. Esas estrellas que se extinguieron como los ecos de un callejón en el límite de cualquier galaxia.

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