
Es lo que tienen los fantasmas, que lo suyo es aparecer y como aparecidos llegan precisamente cuando menos se los espera. A este le negué su oportunidad allá en febrero por una razón de peso que ya no recuerdo. Ahora viene y con gran crujir de telarañas me reclama seis meses de existencia. Yo le digo que no lo reconozco, que aquella noche en aquella plaza había mucha gente y muchas cámaras, que cualquiera pudo hacerle esta fotografía. Pero el insiste en mi autoría y afirma que es muy cómodo apretar el botoncito y luego si te he visto no me acuerdo, que hay que apechugar con las responsabilidades y no esconder la cabeza debajo del trípode. Trato de aparentar calma y le replico que ahorrándole seis meses de existencia también le he evitado seis meses de olvido. Pero él que no, que ya verá él lo que hace con su olvido, que tal vez un día se coticen al alza los espectros, igual que un día los expertos fueron dioses y hoy se acurrucan en oficinas en penumbra. Por cortar de alguna forma esta conversación absurda le propongo un trato: le concedo una entrada con todos los honores y con la máxima difusión posible, pero únicamente por un día, para después borrar no solo la entrada sino hasta el archivo que lo contiene en el disco duro de mi ordenador. Me dice que el cuento del día de fama ya se lo sabe y que el de Fausto también, pero que aun así acepta porque reconoce que eso es todo a lo que puede aspirar un espectro como él. Pero que si por azar lograra durar más allá de las veinticuatro horas, entonces no solo deberé indultarlo sino que además me comprometo a escribir una historia susceptible de ser llevada a la pantalla en la que él será el protagonista indiscutible. Le digo que sí, naturalmente. ¿No os parece enternecedora la ingenuidad de estos fantasmas?