Para Manuel Iglesias
El dibujante traza dos líneas sobre la hoja en blanco: una horizontal y otra vertical. Así, sobre la nada, erige el espacio.
A continuación con mano firme y resuelta va esbozando volúmenes que encierran cada uno su particular principio activo y los va distribuyendo a lo largo y ancho de las coordenadas. De este modo va dando cuerpo al espacio y el espacio se convierte en lugar. De ese cuerpo del espacio nace el tiempo.
A partir de ahí solo tiene que dejarse llevar: los detalles que siguen son como brotes fuertes y jóvenes. Se diría que es el dibujo el que tira de la mano del dibujante y no al revés. Cuando llega el turno del color, cada tonalidad acude a un sector de la superficie con un aleteo casi audible.
El ilustrador prudente concluye pronto su labor, justo antes de que el plano empiece a ceder por sobrecarga. Se detiene y comprueba que cada elemento de su obra es sujeto y signo al mismo tiempo: designa lo irrepetible y sus múltiples posibilidades. Tal vez en esa tensión reside el alma del espacio. En su contemplación el tiempo desaparece.



