lunes, 9 de mayo de 2016

Contemplativa ilustrada


                                                                                                                    Para Manuel Iglesias
    

    El dibujante traza dos líneas sobre la hoja en blanco: una horizontal y otra vertical. Así, sobre la nada, erige el espacio. 

   A continuación con mano firme y resuelta va esbozando volúmenes que encierran cada uno su particular principio activo y los va distribuyendo a lo largo y ancho de las coordenadas. De este modo va dando cuerpo al espacio y el espacio se convierte en lugar. De ese cuerpo del espacio nace el tiempo. 

   A partir de ahí solo tiene que dejarse llevar: los detalles que siguen son como brotes fuertes y jóvenes. Se diría que es el dibujo el que tira de la mano del dibujante y no al revés. Cuando llega el turno del color, cada tonalidad acude a un sector de la superficie con un aleteo casi audible. 

    El ilustrador prudente concluye pronto su labor, justo antes de que el plano empiece a ceder por sobrecarga. Se detiene y comprueba que cada elemento de su obra es sujeto y signo al mismo tiempo: designa lo irrepetible y sus múltiples posibilidades. Tal vez en esa tensión reside el alma del espacio. En su contemplación el tiempo desaparece.


martes, 3 de mayo de 2016

Hora del relevo



    Hay una hora en la cual la ciudad se construye pieza a pieza como un juguete de lego. Es la hora en la que despiertan los pájaros. La hora en que las patrullas hacen el relevo. La mejor hora para salir a correr y para cometer un crimen. Si accedes a la ciudad justo en ese instante encontrarás todos los semáforos abiertos y la atravesarás tan limpiamente, tan sin rastro, que cuando quieras darte cuenta ya estarás muy lejos y no podrás recordar qué o quién te llevó a la ciudad ni por qué saliste huyendo.


viernes, 22 de abril de 2016

Fotofagia



    Entre fotógrafo y fotófago hay apenas un paso, una mínima alteración genética, la evolución natural en ese eterno proceso de adaptación al medio. El fotófago busca la luz, la olfatea casi, sigue infatigablemente su rastro hasta dar con ese núcleo brillante que se manifiesta en el aire antes que en la superficie de las cosas. Entonces empieza a alimentarse, al principio con cierto atropello para después, cuando logra saciar su apetito más urgente, degustar cada hebra, mientras se produce la lenta transformación en los azúcares que le son necesarios para su supervivencia. No es raro que algunos fotófagos se sientan a gusto entre las plantas.


viernes, 15 de abril de 2016

Barrio de Belsunce



    En el barrio de Belsunce las sillas de las terrazas miran a la calle y las paredes de los bares y las tiendas están vueltas del revés. Marsella misma es una enorme caja volcada de objetos venidos de todas partes, un zoco de objetos expuestos que buscan su lugar en un trasiego de mano en mano, de boca en boca, de señas y sobreentendidos. El libre comercio tiene aquí sus propias normas. Las leyes y los tratados internacionales prefieren otra clase de paraísos. 

   El visitante entra en ese tráfago de cosas y de seres y al principio se debate entre el aturdimiento y la alerta ante la sospecha de estar siendo observado desde cada esquina. Pero enseguida se da cuenta de que en Marsella todos somos extranjeros. En una tienda de especias un chaval marroquí nos habla en perfecto castellano de su vida pasada en España. Oír nuestra lengua le trae buenos recuerdos, y una gota de nostalgia por lo que no ha de volver. Confiesa que Marsella es para él solo un sitio de paso, un puerto más desde el que partir. 

   En el barrio de Belsunce las sillas de las terrazas miran a la calle y todo lugar es un afuera y todo parece estar un poco fuera de lugar. Un café o una copa de pastís ayudan a poner cierto orden en los recuerdos y en los sueños, aunque sea ese orden efímero y perecedero de los zocos. 


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