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Sierra de Aracena, Huelva
Uno llega al alcornocal y de inmediato se impone un sentido exacerbado de lo corpóreo: lo visual pasa a un segundo plano y son las manos las que ahora toman el mando, tus propias manos tirando de ti, impulsadas por un afán de tacto que no se sacia fácilmente. Y es que hay mucho que tocar en este bosque de la piel y de la carne, de musculaturas y muslos, de desnudos y desanudamientos, de torsiones, de extremidades solas. Porque no hay troncos en este bosque, solo una danza de pantorrillas, de antebrazos que no salen de la tierra sino que se hunden en ella, hurgando y asiendo, sujetando el paisaje para que tú puedas caminar por la dehesa y cobijarte. Tomas entonces del suelo un trozo de corteza y sopesas su compleja ingeniería, esa aleación de savia y tiempo que robamos como el que roba un secreto que no entiende pero que funciona. No te cuesta imaginar un mundo entero de corcho, duro y ligero, firme pero maleable y recuerdas entonces las ropas de corcho que te probaste en el Alentejo, donde ese mundo parecía posible, donde uno podía vestirse de alcornoque al razonable precio de ser desplumado y despellejado previamente. Y es que sabes que el tacto es un sentido reversible y ya no basta con tocar, también necesitas ser tocado. Tal vez por eso aceptas ahora esa mano que te tiende el más viejo del bosque y te alzas sobre sus hombros, y te recuestas allá arriba el tiempo suficiente para que sobre tu espalda se grabe la profunda cicatriz que te une al alcornoque, la hendidura que comunica coraza y corazón.