martes, 28 de enero de 2020

Mar, representación



   ¿Recuerdas las crines al viento de los briosos corceles a cuya grupa cruzamos la estepa? ¿Recuerdas la quilla del corsario hendiendo el océano a la par de los delfines? ¿Y las lenguas de helio incandescente en torno al fuselaje a cien mil kilómetros por hora? ¿Recuerdas? Yo tampoco. Tal vez nada de eso que cuentan haya sucedido y solo exista esta humilde tarde en la que el mar, el viento y los últimos rayos del ocaso urden para nosotros un escenario en el que podemos llegar a creernos héroes e inmortales.


sábado, 18 de enero de 2020

Mar, autorretrato




   Y qué me dices de ese sentimiento que te asalta cuando acudes a la playa en medio del invierno y no sabes dónde ni cómo colocar los pies para recorrerla sin dejar huella. 

   Crees ingenuamente que caminando más despacio serás capaz de no pisar la arena.
   

lunes, 30 de diciembre de 2019

1 de enero



   Llega un día en que uno descubre que su máxima aspiración es la ausencia de toda novedad, la calma repetición de lo vivido. Podría pensarse que es un acto de rendición o, sin llegar a tanto, la aceptación de una vida cumplida, preámbulo de la vejez y su conclusión inevitable. En el mejor de los casos diríamos que es un síntoma de madurez. Juicios erróneos todos ellos, puesto que no hay ilusión mayor ni utopía más loca que la de una vida predecible, de acogedoras rutinas, sin caras nuevas, sin noticias que no sean las de ayer punto por punto. Yo quisiera más de lo mismo siempre, pero sé que lo inesperado vendrá a mi encuentro allí donde menos lo habría imaginado. Quisiera no ir más allá del uno de enero, con su hartazgo, su resaca y su luz indiferente, me bastaría esa nada dichosa de comercios cerrados, de reposiciones de la víspera, de sobras. Con el uno de enero tendría para el resto del año. Y no necesitaría hacer ni una foto más. Qué plenitud indescriptible.



Saludos y salud para todos. Besos y abrazos también, sin tasa.

miércoles, 18 de diciembre de 2019

Alféizares y parapetos




   Alguien que sabe de esto me dijo hace tiempo que cuando escribo construyo castillos de palabras. Cuántas veces he pensado en aquel certero diagnóstico. Porque eso es exactamente lo que hacía entonces y sigo haciendo ahora: cojo la paleta, un poco de cemento y voy colocando un ladrillo al lado de otro hasta completar la primera fila. Y después empiezo con la siguiente. Y luego otra más. Cuando la pared alcanza mi altura doy un paso atrás, me aseguro de que se sostiene por si sola y ya solo me queda rematar aquí y allá. Ver el muro terminado, tan sólido y esbelto, me sorprende y regocija a un tiempo. Pero el paisaje se ha quedado fuera. Siempre se queda fuera. En realidad lo que yo quisiera es abrir ventanas. Menos parapetos, más alféizares. Esa sería la consigna. Quién sabe, a lo mejor ha llegado el momento de decir a las manos que cojan el mazo de una vez y se dejen de cemento.

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